El bolchevique judío conspirador

La Semana Trágica fue una de las experiencias más ricas del movimiento obrero argentino en toda su historia. Pero al tiempo que era reprimido por la policía, el Ejército y grupos paramilitares, desde los ámbitos de gubernamentales, tanto los radicales como los conservadores explicaban los hechos bajo la figura de un nuevo chivo expiatorio que supo perdurar a lo largo de las décadas, no solo en el país, sino a lo largo de todo el planeta: el bolchevique judío conspirador.

Imagen: NosDigital

Lo que comenzó como una huelga a fines de diciembre de 1918 de los obreros de los talleres metalúrgicos de Vasena, se convirtió en un movimiento de masas que entre el 7 y el 14 de enero de 1919 se enfrentó con las fuerzas policiales y militares. Sin embargo, el reclamo nunca pasó de ser el del repudio ante las víctimas de la represión, mejoras salariales y la jornada laboral de 8 horas. Más allá de su masividad, nunca pasó a convertirse esta rebelión en un verdadero movimiento anti-capitalista.
Pese a esto, ya desde los medios de comunicación y desde el propio gobierno se intentó catalogar a los sucesos como fruto de una conspiración bolchevique-anarquista, guiadas por el odio y la violencia. Este tono claramente reaccionario no solo surgió de las filas de los políticos conservadores, sino de los propios radicales, que en un afán bastante olvidado de la memoria histórica, emuló el discurso de los primeros.
Una vez iniciadas las revueltas, el periódico radical La Época habrá de considerarla como “una tentativa absurda provocada y dirigida por elementos anarquistas (…) No se trata del movimiento obrero” , no solo negando a la vez la adscripción a esta ideología y sus organizaciones por una parte considerable de los trabajadores porteños, pero también quitándole toda masividad y legitimidad a los huelguistas. Pero si había rechazo, también proponían su cura, la represión: “ni el gobierno, ni el pueblo argentino admitirán la incorporación de elementos disolventes, cargados de odios ancestrales (…) inclinados a la subversión y la violencia” .
Esta teoría conspirativa no solo tuvo lugar en las páginas del diario oficialista, en la misma Cámara de Diputados retumbaron sus ecos. En la sesión del 14 de enero, el diputado de la Unión Cívica Radical Horacio Oyhanarte sentenció: “Hay un doble fenómeno en la actual situación de hechos que atraviesa la República. Hay en este momento esa faz de la lucha eterna entre trabajadores y potentados; al lado de esta faz (…) la faz anárquica, la faz maximalista, que no es nuestra, que ha entrado por la puerta del mar y que en estos momentos conturba todas las civilizaciones del mundo” .
El bolchevique o maximalista y el anarquista eran los responsables de la perturbación del orden, y no solo eso, sino que además también anti-patrióticos, exportadores de teorías “disolventes” de la nacionalidad argentina. El enfrentamiento era, en última instancia, argentinidad versus lo foráneo: “El Estado de Sitio tendrá (…) un carácter verdaderamente patriótico nacional, como si fuese el Estado de Sitio ante una invasión extranjera. Y ésta es la índole del movimiento subversivo reprimido” sentenció La Época cuando los diputados se debatían la instauración de tal medida extraordinaria.
A la violencia ejercida contra el movimiento obrero movilizado se le sumó la violencia contra la colectividad judía, sin importar si los atacados habían participado o no de la huelga. José Mendelsohn, un observador de los acontecimientos, relató sus vivencias al periódico germano Die Idische Tzaitung: “Pamplinas son todos los pogroms europeos al lado de lo que hicieron con los ancianos judíos (…) en las comisarías 7° y 9°, y en el Departamento de Policía. Jinetes arrastraban viejos judíos desnudos por las calles de Buenos Aires (…) y cuando ya no podían correr al ritmo de los caballos, su piel se desgarraba raspando los adoquines, mientras los sables y los látigos de los hombres de a caballo caían y golpeaban intermitentemente sobre sus cuerpos” .
La UCR no fue ajena a la campaña y la violencia contra la comunidad judía. La Época el 19 de enero acusó “las barbaridades que a las cuales, con tacto y serenidad, puso fin el gobierno (…) Y nosotros decimos que se trata de una minoría minúsculo porque los verdaderos autores de los acontecimientos pasados representan el 1,18% de la población de la República y el 1, 79% de la Capital Federal” . Estas cifras no eran azarosas, coincidían con el porcentaje de la población rusa según los datos del censo de 1914. Casi al mismo tiempo un “Comité pro-argentinidad” llamaba a que “caiga sobre los judíos la execración pública, y que el gobierno cumpla con su deber y libere a la Nación de este contagio y de esta peste” . Una semana después el diario El Día comunicó la renuncia de numerosos radicales luego que otros afiliados se hubiesen jactado de haber despachado en un solo día a 48 judíos .
Así los actores de la Semana Trágica mostraron sus caras: por un lado, la clase obrera marchando por sus reivindicaciones, luego, una represión feroz que pasará los límites incursionando en el odio racial, para terminar con una legitimación de las acciones mediante la creación de una figura extranjerizante, violenta, anti-nacional por parte de la clase política, incluyendo tanto a la Unión Cívica Radical como a los conservadores.