La bicicleta del Estado

Hace 20 años que el Velódromo municipal -un estadio fastuoso construido por Perón para los Panamericanos del 51, donde entraron diez mil personas, ubicado en pleno Palermo- se volvió literalmente una ruina. Ahora, en peligro de derrumbre, está ocupado por Mantelectric, una empresa amiga del GCBA, por una comisaría y es usado como estacionamiento por el club C.U.B.A. Hasta hace unos años se jugaba al paintball, regenteado por un empresa privada. El proyecto del Pro es hacerlo un “skatepark”. Una crónica de la incapacidad del Estado que nos hace la bicicleta.

Cuando Juan Domingo Perón inauguró este velódromo municipal para los Juegos Panamericanos de 1951, el pedal era un deporte popular en el país y este circuito era de los más prestigiosos del ciclismo a nivel mundial. En las décadas del 50 y 60 tuvo sus etapa de furor como sede de espectáculos deportivos, luego mutó con los años y en los 70 y 80 se recicló como un punto clave cultural para la Ciudad de Buenos Aires, cuando se volvió centro de diversos shows artísticos. Un estadio con capacidad para diez mil personas de pie, con una pista con un perímetro de 333.33 metros, ubicado en Figueroa Alcorta y Belisario Roldán, una de las zonas más vistosa de Capital, que ahora parece, literalmente, una ruina o un adorno porteño.

En 1991 se sentenció la suerte definitiva del Velódromo: Carlos Grosso, ex Intendente , le dio una concesión de 20 años a una empresa que hizo negocios con el golf inaugurando el complejo Velódromo-Golf. Ocho fueron los meses de prisión que le dieron a Grosso cuando se descubrieron las mugres que había detrás de la concesión en el 2002, tras una causa judicial. De la Rúa, como Jefe de Gobierno, rescindió en 1997 ese contrato y dejó las tierras tiradas y abandonadas. Sin planes ni proyectos.

¿Qué pasó desde entonces?

Detrás de esas tribunas color mugre y debajo de las columnas de musgo, hay una tarea de silencio y un juego de escondidas que señala en su torpeza un manto grande y negro que cubre algo sucio y tramposo. Sociedades anónimas usurpadoras, actividades fantasma, presencia policial, invasión de clubes de elite y la falta de planificación y proyección política sobre un espacio que supo ser glorioso y ahora es sólo historia.

El velódromo, ahora lo sabemos, esconde algo más que la ausencia y el abandono.

-Pibe, ¿a dónde te pensás que vas?

-Quiero pasar, vine a hacer una crónica, a escribir. Necesito ver un minuto el estadio y listo.

-No, de ninguna manera. Acá sin permiso no pasa nadie.

-Pero, ¿cómo? Este lugar es público…

El tipo, vestido de negro, con logos bordados de una empresa de seguridad privada, no sabe bien qué contestar. Duda. Se toma unos 15 segundos y responde:
-Sí, bueno, pero no se puede. Bajá de ahí.

El pibe, que llevaba una libreta y una birome, que sólo quería hacer una crónica literaria, baja las pocas gradas que pudo subir.

-Dale, viejo, es un toque nomás. Miro, me guardo la imagen en la cabeza y me voy. Lo escribo en mi casa. Es para un cuento, nada grave.

-Tengo órdenes precisas de que no puede pasar nadie.

Sin mucho más que jugar, el pibe, sin ganas de haber desperdiciado su tarde, le dice:
-¿Puedo hablar con el responsable a cargo?

Lo había visto en las películas y necesitaba tiempo para pensar o, quizá, para correr, mirar el coliseo abandonado y volver. El tipo de negro picó: “Bueno, esperá un segundo, pero no te muevas”.

Ni bien el muchacho movió un pie supo notar que, desde un costado del manantial de barro y fango que se había formado por la lluvia en ese parque que rodea de más caos al Velódromo, miraban tres tipos sentados adentro de un camión contendor. Vigilaban. El camión decía “Mantelectric”.

-Disculpá, me podrías decir qué tareas hacen acá ustedes- intentó el pibe.

