Soy Jean Tinguely

En el Pabellón III del Centro Cultural Borges, detrás de un botón rojo, hay un plumero que gira sin parar, como queriendo sacudirle el polvo a la vieja rutina museística. “Soy Jean Tinguely” es la primera retrospectiva del artista suizo que se realiza en Latinoamérica y nos invita a ponerle el cuerpo a una experiencia diferente. Son diez las esculturas-máquinas distribuidas a lo largo de la sala, en un recorrido que va acompañado por dibujos, cartas y fotos del artista. Son diez los enjambres de materiales diversos ante los que nos detenemos curiosas, diez los botones rojos que esperan en el suelo, son diez las sorpresas. Porque cuando llegamos la sala está vacía y las esculturas de Tinguely duermen. Esperan quizás un ruido breve, un olor cualquiera, un roce que las sacuda y las deje bailar. Lo cierto es que basta con poner un pie en el botón para sentirlas vibrar, y entonces las máquinas se espabilan y se sumergen en la vida, se funden con el movimiento y nos proponen un susto, una carcajada, el borde masticado de un pensamiento. Y luego callan. “Yo quería algo efímero que pasara como una estrella fugaz, y lo más importante, que fuera imposible para los museos de reabsorber. La obra debería pasar de largo y hacer soñar y hablar a la gente, y eso es todo.” Recorremos una a una las esculturas, estas máquinas tan inútiles y al mismo tiempo tan humanas, y ante cada una abrimos el cuerpo para dejarnos asombrar. No nos damos cuenta de que de a poco se nos acelera el paso, y ahora es como si fuéramos otra vez dos nenas, yendo y viniendo de una máquina a la otra como si patináramos sobre el borde de una sonrisa, y si no corremos es solamente porque a pesar de los plumeros y de Tinguely no hay que olvidar que esto sigue siendo un museo y al guardia se le frunce cada vez más el ceño, pero qué importa, nos perdemos en los golpes fríos del hierro, en las mandíbulas apretadas de una vaca, en una pluma que gira y parece bambolear las caderas. Esta fue la propuesta de Tinguely, bajar al arte del pedestal de lo respetable, revolverle el pelo e invitarlo a reír junto al espectador, convertirlo en juego.