Las enfermeras siempre piden silencio

En el hospital Argerich está prohibido hablar. No pueden hacerlo los pacientes. Tampoco los trabajadores. Nadie puede contar esa tremenda realidad: el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires no manda los insumos necesarios para trabajar. Aquí, una radiografía de esas salas donde faltan desde gasas hasta corduras.
[imagebrowser id=7]
Soy un agente encubierto de Nos que llega al Argerich para ver qué está pasando. Mi misión es trazar un cuadro de situación.
Tengo data de la buena. Me llegó el rumor de que acá nadie quiere hablar. Que todos esquivarían responder sobre el vaciamiento del hospital por temor a represalias.
Vengo a comprobar eso y a ver si la realidad me depara algo más. Estoy preparado para afrontar imprevistos, cualquiera sea.
Cambio y fuera.

Piso 1:
Una cola. Esa es la primera imagen que me recibe al entrar al Argerich por la puerta principal. Una cola que va hacia una serie de ventanillas en las que, calculo, se piden turnos y se aclaran dudas. Son las 11 del mediodía. De 10 ventanillas atienden la 4, la 5, la 8 y la 10. La cola se va disolviendo y a todos los derivan hacia otros sectores en menos de 10 minutos. A los costados de las ventanillas hay una sala de espera; me siento.
Esta no es una sala de espera de ningún área particular; es una especie de hall de entrada donde las ventanillas te derivan hacia algún otro lugar del hospital, hacia otras salas de espera. Por eso estoy casi solo sentado, con un señor y su hija en brazos y otra madre y su nene. Si bien no pasa mucho en esta sala, la posición privilegiada a la cola y de la atención a las personas de la cola me permiten sacar prematuras conclusiones: mucha mujer joven y sola y con un hijo. El perfil del paciente, parece, es el nene.
Arriba de las personas que hacen cola hay un televisor con programación propia. Lo primero que mi lapicera registra es una imagen de Rodriguez Larreta visitando una villa. Me pregunto si eso pasó realmente o será todo parte de un escenario montado; el bebé de en frente mío se pregunta lo mismo y llora.
Me quedo viendo un rato y cada tanto se repiten publicidades sobre distintas actividades del gobierno porteño; mucha promoción de espectáculos culturales. Cada spot cierra con el subliminal “en todo estás vos”.
Eso está por verse.
Tengo que tener estudiado el mapa del hospital para saber moverme. Un cartel me informa que se organiza en nodos, cada uno con asientos para esperar, de los que se desprenden pasillos que llevan a las áreas especializadas. Así en cada uno de los 4 pisos abiertos al público. Del otro lado, entrando por una puerta lateral está la guardia; allí iré a lo último.
Desde esta puerta de entrada hacia los costados no hay mucho. Es el primer piso del hospital, ya que las escalinatas hasta aquí nos han subido. Sólo en este piso la estructura es de mármol, un mármol beige, color piel, y las sillas son de gris metálico. No hay mucha ambición estética en un hospital.
Todo está bastante limpio.
En este primer piso también está el bar: café con leche y tres facturas a $15. Al lado, un quiosco improvisado con lo mínimo e indispensable.
Creo que no vi ningún médico.
Cambiemos de piso, empecemos la tarea fina: aquí en 2010 los trabajadores salieron a reclamar por insumos.
El mapa dice que abajo está la farmacia.
Subsuelo
Ya en las escaleras me cruzo con un par de delantales. Hay mucho médico joven, treintañero, diría que recién recibido. Todos llevan el Blackberry en la mano, teclean y se lo deslizan hacia el canguro del ambo, y así. Todo el tiempo.
El subsuelo es el piso más tétrico del hospital, el más oscuro. Los espacios son reducidos y los pasillos que se abren, sospechosos. Me quedo en el molde investigando dónde estará la farmacia.
Hay una señora atendiendo del otro lado, y de este otra mujer firmando papeles. Busco algo más parecido a Farmacity pero no encuentro: la farmacia es una ventana cuadrada de 1×1 y enrejada.
Después de la mujer que firmaba encaro de una a la señora de la farmacia. De entrada me mira sorprendida (no me conoce). Le pregunto si hubo problemas por la falta de insumos, y en qué estado está la cosa. Para no parecer un infiltrado de Macri me hago nomás el curioso y el simpático. Me sale mal. La señora se pone seria y se sonroja. Me dice, diplomática: “Esa no es una información que yo te puede dar así”.
Entiendo que es el fin de la conversación. Que soy un desubicado en su día laboral. Al despedirla noto un gesto extraño. Un gesto… como decirlo… un gesto furtivo por debajo de la ventana, que no llegué a ver.
Qué mierda hizo. La puta madre.
Antes que lleguen los agentes de Macri, mejor empiezo a subir.

