El día que el country se volvió una ciudad

En Honduras, el gobierno de Porfirio Lobo –aquél que quedó en el poder tras el golpe de estado al presidente Zelaya en 2009- le dio luz verde hace un mes al proyecto de “ciudades privadas”. Comprando terrenos, como si fuera un barrio privado, habrá pedazos del país centroamericano donde se crearán nuevas constituciones y reglas específicas. ¿Te estamos jodiendo? No, increíblemente, es en serio.


Imaginate lo siguiente. Vos vivís en, pongámosle, Jesús María, Córdoba. Córdoba es Argentina, claro, y por eso, en Jesús María, vos pagás con pesos argentinos. Sabés, además, que, si tuvieses un problema judicial, podés apelar en última instancia a la Corte Suprema, que la Constitución Nacional es el texto que te ampara en tus derechos, que tus impuestos se coparticipan; en fin, más o menos sabés todo lo que te entra en el paquete por ser un habitante de Argentina. Ahora seguí imaginando: imaginate que te alejás unos kilómetros de Jesús María, llegás a Colonia Caroya y ahí nada de lo que en Jesús María valía, vale. Claro: porque en Colonia Caroya el peso no rige, la moneda es otra. Y tampoco la Carta Magna, ni el temita de los impuestos. Ahí tienen también otra policía. Colonia Caroya sigue siendo Argentina. Pero dicta sus propias leyes, tiene su sistema tributario, se ocupa de manera autárquica de su seguridad. Es como si fuese una isla dentro de un país soberano. ¿Las políticas migratorias que se dictan en Argentina sirven para toda Argentina? No, para Colonia Caroya no. ¿Con 10 pesos me compro una X cantidad de manzanas en Clorinda y otra en Cipolletti? Sí, pero no en Colonia Caroya. Ese lugar es un “pueblo privado”, que decide su destino por fuera de todo lo que pasa en la nación.

Bueno, listo. Ahora, dejemos de imaginar. Nada de eso pasa en Argentina. No existe tal división entre Colonia Caroya y Jesús María. No existen las “ciudades privadas”, serían un gran escándalo y un aún mayor ninguneo a nuestra soberanía. Pero, tal vez, existirán en Centroamérica, más precisamente en Honduras. ¿Volvimos a la fantasía? No, no. En ese país, la fabulita inventada en el primer párrafo está por hacerse realidad. Y eso es demasiado peligroso…

No hay mucho que explicar. Simplemente que el gobierno de Porfirio Lobo –aquél que quedó en el poder tras el golpe de estado al presidente Zelaya en 2009- le dio luz verde hace un mes al proyecto de “ciudades privadas”. ¿Qué son? Dice la BBC: “la ciudad creada quedará a sus anchas para gobernarse, administrarse, firmar tratados, establecer su propia política monetaria, crear órganos de aplicación de la ley (como tribunales y policía), hacer su presupuesto y hasta contratar sus propias deudas internas o externas”. Las “ciudades privadas” son un país dentro de otro. Y por más que el presidente del Congreso haya dicho que no, porque Honduras decidirá sobre su defensa y sus relaciones exteriores, lo son. Es la lógica del country, exacerbada al punto de poner en peligro la soberanía de un país independiente. Es demasiado peligroso. ¿Nadie dijo nada al respecto?

Un datito más, como para que el cuadro termine de cerrar, y recordemos, por ejemplo, que en Honduras asesinaron ya este año a más de 30 periodistas, y que, cuando el golpe a Zelaya, Estados Unidos no le quitó el apoyo económico al país, por más que “condenó la acción”. Quienes están detrás de este proyecto, adivinaste, son empresarios del país del norte. De hecho, la idea está inspirada en el modelo de Charter City, del economista yanqui Paul Romer. La Charter City sería como una ciudad creada en un espacio deshabitado de territorio, en el que la gente “va dictando sus propias reglas”. ¿Peligros en esa última frase? Muchos, pero tres en particular. Uno: ¿Quién es “la gente”? (porque todos sabemos, por ejemplo, qué tipo de gentes viven en countries –nuestro ejemplo más cercano, aunque igual súper lejano- y quiénes vivirían en “ciudades privadas”). Dos: ¿Cómo se dictan las reglas? Y tres: ¿Qué es un territorio deshabitado? En la Conquista del desierto, por ejemplo, el desierto no estaba desierto: estaba habitado por un montón de indios, a quienes mataron, torturaron y degollaron.

En Honduras, por suerte, ya empezó la resistencia a este –terrible, terrorífico- proyecto. La gente que todavía piensa en su país, que así les digan que son “una república bananera” quieren seguir siendo una república, se opone. Es lógico. Y los indígenas también. Ellos saben que para los inversores, sus territorios están deshabitados. Y que si no levantan la voz, pronto su río se convertirá en la acequia de una ciudad privada y que sus plantas no serán más que tallos marchitos metidos en obsoletos floreros. La OFRANEH, que es la comunidad que nuclea a todos los pueblos garífunas de Honduras, dice en su página web: “La información proporcionada por el Estado ha sido escasa. Sin embargo, el Poder Ejecutivo ha manifestado que la primera Ciudad Modelo abarcará desde la Bahía de Trujillo hasta el Río Sico, franja que comprende la mitad de las comunidades garífunas existentes en Honduras”. La etnia garífuna es un grupo étnico mestizo descendiente de africanos, caribes y arahuacos. Su música, la Punta, es, para la UNESCO, patrimonio cultural de la humanidad. Pero, bueno, lástima, eso muy lindo para los libros: pronto, serán los constructores de las ciudades privadas. Y cuando las terminen, mientras los ricos enciendan un habano con un billete de 500 lempiras, se irán a morir a los pocos riachos que el neoliberalismo les deje.

Más del 60% vive bajo la línea de la pobreza en Honduras. Quienes conocen, dicen que San Pedro Sula, Tegucigalpa, La Ceiba y la mayoría de sus ciudades son una inmensa villa miseria. Las maras dominan la escena y la tasa de homicidios es la más alta del mundo (91,6/100.000 jabitantes). Por eso, el camino a la riqueza fácil deslumbra y recibir una inversión gigantesca a cambio de “sólo un pedazo de territorio y otro de soberanía” atrae. Pero los peligros son enormes. Y no sólo para los garífunas que, como siempre, por ser indígenas, terminarán sufriendo las primeras consecuencias: sino para todos. Con una ciudad privada se empieza, y de repente, y cuando no te diste cuenta, las cinco estrellas del centro de la bandera de Honduras se convirtieron en cincuenta. Y las cincuenta de la de Estados Unidos, en cincuenta y uno.

Con la frase anterior, remate pesimista, debería haber terminado el artículo. Pero es necesario hacer una aclaración. Las “ciudades privadas” aún son sólo un avanzado proyecto. Pero no existen. Hay que evitar que existan. No sabemos bien cómo. Pero hay que evitarlo. Indignarnos es, al menos, un instintivo primer paso.