La revolución no será transmitida

No lograban entender los operarios de Radio Telefís Éireann que todo eso que sus cámaras retrataban era, en realidad, algo común en Sudamerica. Aquel grupo de periodistas irlandeses caminaba el 11 de abril de 2002 por el Palacio de Miraflores con las pupilas atónitas. La imagen -esa misma que después reprodujeron en el magistral documental: La revolución no será transmitida- mostraba un cúmulo de cosas inexplicables: en el medio de una supuesta democracia, una fusión del sector militar y de las clases altas venezolanas le daban un golpe de Estado a Hugo Chávez, echando al presidente y liquidando a los movimientos populares en la calle. Con un aspecto más inverosimil todavía: los medios de comunicación -sobre todo la televisión y los diarios El Universal y El Nacional- relataban aquello con alegría. No entendían -y diez años después, tampoco lo entienden- Kim Bartley y Donnacha Ó Briain, los directores del documental, cómo podía estar sucediendo todo eso. Aunque a la distancia han logrado percibir que aquello fue el comienzo de una nueva etapa en América Latina.

Y no se habla de una nueva etapa porque Chávez retornó al poder en Venezuela y se volvió el gobierno más distributivo de la historia de su país. Ni tampoco se hace la referencia a que ese país sea el eje de lo que algunos historiadores denominan un Capitalismo de Estado progresita o el Socialismo del siglo XXI. Este texto se aleja de esa discusión. Lo que se desprende de aquella imagen de 2002 hasta hoy es el jaque a un concepto que Winston Churchill, uno de los líderes más emblemáticos de la Inglaterra post Revolución Industrial, universalizó: “La democracia es el menos malo de los sistemas políticos”.

Eso: la democracia, un término que hoy más que nunca entra en discusión, sobre todo, porque se devela con claridad que no se habla de sistema democrático sino de sistema republicano. Algo muy distinto a la democracia: el sistema que todos eligen para todos.

La revolución no será transmitida es un documental que da inicio a un conjunto de golpes o de intentos de golpes -también, ahora, llamados neogolpes- en América Latina en el siglo XXI, que reúnen ciertas características semejantes: quienes lo dan son las clases altas, los terratenientes, los líderes de multinacionales, los partidos conservadores y los medios de comunicación que responden a grandes jerarcas de la guita. Golpes que, en el último caso, llegaron a un tono máximo: el 22 de junio de 2012, el Congreso paraguayo destituyó a Fernando Lugo en un juicio insensato, que algunos se dedicaron a llamar: Golpe de Estado Parlamentario.

La última década latinoamericana habla del intento de golpe a Chávez; de un golpe a Evo Morales en 2008, cuando los habitantes de los departamentos más ricos de Bolivia masacraron campesinos; de la movida de militares que, en 2009, destituyeron en Honduras a Mel Zelaya; de un 29 de febrero de 2004 en que las fuerzas de la alianza franco-estadounidense expulsaron a Jean-Bertrand Aristide de Haití; y de Rafael Correa parado en el centro de Ecuador, en cueros, diciendo que si hacía falta le pegaran un tiro, en 2010.

En Argentina, no hubo enfrentamientos armados ni movimientos específicos que hablaran de un derrocamiento del gobierno kirchnerista, aunque nadie puede borrarse la escena -en plena pelea entre lo que se llamó el conflicto con el campo- del periodista Mariana Grondona -un representante de la oligarquía periodística- y de Hugo Biolcati -líder de la Sociedad Rural Argentina- asegurando en un programa de televisión que a la presidenta le quedaba poco tiempo.

La discusión no tiene que ver, en este caso, con el gramaje ideológico de cada uno de los gobiernos mencionados. Sino de la trampa que reúne, sobre todo en el caso de Paraguay, el concepto de democracia. Es, justamente, la ONU, quien declaró alguna vez que cada país tiene el derecho a ejercer la democracia de la manera que quiera. Lo que no marca que la democracia sea, en realidad, un sinónimo de las repúblicas liberales. Ni tampoco asegura, entonces, que Cuba sea una dictadura, puesto que la isla socialista es, en definitiva y más allá de las propias disidencias, la que reúne la mayor equidad social y el mayor índice de elección de su población a un gobierno.

Desde este espacio, nos arriesgamos a decir que, al menos, hablar de democracia en países donde no hay condiciones socio-económicas semejantes para poder elegir gobiernos, donde el analfabetismo y el hambre golpean tan fuerte como para no poder pensar, donde la inequidad económica permite que algunos tengan más plata y más espacio para publicitarse como candidatos (recordando que en esto no se habla solo de la industria del afiche, sino de los candidatos que son dueños o codueños de medios de comunicación), donde un sector de la población puede tener propias herramientas -como en Paraguay- como para destituir un gobierno, donde las bases son injustas, ahí, hablar de democracia, es una falacia.

Claro: la democracia es mucho más que eso. O es, directamente, otra cosa.

A la distancia, La revolución no será transmitida significa un documento que muestra las primeras hilachas de cómo se va a discutir el poder en América Latina. Abre espacios para una discusión que estuvo apagada por muchos tiempos y que, incluso, algunos gobiernos de los que corrieron riesgo de golpe siguen manteniendo oculta porque gobiernan sin democracia. Pero, al menos, deja una certeza y una postal bien clara: la derecha nunca, jamás, es la democracia.