-Trabajando- respondió uno de poca simpatía y menos palabras.

Volvió el hombre de negro con un tipo vestido de verde. Era más alto y corpulento. Llegaron por un lado donde había unas camionetas estacionadas. Todas llevaban el nombre de Mantelectric. Una al lado del otro. Camiones y camiones blancos y estacionados.

-Te tenés que retirar- empezó, sin muchos preludios, el tipo de verde.

-Bueno, está bien, ¿pero podrías decirme qué hace la empresa acá?

-Está contratada por el Gobierno de la Ciudad.

-¿Para qué?

-No puedo darte esa información.

-¿Me das tu nombre?

-Martín de la Puente. Te tenés que retirar.

Antes de irse, el pibe, vio detrás de la cabeza de Martín un stencil pintado en rojo y blanco, sobre una de las paredes externas de las tribunas, que decía “Teg-Ball”.

-Ya me voy, pero ¿qué es Teg Ball?

-Una empresa de Paintball.

-Ah, mirá, ¿acá se juega paintball?

-Ya no.

-¿Desde cuándo que no se juega más?

-No sé, retírate por favor.

Martín, con su traje verde y su cara de hartazgo, se fue. El camión que vigilaba desde el otro costado, de pronto, puso primera y arrancó. El pibe quedó solo ante el tipo de negro del principio. Petiso, de unos 60 años. Le pidió que se fuera.

Miró un poco más y se fue. Quiso meterse por la otra entrada, que estaba a unos 30 metros, pero allí ya lo estaba esperando el mismo camión que antes lo vigilaba: fueron a cuidar la puerta del fondo. Cuando se iba resignado y cabizbajo vio una tercera entrada al Velódromo. Un playón de estacionamiento de la Comisaría 23. Tenía cientos de autos de siniestros estacionados debajo de las tribunas. Literalmente. Entre columna y columna.
Entonces sí, sorprendido, se fue del lugar.

Mantelectric y Teg-Ball: dos privados con presencia en el Velódromo público.

El primero, siempre en su condición de empresa, tiene la suficiente autoridad como para negarle el paso y la presencia a un ciudadano en un lugar estatal. Es una sociedad anónima que se dedica al desarrollo y gestión de proyectos de ingeniería. En su propia web, pone como su principal cliente al Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Es un polirubro: arregla semáforos, arbolar parques y sanea espacios abiertos. Los colegas del Jefe de Gobierno son los elegidos por el ejecutivo porteño para ese tipo de tareas. También están en el Velódromo. Aunque, en ese caso, no se detalla en ninguna parte la actividad que realizan. Sólo se nota su silencio y la presencia de sus múltiples camiones y camionetas estacionadas. Y el control del paso al lugar público, claro.

Teg- Ball: empresa de paintball (ver videos). Montó una logística en pleno estadio. Transformó al Velódromo en un campo de batalla de pintura: bases, maderas, banderas, armas, parlantes. Alquilaban el espacio y lucraban con el Velódromo abandonado. Su actividad data, por lo menos, desde el 2007 hasta el 2008. La nueva concesión a un negocio particular no es lo más grave. En 2007 un grupo de investigadores del Centro Argentino de Ingenieros declaró al estadio en peligro de derrumbe. Está inutilizable por sus “fallas estructurales”. En ese mismo contexto se desarrollaba la práctica de paintball. En un estadio que se podía derrumbar. Los stenciles siguen grabados en las columnas y paredes de las tribunas: Teg – Ball. La empresa desapareció. Los teléfonos fijos y celulares que aparecen cuando uno googlea la actividad “ya no son de esas personas”, según la voz que atiende. “Llaman todo el tiempo, pero eso ya no existe más, no tengo el contacto de esas personas”, dicen antes de colgar. Desaparecieron. Con ese mismo nombre, por lo menos, no hay más emprendimientos de paintball.

“Acá no se pasa sin permiso de la Subsecretaría de Deportes”, había dicho aquel guardia-ocupa de Mantelectric.

