Por las calles bajo cero

Noche. Frío de congelarse. Es la parte linda del invierno en esta ciudad. Una barra de chocolate, y un sorbo de café que pela hasta los guantes. Negro en la izquierda, rojo en la derecha, y a surcar las calles.

El viento congela el movimiento de las ramas desgarbadas como personas que se hunden en los bolsillos, ocultas en bufandas que se camuflan en la niebla que nace en bocas de piel y asfalto. Pasos largos, tranquilos, con un dejo de melancolía en sepia. Charcos de la lluvia de ayer y una mano que se estira desde abajo. Desde un cúmulo de mantas cocidas en agujeros, deshilachadas en piojos y ronchas que rasguñan buscando el calor de la carne cruda. Desde el por favor de dos ojos de cristal roto que enmudecieron ante lagañas de luna y plaza. Una mano que, protegiéndose de la indiferencia, cubre un vientre de suspiros con otras dos manos, sin estómagos, sin lápices ni letras. Con trazos rancios. Con bocas atadas a repetirse en cada pensamiento quebrado de muelas abiertas a un ardor de sal. En cada día y en cada muerte. En cada paso inclinado que tropieza y que cae, y que se arrastra entre los pasos largos y tranquilos que con un dejo de melancolía en sepia los miran desde lo alto y con una moneda, que al caer suena a listo y a otra cosa.

Un bar. El vidrio empañado muestra la calidez de una copa de vino, una hoja en blanco y esta historia, que comienza mucho antes de lo narrado. Y que carece de final.

Por César Isola Isart