Con la libertad entre las manos

Facundo Ramírez se mueve inquieto entre la música clásica, la actuación y la música popular. Próximo a su presentación en el Viejo Mercado junto a Yamila Cafrune, habla sobre la disciplina, la pasión y la sorpresa: “Pero sobre todo, que uno conserve la libertad intacta para dejarse llevar por eso”. Un grande, arriba y abajo del escenario.

Se dice del destino que es una fuerza sobrehumana que nos acecha y se ríe de toda tentativa por escaparle a nuestra vida augurada. Como si al final del camino nos esperara una risa de arrogante satisfacción que nos mira fatigados por haber intentado renegar del mapa. En el otro extremo de la cuerda retorcida disputa el azar, que se esmera por convencernos de lo casual, lo inconexo y lo inesperado. En ambas visiones extremas, quedamos como chiquitos; en un caso, esperando llegar a una meta casi-divina y, en el otro, entregados a la mera circunstancia de un caos aparente que vomita sobre nosotros. Para los que encuentran consuelo en un orden trazado, hay quienes se ofrecen a leer tu destino y aseguran que está representado en una línea vertical que divide en dos la palma de la mano. Es justamente en las manos, donde Facundo Ramírez sintió el cosquilleo del arte por primera vez, en esos dedos que disparaban música. Hay algo de magia en crear sonidos que parecen brotar desde el silencio de los surcos de la piel. Desde su temprano descubrimiento vocacional hasta el día de hoy, su historia ha dado unos cuantos vuelcos. Planes que se torcieron, caminos que se bifurcaron, puertas que se dibujaron en el medio de la nada. Podría parecer, sin conocerlo, que la vida le fue pasando. Pero con la amabilidad de sus manos, la urgencia de su palabra y sus silencios cargados de potencia, Facundo estalla la esquemática oposición azar-destino y de pronto, son nuestros pasos y nuestra forma de estar en el mundo los que van trazando ese recorrido. Pero con lápiz, para borrar cuando haga falta. Frente a los giros inesperados, hay algo certero: “Es necesario que haya un espacio para la sorpresa. Pero sobre todo, que uno conserve la libertad intacta para dejarse llevar por ello. Porque si no, te pueden pasar millones de cosas y no te vas a enterar. Si no hay libertad, no hay nada”. Es vehemente y por momentos, mientras habla, se acelera el decir y nos genera vértigo mientras seguimos el hilo de su discurso.

Imagen: NosDigital

Faltan unos minutos para que estemos charlando, sentados en los sillones de cuero contiguos al solemne piano negro. Afuera, en la Plaza Dorrego, una pareja de tango inaugura la pista frente a los escasos comensales de este mediodía soleado, casi extranjero en este agosto. Tras algunos timbres y un pasillo largo, de muros macizos, llegamos a esa puerta que él atraviesa a diario desde hace 22 años. Nos empezamos a acomodar en esta sala, en la que, adivinamos, debe pasar varias horas del día. Al lado de los sillones, pero del otro lado del piano, una partida de ajedrez congelada en el monitor de una computadora. Después, me contará que juega bastante y que le hace muy bien: “Cuando me harto de estar mucho tiempo en el piano y me saturo, me siento en la computadora a jugar al ajedrez… Porque la música tiene una desventaja que es que aunque no esté sentado ahí (señala al piano con la cabeza) sigo escuchando; en los músicos, las cosas suenan en la cabeza, no es una película muda que ves pasar las notas. Y con el ajedrez consigo abstraerme un poco de eso”. Dice no tener fórmulas para trabajar, que intenta distraer la rutina y que lo angustia la sensación de que todos los días vayan a ser de la misma manera. Se confiesa ave nocturna, y lo imagino escribiendo en el piano bien entrada la madrugada, en este ambiente de luz tenue que no distingue entre momentos del día.

Facundo iba a ser un concertista clásico. Después, un compositor de música contemporánea, un actor de la “avant-garde” argentina, y más tarde un pianista y (aunque él no lo afirme) cantante de música popular. Pero esas no fueron las proyecciones de un adolescente demasiado soñador. Él fue todo eso; o, mejor dicho, lo sigue siendo. Al fin y al cabo, siempre estuvo claro que era un artista: “Desde muy chiquito, supe lo que quería; me di cuenta muy tempranamente dónde tenía colocado el deseo. Y siempre fui un apasionado de la vida”. De a poco, entre recuerdos y palabras nos dibuja una ventana hacia esa casa de la infancia, que él define como una sala de ensayo, lugar de encuentro entre artistas amigos de su padre, Ariel Ramírez, pianista y compositor clave de la música popular argentina. El cruce posterior de ese niño, que vivía arriba del piano y que se fue a Europa a estudiar música clásica, con la música popular, Facundo lo entiende como “un reencuentro con una parte de mi vida que siempre estuvo ahí pero que yo estaba como espectador, y ahora soy protagonista. Pienso: qué suerte que la vida da estos giros inesperados”. Aclara tantas veces como puede que eso no estaba en sus planes, él ya tenía las cosas más o menos resueltas: era un pianista clásico, componía música contemporánea y ya había empezado su carrera de actor de la mano del maestro Miguel Guerberof, en quien luego reconocería a su gran compañero en el teatro y a uno de sus maestros en la vida. No parecía quedar demasiado espacio en la agenda. Sin embargo, no acusa a ningún tipo de azar ni plan divino: “Hubo responsables. Uno, Zamba Quipildor, que apenas volví de Europa me pidió que toque con él los villancicos de Navidad, de mi papá y Félix Luna, en el Monumento a la Bandera. Yo le dije que no sabía tocar música popular, y él me dijo que aprenda”. Con sus apenas más de 20, vio en estas propuestas la variable del trabajo y la posibilidad, en definitiva, de tocar.

