“Antes existía un exilio lésbico”

La historia de Claudia Castro es la historia de los últimos años de la pelea contra la discriminación sexual y la igualdad de posibilidades. Entendió que tenía que llegar a la televisión para visibilizar lo pensaba. Decidió que había que organizarse para que todos pudieran ser escuchados. Ahora, tiene una hija de un año y cinco meses, pero antes nada fue fácil.

Su documento deja leer Claudia Roxana Castrosín Verdú. Pero ella tiene otra identidad: “Soy Claudia Castro y soy lesbiana”. Dice que es su identidad política. Pero que, además, es un montón de otras cosas: es Clau, es empleada pública, es de Gimnasia y de Boca, le gusta el arroz con leche, le encanta cantar, toca la guitarra y es mamá. “Pero, mi identidad hoy es política: soy lesbiana”.

Claudia vivió hasta los 23 años en La Plata. Allí, tenía la vida más o menos resuelta. Estaba comprometida con un flaco, un pibe del barrio. Pero, un día empezó a tomar clases de teatro. En la primera clase, en la ronda de presentación, una mina se paró y dijo: “Soy Mónica y soy lesbiana”. Le impactó un montón, admite: “Me fui a mi casa y no paré de pensar en eso: en que alguien fuera y pudiera ser lesbiana”. Para mí, dice Claudia, hasta ese momento, las lesbianas eran repulsivas, me daban asco. En la secundaria éramos bastantes forros con el tema, asegura. A pesar del recuerdo del bulling, que cuenta con algo de vergüenza, comenta que con esa piba le pasó algo re loco. Fueron muy amigas. La empezó a conocer desde otros lados: la música, el teatro, la comida, el fútbol. Y cuando se hizo tan cercana, lo otro le dejó de resultar ajeno. Al contrario, lo empezó a internalizar en forma de replanteo: “¿Me pueden gustar las minas?”. “Empecé a hacer un inside muy profundo y entré en una especie de matrix en donde entendí que toda la vida había tenido un enamoramiento por las mujeres: el profundo amor por mi maestra de 3er grado; los dibujos de los corazones enormes en los cuadernos que decían te amo con mi mejor amiga de la primaria; y lo enamorada que estaba de mi profesora de danza”. Fue un proceso de un año, cuenta Claudia, donde conoció más a su amiga y rompió sus prejuicios sobre el tema. “Ahí entendí que cuando conocés a las personas los prejuicios se desarman.” Después vino el beso, recuerda, que fue re lindo. Que le pasaron un montón de cosas. Fueron pareja por dos años.

Imagen: NosDigital

“Al principio una sufre mucho lo que es la lesbofobia internalizada. Me acuerdo que cuando fui a cortar con mi novio le decía que era bisexual, y que sólo me pasaban cosas con esta chica en particular. Mentira, era un autoengaño: yo era lesbiana. Eso te debilita, no le decís nada a la familia, siempre te vas de vacaciones con “tu amiga”. Hacés todo con “tu amiga”. Y bueno, vivís escondiéndote. Y entendí que estaba mal. Que había que visibilizarlo. Si lo escondés es por algo. Si nada está mal, nada se esconde. Además era re injusto no decir nada, porque nadie se enteraba de lo bien que me sentía.”

Claudia empezó a entender que tenía derechos que defender y por los cuales luchar. Para eso había que visibilizarse. En La Plata no había ningún espacio que la comprendiera. Entonces, acudió a La Fulana, organización que hoy dirige, que se encarga de luchar por los derechos de las lesbianas y las mujeres bisexuales. Sin embargo, siempre entendió que la lucha de los gays, los trans y los travestis era parte de la misma batalla. Se mudó a Capital Federal para no ir y venir todos los días. Pasaba mucho tiempo en la biblioteca de la organización instruyéndose sobre el feminismo y conociendo la historia del movimiento de mujeres. Se involucró por completo. Allí encontró a muchas chicas que compartían su inquietud: había que visibilizarse.

Conoció a María Rachid, se enamoraron. Juntas entendieron cuál era la estrategia: había que ir a los programas de TV.

