Cuentagotas

Mi amiga Sol, con sus ojos rubios de Valentín Alsina que toman el 15, que cruzan el puente y la terraza moscovita. Y el otro, el morocho, que alcanza a descifrar décimas y constantes en un itinerario del cancionero popular y argentino. ¿Qué diferencia la cerrajería?
Las opciones obedecen de todas formas, para prenderse como abrojos en el pelo. El morocho me sonríe, el micro lo trae de vuelta y hay espacio para uno más donde vivo, todavía podrían entrar más, qué importa. Nos servimos de una guitarra para dilatar los sones; pero me toma por sorpresa un candado, quienquiera que haya diseñado la lluvia encontraría soluciones, como el morocho, soluciones.
Ahora bien entrada la madrugada, reposa la payada sobre el adoquinado la humedad. Los ojos rubios de Sol me alcanzan un matecito, y el sopor… me devuelve al día siguiente.

* * *

Oímos un grupo que trabajaba el castellano con sorna, yo me alejé. No podía distinguir de esos astutos la aprehensión por sus instrumentos, y que los traía tan aparejados. Con una hebilla que tomé de la cabeza de Sol hice de cuenta que abriría el candado, me olvidé después.
El morocho se había quedado para fichar a los músicos, puede que haya arreglado para tocar juntos.
Me devolví las esperanzas cuando lo escuché tocando solo, en la misma plaza, bien empilchado. Salimos. Tenía más pesos encima y le regalamos a Sol una pulsera. Nos expulsamos una vez más a otros centros, somos así, casi pensamos parecido. El morocho se tomó un micro y yo supongo que volví también a mirar con ojos bizcos por donde debiera abrirse la cerradura.

Por Florencia Limrovich