Lugones, familia picana

Tan solo se trata de contar una parte de la vida de una familia de renombre atravesada por la fatalidad en la construcción de nuestra nación. Desde Yrigoyen a Videla, con la picana como protagonista ineludible. Pasen y lean una más de las paradojas de la Historia argentina.

Imagen: NosDigital

Al apellido Lugones le cuadran unos cuantos términos: poesía, inventivas, política, engaño, romances, secuestro, picana. Una mezcla de todo un poco, con los sellos macabros y también de revelación, necesarios para dibujar entre esta conjunción la tragedia absoluta en torno a una sola familia. Cuatro generaciones distintas, desde bisabuelo a bisnieto. Épocas diferentes, pero también historias diferentes. Dos suicidios y un asesinato, con la Historia argentina de testigo. En unas líneas intentaremos desenredar cuál ha sido el legado sanguíneo del escritor ideológicamente bipolar, Leopoldo Lugones.

La inestabilidad política de Leopoldo Lugones viró de un joven socialista, en Córdoba con su incursión como periodista en El Pensamiento Libre, publicación considerada atea y anarquista, a un fanático nacionalista para definirse antidemocrático sus últimos años. Sus poemas lo alzaron como uno de los escritores más reconocidos de Argentina, pero también sus discursos hicieron que recibiera críticas muy duras por su empatía cada vez más evidente hacia los gobiernos militares.

Durante los últimos doce años de su vida mantuvo un romance a escondidas de su matrimonio. En 1926 conoció a Emilia Cadelago, una joven estudiante de letras que le pidió un libro que no podía conseguir, y luego lo enredó en un juego de erotismo y literatura. “Aglaura”, diosa griega que representaba lo brillante, es el pseudónimo que Lugones eligió para dedicarle cartas y poesías enteras. A partir de esta historia aparece el nombre de su hijo, Leopoldo Polo Lugones, quien estaba indignado por este vínculo y se encargó de presionar a su padre hasta el último día.

El 18 de febrero de 1938, Lugones se suicidó. En una habitación de la posada El Tropezón, en el Tigre. A su clásica medida de whisky le agregó arsénico. Las presiones por una pena de amor o la situación política en Argentina. Nunca se esclareció la razón, si es que había una sola. Pero apenas se suicidó, Polo, su hijo, no quiso hablar más del tema, mientras que Emilia Cadelago dispersó la versión de que él mismo era el responsable de ese final, por amenazas que le había hecho llegar a su familia si continuaba viéndose con su padre. No se vieron más, pero al morir ella pidió que en el ataúd colocaran un regalo que él le había hecho.

Leopoldo, Polo, fue el único hijo. Se lo reconocía como un  feroz interrogador además de haber sido el responsable de institucionalizar el uso de la picana eléctrica y otros métodos de tortura a detenidos políticos opositores. Durante la presidencia de Alvear fue director del Reformatorio de Menores de Olivera, donde lo procesaron por corrupción y violación de menores. Al momento de su condena a diez años de cárcel, el entonces presidente Yrigoyen lo salvó a pedido de Lugones padre, “por honor a la familia”. Después del primer golpe de Estado en Argentina, Felix Uriburu lo nombró comisario inspector de la Policía, en la misma dependencia en la que figuraba su prontuario, que lo calificaba de “pederasta” y “sádico conocido”.

Desde su nuevo rol, Polo Lugones implementó la picana como método de tortura en interrogatorios, aplicándola en el sótano de una vieja penitenciaría de la calle Las Heras. Su final se escribe al igual que su padre: opta por el suicidio, pegándose un tiro en 1971.

El siguiente personaje de la familia es mujer. Susana Piri Lugones, hija de Polo. Desde su nacimiento acarreaba una renguera producto de tener una pierna más corta que la otra. En textos se la recuerda como una joven de humor ácido, siempre justificando que era mucho más difícil sobreponerse a los comentarios sobre su padre torturador que a las cargadas y burlas por su físico. Su carta de presentación, desde su propia boca, solía ser “la hija del torturador y la nieta del poeta”.

Su sangre le pesaba por un pasado trágico, casi de novela. Sin contención familiar, emprendió una vida llena de dolor y caos, con las contradicciones propias de una adolescente. Odiaba a su padre. Más grande se casó y tuvo tres hijos a pesar de que por consejo médico los embarazos fueran un riesgo para su salud. La herencia literaria la saldó a través del trabajo editorial.

En plenos años ´70, cuando el panorama político en Argentina ya estaba definido, optó por hacerse montonera, ya con 50 años.  Se entregó a tareas clandestinas tanto de información como de inteligencia hasta que el 24 de diciembre de 1978 fue secuestrada en un departamento de Barrio Norte.  Al menos estuvo en tres centros clandestinos de detención, y fue torturada con la picana eléctrica que su padre convirtió en herramienta de trabajo cotidiano para los torturadores argentinos. Según registros, aunque no es una certeza, habría muerto al poco tiempo, cerca del 17 de febrero del año siguiente.