Piso 2
Creo, estoy seguro que El Fino Palacios fue dado de alerta ante mi pregunta por los insumos del hospital. Quizá – no puedo saberlo- la mujer de la farmacia apretó el botón de seguridad y ahora están buscándome. Tengo que estar preparado.
Subo escaleras arriba. Mejor irse lo antes posible del subsuelo, que ya estoy re fichado. Llego al segundo piso y no hay casi nadie, no hay nada. Me parece ver a un hombre que estaba también en el subsuelo…
Una capilla. En el segundo piso está la capilla del hospital. Cerrada, obvio.
Unos carteles decoran su puerta, dan consejos, a vos que siempre te preguntaste qué tenés que hacer para “ganar indulgencia plenaria”.
Otro cartel ofrece un “servicio sacerdotal de urgencia”, una especie de guardia sacerdotal disponible las 24 horas en cualquier muerto, perdón, lado de la capital. Está para llamarlos con los pibes y hacerles una joda.
Colgué un rato viendo estos carteles. Qué raro… El Fino no apareció… Esta capilla me hace sentir seguro, che, aunque esté cerrada y yo en la puerta.
El segundo piso está re bendecido, El Fino acá no puede desplegar su empresa mortal. Por ahora, estoy a salvo, pero debo seguir en mi tarea informativa.
¡A subir!

Piso 3
Ya salí de la zona protegida. Ahora voy con el temor, qué digo temor, con la adrenalina de poder encontrarme a El Fino en cualquier momento, en cualquier lado de este tercer piso.
Llego. Buenas noticias: no hay rastros, por ahora. Me deslizo sigiloso por los pasillos. Nadie me sigue.
Familiares esperan. Médicos atienden en sus consultorios. Veo un cartel: la señal que estaba buscando. Es un cartel que sobresale del resto por lo grande y el color de las letras. Dice:
“Advertencia al Ministerio de Salud: la AMM advierte a las autoridades del Ministerio de Salud que, de no cumplirse con los plazos en la realización de las obras, la entrega del equipamiento necesario para la adecuada atención de los pacientes, intensificaremos las medidas gremiales.
Esta situación es consecuencia de la ineficiencia, el desconocimiento y la ineptitud de los funcionarios responsables de dichas áreas”.
Mierda. Si El Fino me ve leyendo esto me hace cagar fuego.
Tengo que tomar un comportamiento distractivo. Rápido. Estoy perdiendo tiempo que El Fino aprovecha para seguirme, para estar cada vez más cerca mío. Hablo con el primero que pasa.
Una señora “de personal”, según como ella misma se presenta. Parece no tener miedo de hablar (se ve que no le tiene miedo a El Fino). Su calma me calma. Charlamos.
Qué onda los carteles:
-Los carteles son por todo en general (sic)
-En provincia los hospitales están peor
-El nivel del Argerich siempre fue para abajo
-El negocio no está en la salud pública, eso es lo que pasa
Eso es lo que pasa…
Pasa una camilla con un hombre desnudo tapado con una frazada. Si no es un fiambre le pega en el palo.
Recupero la guardia, pienso: puede ser una señal mafiosa de El Fino…
Mejor seguir subiendo.

