La adultez perdida

Quieren eskavio. Quieren drogas. Quieren porros. Quieren sexo. Quieren -perdón y en realidad- sexo sin forros. Quieren pibas embarazadas a los dieciséis años. Quieren que esas pibas, después, no puedan abortar. Quieren analfabetos. Quieren que no lean. Quieren que no participen. Quieren que no hablen. Quieren que no escuchen.

Quieren que, de una puta vez, y por favor, y pará, dejen de romperle los huevos con un mensaje que puede tener dos lecturas: decir pavadas o decir a viva voz que la vida de la mayoría sirve para hacer morcillas de mala calidad.
Pero eso que quieren no está: aunque exista, no es lo central, no es el eje.

Nadie sabe bien si hacer de esto una afirmación o una pregunta: ¿qué carajo quiere esta sociedad de los pibes?

Algunos de los colegios secundarios de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires estuvieron tomados durante los últimos tiempos. A favor o en contra de los pensamientos y de los reclamos, la manifestación que han librado exhibió una ventana que antes no estaba, pero que venía madurando en los últimos años: la discusión fue con categoría, con una seriedad que incluyó un amplio crecimiento en la capacidad de generar un discurso, con una tremenda altura para tener un mano a mano con el ministro de Eduación porteño Esteban Bullrich, con un entendimiento de cómo manejar a los medios de comunicación (desde el cachivachón de Eduardo Feinmann, a quien ya no tiene sentido agigantar, hasta aquellos que alguna vez difamaron estas actividades), con una amplia vocación por tener el control de acciones internas que, justamente, busca que quede en claro que ahí se estudia, que ahí se piensa, que no hay alcohol, que hay seriedad: en definitiva, con grandeza para amplificar el desarrollo intelectual.

Lejos del amaterurismo y del factor adolescente, centenares de pibes hicieron lo de siempre con más experiencia y más grandeza: le metieron una voz a esta sociedad que siente cada uno de esos reclamos como un gran grano en el culo.

En el medio, para mencionarlos, para que no se sientan solos, las ratas de siempre, los opinadores profesionales de siempre, los habladores de la vida, los (verdaderos) nadies volvieron a hacer todas las calificaciones del primer párrafo, asimilando en las lenguas un discurso reaccionario, cerrado y vacío centrado en una palabra mucho más que insólita para una sociedad que no se respeta entre sí y que tiene una fuerte tendencia a cagarse en sus compañeros de trabajo, de vida y demás: “Esos pibes son vagos”.

Y vale la pena la aclaración de quiénes son las ratas: tal como lo mencionó el cantante de Sumo, Luca Prodán, cuando llegó a Argentina: “Este país se divide entre jóvenes o reaccionarios”; tal como lo explicó el entrenador de fútbol Ángel Cappa, que dejó en claro últimamente que se siente joven porque sigue siendo alguien que piensa y alguien que imagina y alguien que crea, y es viejo no al que le pasan los años sino las vocaciones.

Más de un psicoanalista podrá analizar qué le pasa a esta sociedad que busca el morbo donde no la hay. Más de un sociólogo podrá explicar por qué se busca desautorizar a los pibes con elementos de la vida cotidiana que no responden a las ideas ni al juego político: el sexo no es de derecha ni de izquierda ni de centro, pero, a veces, el microfascismo lo usa como si fuera un pecado. Más de alguno, en definitiva, podrá reflexionar, alguna vez, sobre esa pasión por lo perverso para defender, justamente, lo perverso: decir vagos a estudiantes en vez de a funcionarios que, ideológicamente, dejan que los techos se vengan abajo.

A lo largo del tiempo, la juventud, de la que forma parte este medio de comunicación que escribe esta editorial, fue bastardeada por sus manifestaciones de algo distinto. Pero hay algo bueno dentro de todo esto. Han pasado diez, ocho, cinco y dos años y hay algo que varió y algo que no: los pibes se intelectualizaron y mejoraron su capacidad política, los adultos no.

Bienvenidos, soretes: son la adultez perdida.