Luego de que se volvieran innumerables la cantidad de llamados al teléfono que publicaba el Gobierno de la Ciudad en su web para dicha secretaría sin que nadie atendiera, probamos directamente con el teléfono del subsecretario: Francisco Irarrazábal, ex rugbier, ex puma y funcionario desde el 2007, cuando el Pro y Mauricio Macri asumieron el control de la Ciudad.

Contestó hasta donde pudo. Hasta donde sabía.

Imagen: NosDigital

-¿Qué hace Mantelectric en el Velódromo?

-Tengo entendido que existe un contrato firmado por la gestión anterior que, si no me equivoco, termina el año que viene o el año próximo. Lo que tengo entendido, es que usan una parte del Velódromo hace tiempo como un lugar en el que guardan materiales y demás. Nosotros les hemos solicitado que dentro de este acuerdo nos ayuden en la limpieza del parque y ciertos arreglos del lugar. No es una concesión, es un permiso de uso de un espacio muy pequeño, hasta donde tengo entendido, que está firmado, si no me equivocó, por la última gestión o la anterior, que les permite usar un pequeño espacio detrás de una de las tribunas donde hacen, creo, trabajos que tienen que ver con lo que ellos hacen, que no sé bien qué es lo que hacen. Más allá de eso, dado que este convenio estaba firmado, lo que hicimos fue sentarnos con ellos y decirles: “Bueno, están acá, ayúdennos a recuperar un espacio que está destruido y desbastado hace 28 años”. Estamos en ese proceso de recuperación. Cuando entramos en la gestión Mantelectric ya estaba.

– ¿Cómo le cae la presencia del privado en ese espacio?

-Me gustaría que no estén, pero lamentablemente cuando entramos a la gestión el estado de todos los parques era calamitoso. Fuimos a lo urgente y después a lo importante. El Velódromo no se usaba. Optamos primero por otros lugares que la gente usa. Nos fue quedando para el final. Cuando lo terminemos de recuperar saldrá la empresa Mantelectric.

-¿Y por qué tanto recelo y autoridad de la empresa en el parque ante la presencia de un vecino?

-Habría que preguntarle a Mantelectric. El espacio es público. En algún momento se cerró con candado porque se trató de intrusar y gente intentó vivir allí dentro. Las reacciones de la gente de Mantelectric no va por cuenta nuestra. Nosotros les abrimos la puerta a los periodistas. El lugar está abierto. Pertenece al espacio Golf-Velódromo. Después si la gente de Mantelectric es más o menos celosa, corre por su cuenta. El lugar es de la ciudad.

-¿El golf es privado?

-No, es público. Se administra el espacio del Velódromo desde el golf.
-Había stenciles de Teg-Ball ¿Qué sabe de esa actividad que montó toda una estructura dentro del Velódromo?

-Es una actividad que nosotros sacamos. Venía heredada. Es un lugar público y no correspondía. Además había razones de seguridad. No sabía que el nombre era ese del paintball. El Velódromo hoy está deshabitado. Salvo la presencia de la comisaría que hemos permitido, para pedir seguridad a cambio.

-Entonces, ustedes permitieron la presencia de la comisaría en el predio.

-Sí. Venía desde antes, igual. Pero cuando Nación nos quita la seguridad de los parques, aceptamos el intercambio. Podían usar el predio, pero debían darle seguridad, para que no haya intrusiones. Cuando se termine de recuperar se irán, al igual que Mantelectric.

-Pero, respecto a las intrusiones, el club C.U.B.A está utilizando una parte para estacionar vehículos de sus socios.

-No tengo clara catastralmente el área. Sé que todo el parque 3 de Febrero tiene una serie de irregularidades y que de apoco hemos ido corrigiendo. No sé si lo de CUBA es así. La prioridad fue KDT, Sarmiento, Golf, pista de atletismo. El Velódromo fue quedando para el final porque no lo usaba nadie. Hemos decidido este año empezar a recuperar tímidamente y, sí, a partir del año que viene, con más fuerza. Si ocurriera catastralmente que C.U.B.A. está intrusando correremos el alambrado hasta donde corresponda. Para nosotros el espacio público es el espacio público.