Cuarto piso
Los mismos carteles en el cuarto piso. (En los primeros, donde está el grueso de la gente, no estaban). Quizá sean más trampas que El Fino plantó para cazarme. Estoy atento.
Está el mismo cartel de antes y hay otro. Para que lo leamos y sepamos todos:
“Estado de alerta – Mesa de Salud Municipales de Capital.
Esta mesa de salud de la organización gremial reitera con preocupación a los responsables de la salud pública la pronta resolución de los reclamos planteados en distintas oportunidades y que a la fecha no han tenido respuesta positiva, a saber:
-Definir rápidamente tanto las obras nuevas como las de refuncionalización en los diferentes hospitales y no proceder a la apertura de las mismas sin las cordinación de recursos humanos necesarios en todas las especialidades.
-Actualizar el valor y proceder al pago de los incrementos tanto de los módulos de enfermería como de las guardias técnicas.
-Hacer efectivo el reencasillamiento de todos aquellos compañeros que presentan títulos por capacitamiento conforme a la grilla actual.
-Otorgar en forma inmediata el plus informático a todos los compañeros a los que corresponde ese beneficio.
-Horas urses para el personal administrativo y servicios generales a fin de remunerar las horas de recargo que realizan estos trabajadores.
-Establecer en forma urgente y definitiva la metodología y fecha de pago para la facturación de las obras sociales.
-Proceder a la inmediata cobertura de las vacantes producidas por el retiro voluntario”.
Pasa un médico y le pregunto qué puede decirme acerca de los carteles:
-Estoy tan metido en mis pacientes que no sé
-Es la primera ve que veo a los Médicos Municipales reclamando, porque estos estaban con Macri
Luego confirmo que desde hace meses nomás los MM se alejaron del ministro de salud Lemus.
El médico da por terminada mi intromisión en su importantísima vida.
Voy al baño, prolijo, mejor que el del segundo sin tapa en el inodoro, ni espejo ni papel. Cuando estoy anotando estas boludeces noto que una sombra viene hacia el baño. Me preparo, pongo en punta mi lapicera dispuesto a atacar, guardo silencio. La sombra aparece desesperada y parece ir directo a uno de los inodoros. Es El Fino o alguien que se está cagando, no hay otra. Como saberlo… Mantengo expectante la lapicera en punta. ¡Zas! La sombra se vuelve nítida, pasa de largo. ¡Una mujer!
¿¡Estoy en el baño equivocado!? Disculpe, le digo sonrojado, no sabía…. No puedo contarle sobre mi escapatoria de El Fino, aunque sería la excusa perfecta. “Nahh”, me dice esta mujer. “Todo bien, si hay un solo baño”.
Ahhh…
Salgo rápido, aturdido. No quiero quedarme a oler, digo a ver qué hace esta mina. Quizá sea una agente de El Fino que me descubrió. Maldición. Tengo que empezar a trazar la salida, a pensar la mejor forma de llegar intacto a respirar el aire libre.
Hago memoria del mapa…
¡La guardia!
Guardia
Un suspiro, un soplo de aire cansado. Se acabaron las palabras, se agotaron las conversaciones con “el de al lado” en esta guardia de hospital, a la espera de ser atendidos.
Una sala alargada de 7×30 alberga a 20 personas y contando. Cada 5 minutos promedio entra un paciente nuevo, generalmente acompañado. No deben ser más de 10 los que vinieron a atenderse, y el resto familiares, aunque es difícil distinguir.
Dicen que la guardia de un hospital es un reflejo de lo que pasa en la zona. Por lo que llego a escuchar, hoy hubo un choque múltiple que tiene ocupados a varios de los médicos de la guardia; entre ellos, los traumatólogos que debieran atender a esta vieja que putea.
La señora mayor ya entabló conversación con media guardia. Es la heroína de mi crónica, la que lo justifica todo. Por un lado, a juzgar por las experiencias que cuenta, parece una especialista: viene seguido a atenderse y conoce a la perfección los puntos débiles y los altos de la guardia, que asegura son pocos.
Además, la vieja, no para de manijear al resto de los familiares con que están esperando mucho, más de la cuenta, y que no puede ser, que esto no puede pasar, que este país se fue a la mierda…
El Fino Palacios podría llegar a ajusticiarla.
Me quedo escuchando a la susodicha. Habla con su amiga ocasional de la guardia, su amiga íntima en esta hora y pico que estuvieron esperando. La vieja esboza un silogismo categórico que se estudia en la primera clase de lógica de cualquier escuela, pero que nunca encuentra tanto sentido:
Si A (atender a los que chocaron) implica B (que no hay personal para atender al resto de la guardia)
Si B (el resto de la guardia) implica C (no vamos a ser atendidos)
Transitivamente A (si nosotros hubiésemos chocado) implica C (no nos podrían atender).
Otra recuerdo imperdible de este rato de guardia (de El Fino ya me olvidé completamente, ahora saboreo al personaje de la nota): la vieja le enseña a atarse los cordones al nene de la compañera. Le enseña con métodos pedagógicos lucidos, sabios, el tema del moño y la saraza. El tiempo de espera en esta guardia da para esto y da para todo.
Un pibe de en frente mío saca un libro y se pone a leer.
La cola de la recepción sigue aumentando, los pacientes también. Hay un atraso evidente en varias de las áreas de atención (esto, más allá de cualquier gracia).
Entre los nuevos llegó una mujer grandota y de porte grande.
Se sienta en frente mío. Qué raro, no se presentó en la recepción…
La vieja dice ahora que llegó a esperar 5 horas.
Vuelvo a mirar a la mujer grande, no sé por qué me resulta familiar.
La vieja cuenta que cuando se sacó la clavícula se acordó de Mel Gibson (sic), y que ¡no duele tanto! Si alguien entiende esta asociación quizá comprenda mejor la profundidad de la reflexión y de la crónica. Eso sí: Mel Gibson es un cagón.
Vuelvo a mirar a la mujer grande. Ya sé: lo raro es que lleva un pañuelo hasta la nariz que le tapa todo el cuello y la boca.
La sigo mirando. La sospecho. Me mira.
¡No!
Reconozco en su mirada la mirada de El Fino Palacios. Es ella. Es él. Deja caer el pañuelo y ahí están sus bigotes, en frente mío. De su cartera saca el revólver. Estoy frito.
Un tiro me deja herido en el piso de la guardia del hospital. Quedé medio boludo, la vista se me nubla y no puedo pensar con claridad. Así unos minutos.
Me recompongo como puedo, apoyo los codos sobre el asiento y empujo hacia arriba. ¡Cómo me cagó este Fino travesti!
Me agarro el hombro herido, siento la sangre caliente.
Me arrastro hasta la recepción, doy mi nombre y el DNI para atenderme.
Hay siete personas adelante mío.
Vuelvo a mi asiento.
Espero.