La carcel que construyó a la ciudad de Ushuaia

En el sur de los más sures acompañanos en el recorrido por la carcel que hoy es museo, y hasta 1947 fue el peor de los presidios sudamericanos. NosDigital desde la ciudad más austral del mundo te lleva a conocer y a entender cómo se pobló toda la zona a través de la carcel que más miedo supo generar.

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“Eran muertos en vida, la forma en la que se los trataba era inhumana. ¿Imaginás lo que es que te metan preso y no saber cuándo vas a salir? No te fusilaban, sino algo mucho peor, te mandaban a una isla inhóspita a morir de frío y sin contacto alguno”, dice Carlos Vairó, director del Museo Marítimo y del Presidio que funciona, desde 1994, en el histórico edificio.
El 12 de octubre de 1884, dos años después del tratado de límites con Chile, se fundó Ushuaia y la Gobernación de Tierra del Fuego aunque casi no había habitantes. Era necesario poblar la zona para asegurar la soberanía del territorio.
¿Quién aceptaría ir, por convicción y elección propia, a aquella lejana tierra en el sur de los más sures? Ante la poca oferta, la respuesta del entonces presidente Julio Argentino Roca no tardó en llegar: presos.
El proyecto “Colonia Penal al sur de la República”, basado en experiencias previas de Australia y Francia, y que iba a resolver el déficit penitenciario existente en el país e iba a asegurar la soberanía de aquellas tierras, tardó dos años en aprobarse. A Roca ese detalle poco le importó y envió, ese mismo año, a diez presos en la flota Expedicionaria al Atlántico Sur para que levanten el Faro del Fin del Mundo en la Isla de los Estados.
Allí, específicamente en San Juan de Salvamento, funcionó hasta 1889 una especie de presidio-colonia penal en la que eran enviados militares acusados de homicidio. El clima y la lejanía hacían de aquella isla un lugar inhabitable. A pesar de que en ese año mudaron el presidio hacia otro lugar de la isla, Puerto Cook, la situación era insostenible y en 1902 decidieron abandonar la Isla de los Estados y llevar el presidio a Bahía Golondrina, Ushuaia, donde funcionó hasta 1911. En aquel año unificaron, por decreto presidencial, la Cárcel de Reincidentes con el Presidio Militar y trasladaron la entidad al actual predio donde, desde 1902, los presos ya habían empezado a construir el edificio que hoy es museo. Con paredes de 60 cm de ancho de roca triturada extraída de la cantera aledaña al terreno, el edificio fue terminado en su totalidad en 1920 y funcionó como cárcel hasta 1947, momento en el que pasó a manos de las Armada Argentina.
El sistema carcelario de Buenos Aires no daba abasto y algo había que hacer con esos presos. “El presidio de Ushuaia fue el tacho de basura de la Penitenciaría Nacional, mandaban a todos los extranjeros, a los reincidentes, a los que tenían condena larga y a cualquiera que significara un problema. Era la amenaza común del momento, ‘portate bien o te mandamos a la tierra maldita´”, continúa el director del Museo y autor de dos libros que relatan la historia de ésta cárcel mítica y misteriosa.
Dicen que hasta Carlos Gardel estuvo preso en Ushuaia cuando era un adolescente desconocido. “Ése es uno de los tantos mitos que guarda esta cárcel y que serán imposibles de corroborar porque los archivos se perdieron en una supuesta inundación en el archivo de la Penitenciaría Nacional. En este caso puntual dicen que un guardia fanático de Gardel quemó todo aquello que podía comprobar su presencia allí para no manchar su carrera. Todas versiones y rumores, nada que se pueda afirmar”, explica Vairó.