“Una de las primeras veces fuimos a lo de Lía Salgado, en el año 1999. Cuando llegamos nos pusimos al lado de otras dos chicas. De repente, empezaron a hablar entre ellas: “¿A vos cuánto te pagaron? ¿Pero te dan ropa? ¿Y qué más? Bueno, pero vamos a hablar con el productor porque no puede ser que tengamos que hacer de lesbianas y encima no nos den más que una remera”. Yo no lo podía creer. Además de que no eran lesbianas, estaban súper estereotipadas. Una estaba toda vestida de cuero con tachas, con un pañuelo rojo de pintitas atado al pelo y con borcegos negros. Parecía Bon Jovi. Y la otra era súper femenina. Y se maltrataban en cámara. Jugaban a quién hace de macho y quién de hembra. Hacían un show. Ahí entendimos que nosotras teníamos que estar ahí. Nos ridiculizaban, nos hacían preguntas amarillistas. Pero nadie se hacía pasar por nosotras a través de un show por unos mangos. Preguntaban sobre la naturalidad de nuestra relación. Recuerdo estar en el programa de Georgina Barbarrosa y que el Padre Grassi nos diga: “Chicas, yo las quiero y respeto, pero lo que ustedes hacen no es natural”. Ahora, violar pibes sí es natural… Ese era el nivel de personajes con los que nos sentábamos. Nos ponían enfrente de psicólogos y psiquiatras que nos acusaban de enfermas. Había que tranzar para visibilizarse. Pero cada vez que íbamos pedíamos que sí o sí pasen el teléfono de La Fulana. No paraba de sonar el teléfono cada vez que aparecíamos. Durante días. De todo el país aparecían llamados que decían: “Vi a dos chicas en la tele, yo estoy sola, en tal pueblo de tal provincia, soy la única, no sé que hacer”. Miles de historias así. Soportábamos a los payasos por el beneficio de contactar a una mujer que se sentía sola. Con que llamara una ya era suficiente.”

Qué revuelo aquello, recuerda Claudia. “Se fue dando de a poco mi compromiso político por el tema, de una manera natural casi…” Hace un silencio y enseguida se corrige con bronca: “Bah, natural no, basta de esa palabra: natural es la fotosíntesis”. Simplemente había cosas que no le gustaban, que le incomodaban. Como el no decir, como callarse.

Meses después de la sanción de la ley de matrimonio igualitario, en noviembre, Claudia se casó con Flavia, su actual pareja. Recuerda aquellos años y le parecen caóticos: “Nos acostábamos a las 3 de la mañana y nos levantábamos a las 6”. Así, desde el 2007, durante tres años, dice. Es que había que convencer a una sociedad. Había que generar consenso. “Éramos siete locos que no teníamos ni puta idea de cómo hacer.”

“Hubo un antes y un después a partir de una entrevista de C5N donde se cruzaron María Rachid y Aflredo Olmedo, el diputado de Salta, el de la campera amarilla. Fue el reflejo de todo lo que había pasado en una entrevista, representaba el extremo ridículo de los que sufrimos tantos años en la calle. Nosotros nos encontrábamos con Olmedos todo el tiempo. A mí me encantó que la gente viera lo que teníamos que padecer. Se plasmó. No reduce nuestra lucha que nuestro principal argumento haya sido la barbaridad y brutalidad del que se manifestaba del otro lado. Recibimos amenazas: que nos iban a matar, que la teníamos que cortar. Llamados al celular. Todo. Una vez llegó un papel que decía: “Si no paran son boleta”. Creo que eran fanáticos religiosos. Les digo fanáticos para distanciarlos de los demás. Lo lindo de esa época fue que viajamos por todo el país presentando la ley y así se federalizó el movimiento. Ahora hay más focos: hay 65 organizaciones en todo el país. Más de 40 se dieron en el marco de la lucha de matrimonio igualitario. Antes existía un exilio lésbico: para disfrutar tu sexualidad tenías que venir a Capital Federal. Ahora, con las luchas que se fueron conquistando, es diferente.”

Claudia habla fuerte, muy fuerte. Casi que grita. Las personas que están alrededor de ella, que están en otra cosa, abren los ojos cuando oyen palabras como “lesbiana”, “coger”, “puto”. Hay que hablar fuerte y claro de este tema, dice. Sin temores. “Está bueno intervenir a las personas, porque, si hablo bajito estoy diciendo algo en lo que no quiero hacerme oír: escuchar es parte de producir sentido sobre algunas cosas que, quizás, tenías sin resolver”.

Claudia se emociona y dice que tiene una nena de un año y cinco meses. Que la adoptaron junto a Flavia. Que se llama Estefanía. Que es hermosa, una genia. Que les encanta. Que, al final, sus papás lo comprendieron y que ahora son unos abuelos divinos.

“Yo no juzgo a mis viejos porque ellos no me hayan entendido al principio. Nadie les dijo a ellos que existía una mínima posibilidad de que su hija fuera lesbiana. A los padres no les enseñan las múltiples opciones de amor. Algún día yo tendré el desafío de sí explicárselo a mi hija. De que puede elegir a quién amar.”