El lenguaje es masculino, pero la lengua femenina

El debate que nos apuró y sorprendió en 2007 sobre cómo llamar a Cristina Kirchner, si insistir con la institucionalización masculina de “Presidente” o adecuar el lenguaje a la realidad existente de “Presidenta”, nos dejó a las puertas de un sinfín de conflictos y discusiones que hasta ayer nomás parecían muy naturales y aceptadas y que, una vez más, pareciera que el periodismo no eligió afrontar ni discutir.

El lenguaje, el habla, el idioma, el diccionario, el sistema. Él, él y él. Siempre masculino y porque sí ¿Y su historia? ¿Acaso las palabras no se construyeron, también, como el resto de los hechos sociales? ¿Acaso la arbitrariedad del signo no es direccionada en un (único) sentido? Si se une la existencia y la realidad misma a un sonido, a una palabra o un término, porque nunca se nos ocurrió preguntar por qué fue de esa precisa y exacta manera y no de otra u otras miles de millones.

Para referir la realidad es necesario hablar o escribir, por lo menos en el periodismo. Y para eso son imprescindibles las palabras. Habladas o escritas, siempre están. Pareciera, a veces, que ellas son las dueñas del periodismo y lo que cambian son los mecánicos intérpretes. Si se escribe por repetición y por convención arbitraria ¿Quién es la herramienta? ¿La palabra o el periodista? Y si, además, la combinación de ellas mismas también está predeterminada y, entonces, forman las ideas, palabra más palabra, pero siempre bajo el guión de las combinaciones posibles y aceptadas… Eso significa que utilizamos los términos, de nuevo, por condición histórica, porque el anterior escribió eso mismo en el teclado, porque lo aprehendimos de un colega de mayor renombre o porque está legitimado. Entonces, ¿quién es quién y quién escribe?

“Crimen pasional”, “en estado de ira asesina a su mujer”, “mata a su esposa infiel”. El corpus de titulares y (pre)conceptos es vasto, nutrido y bien fácil de aprender y obedecer. Nos han regalado las condiciones de producción necesarias para hacer lo que es más simple y nunca complejo: repetir, repetir y repetir. Producir en serie y, sobre todo, no pensar ni cuestionar lo que vino antes de uno: la propia historia.

Al respecto, ciertas lenguas decidieron rebelarse del lenguaje. Se fueron del cómodo hogar de la Real Academia Española (RAE) e inspeccionaron lo que se había marginado allá afuera: una selva entera de mundos llenos de universos de palabras frondosas, mutantes, transformistas y diversísimas. Fue en ese viaje, que desde los de siempre se tiñe de pagano y peligroso, que se encontraron en Mar del Plata los integrantes de la Red PAR (Periodistas de Argentina en Red) en el VII Encuentro Nacional por una comunicación no sexista. Debatiendo comunicación, charlando el lenguaje y moviendo las lenguas formularon un “Decálogo para abordar las noticias de trata de personas explotación sexual”. El uno y el tres resumen la crítica al tradicional lenguaje periodístico:

1) Es correcto utilizar los siguientes términos: violencia contra las mujeres, violencia de género y violencia machista.

3) Desterramos de nuestras redacciones la figura de “crimen pasional”, para referirnos al asesinato de las mujeres víctimas de la violencia de género. Los crímenes pasionales no existen.

Desterrar la unidireccional concepción y utilización del lenguaje es, irreductiblemente, aceptar el multilenguaje. No una variante, ni dos, sino todas las que surjan, existan, se renueven, se trasvistan y/o transformen. Porque el lenguaje puede ser él y sus límites pueden ser los, pero las lenguas siempre fueron, son y serán ellas y, tarde o temprano, se volverán inabarcables.