López, vos, todavía no sos un símbolo

El contorno del rostro sin sus rasgos, sin sus ojos, sin su boca.

La bandera que se agita fuerte en el viento, con un cuerpo cortado a la altura de los hombros y una boina en la cabeza.

Su cara en primer plano, con los ojos bien cerrados y la boca fruncida, que deja entrever su lamento segundo: “Otra vez, no”.

Un corte primerísimo a sus ojos con un número al lado. 30.001.

En blanco o en negro, más abierta o más cerrada, con alguna edición que mixee o con la pureza recién fotografiada e ilustrada. López significa algo que todos entendemos, un nunca más, unos 30.000 previos, uno más en la lista, un juicio y un castigo, una verdad, una memoria y una justicia. Símbolo que todos creen pactar, López es parte de un Nunca Más que reparó la historia.

Pero, no.

Reducir a López a esos meros simbolismos no es más que una profunda derrota en la lógica de seguir contando y aumentado de a uno los numeritos. Los símbolos son convenciones y se interpretan en el conjunto como algo sabido, casi asumido.

Si López es eso, López está. Es un símbolo.

Pero, no. Acá falta López.

Porque López, también y sobre todo, es índice. Demuestra, permite entender, intuir, concluir y asegurar que algunas fuerzas (armadas) siguen vivas y colean: los desaparecidos en democracia no son números que se suman sin más. Tienen otra carga, otro significado, implican otra lucha que no se mira de frente. Las lógicas de secuestro, desaparición, tortura y muerte están llenas, y el nunca más, vacío.

Y López, también, es ícono. Es argumento irrefutable de él, su cuerpo no está. No puede pensarse a sí mismo. No remite a una serie de ideas y conceptos de lucha si antes no remite a su carne, a sus huesos, a su piel, a sus ojos y su boina que ya no pueden ser fotografiadas y convertirse en nuevas banderas.

Porque si López sólo es en el mundo de los signos y las representaciones, dejó de ser en el mundo de la existencia, de los hechos y de los pies que siguen caminando. Y porque, también, su apariencia, sus cualidades, sus sentimientos y su potencialidad de ser y seguir siendo, está truncada y reducida a una buena bandera que no lo abarca ni comprende.

Vos, López, todavía no sos ningún símbolo. Acá, todavía, falta López.