Desde ese entonces, no paró. Más de dos décadas, dos discos lanzados (“Ramírez por Ramírez” y “Nosotras, nosotros”) y dos en preparación: “Ya grabé los Estudios para Piano, de mi papá, que son piezas prácticamente desconocidas. Así que los estudié y les agregué algunas cositas; además, el repertorio de mi viejo no tiene secretos para mí, entonces pienso lo que él hubiera hecho. Y ahora el 11 y 12 de septiembre grabo las Estaciones Porteñas de Piazzolla con un ensamble de 25 cuerdas y Gabriel Senanes dirigiendo. En ese caso, hice toda una revisión de los arreglos para piano.” De a poco, se nos revela otra de sus vocaciones: la del arreglador. “No puedo hacer música popular si no le doy mi propia manera de tocar las cosas. En público, me gusta tener una mirada sobre los temas que hago, aunque sea sencilla, pero tener un mapa, un recorrido.” Se aparece un puente y lo cruzamos. Del otro lado, corre el año 2008 y Facundo lanza “Nosotras, nosotros”, que lleva el nombre de la canción del brasilero Geraldo Azevedo. Es un trabajo muy experimental, con zambas sin ritmo de zambas y chacareras con toques bien modernos, nutridas de esa mixtura de tradiciones que coexisten en Facundo. En este disco, se revela como cantante, como un gustoso del decir y amante de la palabra. Una obra por la diversidad, que celebra lo múltiple y lo divergente.

En ese 2008, en el lanzamiento del disco, fue que Facundo se encontró con el actor José Sacristán y le obsequió una copia. Tres años después compartirían un año de gira, 90 presentaciones y caminarían todo el país con Antonio Machado. Para Sacristán, a quien en adelante se referirá como Pepe, solo tiene palabras de admiración, gratitud y, sobre todo, amistad. “Eso fue una fiesta, fue increíble. Gracias a que teníamos una gran química desde todo punto de vista. Fue lo que pasó con Pepe. Artísticamente, estamos en la misma dirección, nos unen las mismas cosas; abajo del escenario también: la pasión por la política, por los vinos, por comer, por compartir con amigos, por acostarse tarde, por el cine, por los libros.” En 15 días prepararon “Caminando con Machado” y fue la vuelta de Facundo a la música clásica que, sin tiempo de sobra para preocuparse, lo hizo con mucha naturalidad. “Hubo algo que trascendió lo meramente virtuoso de intérpretes. Pepe tiene una grandeza… mirá que conozco el tema, yo me crié entre artistas, conocí grandes arriba del escenario, que abajo más o menos. Es difícil que los grandes artistas arriba del escenario sean grandes personas abajo, pero bueno, tampoco es una condición necesaria, capaz un tipo es genial arriba y abajo tiene sus bemoles, como todos.” Es palabra de un experto.

Suena el teléfono y prefiere no atender. Su presencia se expande por fuera de los límites de su cuerpo y parece acrecentarse en cada uno de sus silencios. Piensa lo que dice y no despliega un discurso masticado para el grabador; Facundo dialoga y elige las palabras con tanto cuidado como el repertorio de su próximo trabajo. Hablamos de “Folklore”, el espectáculo que está presentando junto a Yamila Cafrune, acompañados por el guitarrista Fabián Leandro. “Lo que le propuse a Yamila fue hacer un repertorio tradicional, zambas, cuecas, huaynos que estén en la memoria de la gente. Por supuesto, hay algunas perlitas que no se acuerda nadie, pero en general es un repertorio amable, para que la gente se identifique, que se reencuentre con su propia historia a través de las canciones”. Parece que aquellos que lo trajeron hacia la música popular, tuvieron un buen augurio. Y ya no se puede demorar más el nombre de quizás, la mayor de las responsables: Mercedes “La Negra” Sosa. “Fue de las personas más importantes artísticamente, me cambió la vida. Al principio, tenía algo muy maternal conmigo, después construí una relación de amigos. Nos hicimos profundamente amigos, una relación tan libre de todo, bueno… ella era una mujer libre. Ella y Miguel Guerberof me hicieron el artista que soy. Vivían con una intensidad, con una pasión, con un vértigo, eran seres apasionados, estaban enamorados de vivir, como yo. Ellos me transmitieron ese fervor. Tiene que ver con el deseo, las ganas van y vienen, el deseo no”.

La tarde se nos escurrió y nos toca enfrentar a lo que queda del día. Hace unos minutos confesó que lograr armonía entre las tareas cotidianas y el escenario le resultó complicado. Mientras salta de un ambiente a otro y se alista para la calle, me dice que intenta reflejar los mejores aspectos de su vida a las cosas que parecen menos relevantes, y así, lograr que cobren importancia. Casi en el marco de la puerta, me pregunta si se pondrá una bufanda. Le digo que no. Que es un día hermoso.

Facundo Ramìrez y Yamila Cafrune presentan “Folklore” el 9 de septiembre a las 20hs. en el Teatro del Viejo Mercado (Lavalle 3177)