Monstruo de seis cabezas

En eso se convierte Sambara cuando sube al escenario. Con la mística que encierra su nombre y el espíritu de su arte hipnotizan a su público en una fiesta de baile y risas. NosDigital estuvo con ellos en la previa de su último recital en Plasma y repasó su intenso transe con la música.

El frío del invierno no puede encerrarnos. En el barrio de Barracas, Sambara nos encuentra en la calle, en la vereda, sentados en ronda a solo algunos de nosotros privilegiados apoyados en el escalón de un edificio anónimo. El sábado está en sus últimas horas y la madrugada promete una vez más fiesta de la mano del rock, escaleras arriba en Plasma, bar que le hace de escenario a la noche. Con un tinto de micrófono nos olvidamos del grabador. Ellos, de esa gente que sonríe con la mirada, empiezan contar su historia casi sin preguntar nada. Me preparan para la sorpresa de verlos transformados unos tragos más tarde en pleno show, pero para eso faltan todavía un par de párrafos.

Los primeros acordes surgieron donde todavía fluyen: en la sala que es casa de dos de los integrantes y que sirve de lugar para crear y compartir no solo música sino que también esos momentos casi cotidianos que se suman en amistad. Hace más de un año y menos de dos, Sambara se juntó por primera vez y la formación no tardó en ser estable. Desde esos ensayos, ellos son Federico Schujman en voz y guitarra acústica, Gabriel Kerman en guitarra y coros, Andrés Elijovich en piano eléctrico, guitarra y coros, Marcos Lorenzo en sintetizador y coros, Ariel Schujman en bajo y coros (sí, son hermanos) y Julián Malosetti en batería y percusión. A los músicos se suma Felipe Álvarez, artista plástico que cierra el concepto de Sambara como proyecto artístico integral en su primer EP que salió al ruedo a principio de año, materialización rápida de las ganas de hacer que los impulsa.

Imágen: NosDigital

Éramos amigos con ganas de hacer nuestros temas en formato banda. Y a medida que fue pasando el tiempo eso se transformó en ganas de mostrar esos temas a otra gente. Y cuando los empezamos a mostrar y vimos que había gente que le gustaba, que estaba interesada, de repente estábamos todos metidos en la idea de armar de esto un proyecto lo más serio posible”, cuentan mientras recuerdan las primeras reuniones más lúdicas, con ganas de crecimiento y juego.

Son pibes, el promedio araña los 22 años y, sin embargo (diría Sabina), sorprende la seriedad con que defienden su proyecto.  Aunque seriedad no es excluyente de todo el resto; mientras subimos las escaleras camino al show se van descubriendo en esencia, parecen descontracturarse un poco más a cada escalón y en el instante previo del “Buenas noches” los tapujos quedan abajo, escondidos quizás cerca de la barra con la heladera llena de calcos, premios de muchas batallas ganadas en noches de rock.

De esencia hablamos, de la ronda de amigos que los impulsó a tocar juntos para divertirse y como no podía ser de otra forma, o por lo menos ahora me cuesta imaginarlo, en medio de un juego, de un ejercicio vocal, fue donde surgió casi mágicamente el nombre “Sambara”. Sambarabo, sambara algo, y quedó sin saber que efectivamente significaba algo, un rey de la mitología hindú.

¿Azar? No, ellos tienen una teoría más divertida. “Básicamente lo que pasó es que el rey Sambara bajó a la tierra y utilizó a los chicos para expresarse. No somos más que seis tipos poseídos por él” Nos reímos y rápido agregan: “Es gracioso porque mas allá del chiste, la sensación que tenemos es esa, estamos poseídos por esto, ya Sambara es un monstruo mucho más grande que nosotros seis juntos”.

Dejan abajo las individualidades, suben al escenario todos juntos y dan la sensación de que con su propia energía se retroalimentan unos a otros. Los pibes sentados en la vereda que me miran y me sonríen tranquilos son un torrente imparable cuando se encienden las luces del show. La fiesta se completa abajo del escenario cuando la gente se prende al agite con globos, coros, papelitos y pogo. “El vivo somos nosotros y es toda la gente, sin el ida y vuelta no sería nada, termina siendo una cosa súper hedonista de hacer música por el arte”, lo dicen y lo demuestran con un sinfín de “gracias” a todo el que se cruza.

Sambara mira a los ojos cuando habla, derrocha fuerza cuando suena y labura de a seis personas, todos igual de participantes en el proyecto, para seguir creciendo. En el camino, llega el 17 de Agosto al Club Cultural Matienzo y promete volver a contagiar con buen rock.