Una ciudad construida por presos
La idea de Colonia Penal seguía siendo el proyecto habitacional que el país tenía reservado para Tierra Del Fuego, tal es así que en 1896 se enviaron 10 reclusas. Meses más tarde, el entonces gobernador, Pedro Godoy, informó con orgullo al ministro de Justicia que “de las mujeres presas se han casado seis, tres con presos y otras tres con habitantes del territorio”. Ushuaia seguía creciendo.
El presidio y la mano de obra que los presos significaban eran el motor económico de la isla. Fueron ellos quienes realizaron todas las obras de infraestructura pública: caminos, puentes, muelles, edificios, casas, tala de bosques, instalación de la red de agua corriente, mantenimiento de calles, alumbrado público y todo lo que se necesitó para el desarrollo de la ciudad.
Nunca se pudo saber con exactitud la cantidad máxima de personas que habitaron la prisión pero se calcula una población, entre presos, guardiacárceles, talleristas y cocineros, de 1500 personas, triplicando así su capacidad natural. La utilización y el tipo de condenas que se cumplían allí fueron cambiando contantemente: cárcel de mujeres y niños, reincidentes, correccional, penitenciaría, presidio, alta peligrosidad y tiempo indeterminado. Debido a esta indecisión política convivieron en Ushuaia asesinos seriales y personajes realmente peligrosos, con simples ladrones de gallinas.
Este continuo crecimiento hizo de Ushuaia un lugar lleno de oportunidades, llegaron barcos repletos de europeos que venían a probar suerte. Muchos de ellos trabajaban de guardiacárceles o talleristas y lo hacían a cambio del uniforme y la comida hasta que llegase el nombramiento oficial que podía tardar hasta un año. Una vez logrado llamaban al resto de la familia para instalarse en el poblado. También fueron arribando a la zona argentinos que conseguían una parcela de tierra y cultivaban frutas y verduras, criaban ganado o tenían un pequeño local en el que vendían insumos básicos. 
Mecánica, herrería, aserradero, carpintería, explotación de cantera y planta trituradora de piedras fueron los primeros talleres necesarios para levantar el edificio. Pero luego el presidio se transformó en el gran proveedor de la población con el resultado de los talleres de oficio y los servicios que brindaba: panadería, zapatería, sastrería, fábrica de fideos y muchos más. A medida que ampliaban el edificio aumentaba la población del mismo y el número y diversidad de talleres que se dictaban dentro. El Loro y El Inflador fueron los periódicos donde relataban los eventos deportivos en los que participaban los reclusos.

Vivir en el presidio
El edificio tiene un hall o rotonda central del que salen 5 pabellones de 76 celdas de 1.93 por 1.93 metros. Cada uno de los pasillos tiene un “martillo” al final donde se colocaron los baños y las salas de algunos talleres. Aunque en época de hacinamiento fueron utilizados cómo celdas. Eran calefaccionados a leña que quemaban en “tachos” de un metro de diámetro ubicados en los pasillos. A la noche se cerraban las puertas de las celdas y quedaban aislados de la calefacción.
Se levantaban a las 5 am en verano y a las 6 am en invierno, se higienizaban, volvían a las celdas, acomodaban sus pertenencias y formaban, vestidos a típicas rayas blancas y negras, en el hall central. Allí se repartían las tareas del día y llamaban a los presos por su número para formar tres grupos: los que volvían a sus celdas, los que se integraban a los talleres dentro del predio y los que salían al bosque o a la ciudad a trabajar. Éstos últimos eran escoltados por carceleros y guardiacárceles.
“Los carceleros eran presos sin condena”, dice Carlos Vairó para describir el duro trabajo de estas personas. “Estaban vestidos de azul y vivían en igualdad de condiciones con el preso, hasta comían la misma comida. Ellos tenían un acercamiento más ´humano´ con el preso, eran quienes los escuchaban y ayudaban”, agrega. Por otra parte, de verde y siempre armados, estaban los guardiacárceles. La primera camada fueron escoceses que escapaban del Imperio Austrohúngaro y llegaban en buques a Ushuaia. Su manera de trabajar era de por sí violenta y esto aumentaba ante la incapacidad de comunicarse verbalmente. Los presos eran tratados como animales y recibían castigos que, muchas veces, terminaban con la vida del recluso.

El infierno del fin del mundo
El aislamiento era letal e indeterminado, el preso llegaba y no sabía cuánto tiempo iba a pasar en la isla y menos si iba a salir vivo de ella. La única manera de comunicarse era mediante cartas que eran censuradas y leídas por todos los carceleros. “Muchos familiares se comunicaban en busca de sus parientes y, como respuesta, había que darles un número de fosa”, comenta el director del Museo.
Después de notificarles que serían trasladados a Ushuaia, los detenidos eran engrillados con remaches en tobillos y cadenas que no les permitían hacer pasos de más de veinte centímetros. De esta manera viajaban durante un mes en la bodega de algún barco y, cuando llegaban, los hacían caminar arrastrando las cadenas hasta el establecimiento. Esa era su bienvenida a la Tierra Maldita.
En el presidio no existía un reglamento interno y las penalidades y castigos regían según las ganas y subjetividad del guardia de turno. Cualquier motivo era excusa para practicar torturas y violencia física sobre el detenido. “En pleno siglo XX, en el segundo establecimiento penal de la progresista república, se han roto huesos, se han retorcido testículos, se ha castigado a los presos con tremendas cachiporras de alambre y con preferencia en las espaldas, para volverlos tuberculosos; y mil salvajadas más”, se puede leer en una carta que le escribió Guillermo Kelly, quien fuese el médico de la cárcel en la década del 30 a un colega.
Los encerraban en pleno invierno en pequeñas celdas, totalmente a oscuras y mojados. Muchos de ellos no soportaban el frio y morían en el trascurso de la noche. Se los dejaba encerrados en la celda a pan y agua totalmente aislados del resto o, simplemente desnudos a la intemperie. Se los hacía caminar en los pasillos entre medio de dos líneas de guardia cárceles que golpeaban al recluso hasta que éste caía desvanecido, muchas veces muerto.