-Si heredó el problema y a usted no le resultan cómodas las presencias de los privados en los espacios públicos, ¿no se puede rescindir el contrato con Mantelectric?

-Por el momento, es más útil en el estado en el que está y con el tiempo que nos va a llevar recuperarlo, que Mantelectric colabore con todo lo que pueda, dado el convenio que se había firmado. Reitero, no recuerdo en la fecha que arrancó ni en la que termina. Hace 4 o 5 meses dijimos: “Bueno, señores, ustedes están acá hace un montón de años, empiezan a ayudarnos para rescatar esto porque este lugar no es de ustedes, es propiedad de la ciudad y sepan que cuando esto tenga destino concreto se van a tener que buscar otro lugar”.
-¿Cuál es el proyecto?

-Un skatepark. Pero no es certero, tenemos todavía que trabajarlo.
El subsecretario, antes de colgar, deja en claro que todavía no hay planificaciones concretas sobre el velódromo. Se nota: en cada respuesta se repetían las estructuras del tipo “creo”, “tengo entendido”, “si no me equivoco”. Y echa culpas a las gestiones anteriores. Es decir, a la de Ibarra y Telerman, quienes, según él, permitieron la presencia de estos intrusos de lujo.

Mientras tanto, allí descansa la historia y los escombros ordenados del velódromo. Dicen que no se puede derribar por ser monumento histórico. Ni las tribunas ni el anillo por donde alguna vez giraban las ruedas y hace poco corrían purretes que intentaban tirarse con balines de pintura. Desde el la Ciudad dicen que no se puede restablecer y darle su uso específico. En verdad: que no es rentable, que saldría más que construir uno nuevo. Planean tibiamente unas pistas de skate, de ruedas urbanas, sin todavía una definición al respecto. Mantelectric seguirá allí estacionando y no dejando pasar a nadie. Ayudando con la limpieza, después de tantos años de permisos licenciosos.

De quién habilitó el Teg-Ball, nunca nadie se hará cargo, porque no hay contrato firmado alguno. Fue una actividad fantasma. Que desapareció. Los videos lo dejan claro: 2007 y 2008, por lo menos. El Club de la Universidad de Buenos Aires (C.U.B.A.), uno de la elite porteña, seguirá usando tierras que no son suyas, porque ni siquiera se sabe hasta dónde avanza el terreno público.La Policía seguirá estacionando coches rotos y secuestrados entre columna y columna, como lo hizo durante los últimos años, pero desde este año presa un servicio: no dejar que entren intrusos. Con la excepción de Mantelectric y C.U.B.A.

Desde la gestión de Carlos Grosso (1989-1992),que en el ´91 inició el abandono definitivo con la nefasta concesión a un grupo privado, pasaron muchos intendentes y jefes de gobierno (cambió la designación en 1996). Pasó Saúl Bouer (1992-1994), del PJ, que continuó con la concesión al golf. Y siguió Jorge Domínguez (1994-1996), también del PJ, que hizo lo mismo. Llegó Fernando de la Rúa (1996-1999), con las nuevas ropas de Jefe de Gobierno y terminó con la concesión en 1997. Pero lo dejó allí, tirado. Sin planes. Enrique Olivera (1999-2000), también de la UCR, continuó. Llegaría la gestión de Aníbal Ibarra (2003-2006) acusado sin mucha precisión por Irarrazábal de darle el permiso de uso a Mantelectric. En esa misma falta de exactitud también podría haber sido Jorge Telerman (2006-2007), quien lo sucedió tras la tragedia de Cromagnon. En es lógica, y guiándose por el discurso del subsecretario, en el mandato de Telerman se habría instalado el Teg-Ball, actividad que se sacó en la actual gestión. Entonces, en el 2007, llegó Macri con Irarrazábal en la Subsecretaría de Deportes de la Ciudad, quien respondió hasta donde pudo y matizó, también como pudo, estos últimos 20 años de negocios y mugres.