Dame pelota, pero que sea ovalada

Los mosquitos pican y pican si te quedás quieto. Por eso las chicas no lucen ni una roncha. Corren, chocan, empujan, patean, pasan, arengan y taclean ¿Cómo? Sí, no paran de taclear ¿Pero a qué juegan? Al rugby. ¿En serio? Claro: en una tarde súper soleada se disputa un torneo de rugby femenino en el club Daom de Buenos Aires, en el Bajo Flores porteño, donde cinco clubes (el propio Daom, SITAS, GEI, Alamafuerte y San Miguel) presentan sus planteles de chicas rugbiers para jugar y competir.

Fotos: NosDigital

Las primeras vistas son fuertes y extrañas, como suele pasar y chocar. “¡Uhh!”, grita en tono grave la nutrida platea que mira el torneo. Segundos antes, una morocha de mediana estatura, con los pelos al viento y los dientes apretados empezaba a correr por la banda derecha con la pelota entre su pecho y su brazo en lo que intentó ser un contrataque furioso. Miró una y dos veces para un costado, para ver si llegaba alguien. Lo supo antes de que suceda: al cabo de una corta carrera, una morruda mujer la cruzó en un topetazo que impactó la quietud del silencio. Un golpe neto, seco y atemorizante. En los instantes posteriores al “¡Uhh!” vuelve el silencio. Luego, sin más protocolos ni preámbulos la que demolió el intento de escapada le extiende la mano a la morocha interceptada. Se levantan y, sin más, siguen en lo suyo. Claro, están jugando. No hay más misterios ni dramas.

Con los ojos más tranquilos y entendidos, el ir y venir de los choques se convierte en un atractivo deporte. La destreza de la pegada de unas pocas, la fiereza en la defensa de otras tantas y la pericia en los pases de las organizadoras arman un cuadro verde de pasto y tierra que regala más de una emoción en una tarde donde la pasión taclea a más de un prejuicio.

Xoana Sosa es jugadora del club SITAS y la rompe toda jugando al rugby. Hasta para el menos entendido es fácil de comprender. Agarra la pelota y hace tries. Tan simple como real y vistoso. Juega en la selección. Ella dice que jugar en Las Pumas “es una responsabilidad muy grande para la que se prepara y se entrena mucho todos los días”. Dice, también, que “la vida de una rugbier es muy sacrificada“, pero que eso no es impedimento de nada porque “la mujer argentina es muy apasionada y no le importa que el rugby esté vinculado netamente con los hombres”. “Vivimos en una realidad muy machista y a la sociedad le cuesta mucho adaptarse a que la mujer juegue a lo que le gusta jugar.” “La pregunta para ellos siempre es: ¿Por qué no se puede? Si es un deporte más…”, increpa Xoana a los que las tratan de “machonas, gordas y tortilleras”. Ellas saben que esos fantasmas que las miran de reojo existen, pero también saben como tratarlos: “Uno lidia con lo que quiere lidiar. No nos preocupa lo que digan, por eso tratamos de hacer rugby para evitar entrar en esos prejuicios. No se debaten las cosas que tienen que ver con la vida de uno y que te apasionan con alguien que no conoce y tiene prejuicios al respecto. La subestimación a veces es grande pero a palabras necias, oídos sordos”.

Yamila Salinas, jugadora de DAOM, abraza a sus compañeras y cierra filas con la idea de un rugby plural y diverso: “Es un poco difícil romper con los prejuicios sociales que dicen que una chica que juega al rugby es rara”. Sin embargo, la actividad crece todos los días y las chicas que quieren disfrutar el deporte cada vez son más. “La idea es que vengan y prueben para que conozcan de qué se trata y no se dejen llevar por lo que se dice de afuera: de a poco tenemos que ir rompiendo barreras.” ¿Y los golpes? “No pasa nada, al principio te da un poquito de miedo, pero después una se entrena para resistir el contacto y el miedo se va”, dice la morocha despampanante de DAOM ¿Y por qué el rugby? “Por esa sensación hermosa de ir siempre para adelante, de ser valiente. Es lo que más me motiva dentro de la cancha y trato de aplicarlo en todos los aspectos de la vida.” Yamila se va con su equipo, están por entrar a jugar y se la ve con una sonrisa que deja contar todos sus dientes. Viene su parte favorita: “La arenga previa a los partidos es lo más lindo que hay, me emociona escuchar a mis compañeras”.

Los equipos entran y salen de la cancha. La tarde es la misma y el deporte también. Las camisetas van y vienen. Compiten y se divierten. El árbitro siempre es el mismo. Error. La árbitra siempre es la misma: Jorgelina Ávalos. “En el 2008 empecé a hacer el curso de referato de rugby porque quería meterme adentro de una cancha. El deporte lo conocía desde lo teórico porque soy periodista deportiva. Con todos mis temores fui por ello.” Vestida completamente de negro y con el pelo atado por una colita corre permanentemente y no se pierde una sola jugada. Pita con fuerza y decisión y marca los tiempos de los partidos. Lejos de un estilo cercano al de Javier Castrilli mantiene diálogo con las jugadoras y les pregunta si se encuentran bien después de los golpes fuertes. Jorgelina recuerda el día que se anotó en el curso de referís: “Cuando hice el curso me miraban medio raro, como diciendo qué hace esta acá. Es más, cuando llamé para inscribirme el muchacho que me atendió me preguntó ‘¿para quién estás averiguando?’ ‘¡Para mí!’, le dije. Fueron segundos de silencio. ‘Perdón, ¿no se puede?’, le pregunté. Y ahí me dijeron que sí, pero les resultaba medio rarito. No estaban preparados”.

Afuera de la cancha quedan los hombres. Los que miran atónitos y los que saben –sabemos- disfrutar. Pero también están los que son parte: los DT´s. Martín Palmieri es el técnico del quipo de chicas del Club Almafuerte, de Ciudad Evita. Recuerda que el rugby femenino arrancó hace 25 años y que durante mucho tiempo los clubes fueron “muy reacios” y que “no les abrieron la puerta al deporte” por “una cuestión cultural, de machismo”. “Las instituciones no lo veían como una posibilidad, entonces, las chicas no se acercaban porque no se generaba el espacio”, explica. Martín dice que “en cuanto se abrió el espacio”, hace unos cinco años, los torneos paralelos se empezaron a copar de chicas. Recién tres años después de esa explosión, en el 2009, la URBA tomó la decisión de generar torneos y campeonatos oficiales. “Ahí sí se desarrolló muchísimo”, dice el DT. “La URBA tardó un poco en aceptarlo, hay una estructura bastante difícil de romper con las cosas que no están previstas como el rugby femenino.” Lo que terminó de definir la decisión, cuentan, es que ante la posibilidad de que el rugby se vuelva deporte olímpico se necesitaba sí o sí equipos de hombres y mujeres. De todas maneras, Martín sabe que “la discriminación y la burla hacia las chicas rugbiers no está superada”, pero sabe que a partir de la continuidad de la actividad está “prácticamente aceptado” por todos. “En nuestro club nos respetan y nos apoyan, pero no puedo decir que en otros clubes sea igual”, asegura. Respecto al elitismo del deporte, Martín dice: “A partir de la explosión de los Pumas los clubes abrieron la cabeza y se decidieron a trabajar con todos los que llegaban. Económicamente apoyan mucho los clubes, antes era muy caro participar. Se popularizó y mucha gente se entusiasmó. Los clubes de elite son cada vez menos.”

El sol cae, pero los mosquitos siguen picando. El juego se termina. Las chicas se saludan y se abrazan. Una vez más dieron una lección más allá de la pelota ovalada. Juego, pasión y diversidad. Eso es el rugby de mujeres.

Se viene la fiesta, se viene el tercer tiempo… ¿Y ahora, dónde están los hombres que se negaban?