Si lo canta, sueñe

Olavarría, “capital de la región”, tiene cerca de 100.000 habitantes y casi tantas voces cantoras. NosDigital se asomó a orillas del arroyo más famoso de la zona y se adentró en una población sacudida por el casting del reality “Soñando por cantar”. Más allá de la megaproducción, es otra tarde más de pasto, mates, guitarras y canciones.

Fotos: NosDigital

Soñar: Representarse en la fantasía imágenes o sucesos mientras se duerme.  Discurrir fantásticamente y dar por cierto y seguro lo que no lo es.  Anhelar persistentemente algo.

Cantar: Producir con la voz sonidos melodiosos, formando palabras o sin formarlas.

Nada puede con ellos. El frío castiga sin reparos. A la vera del arroyo Tapalqué, en Olavarría, el centro de la Provincia de Buenos Aires, los grados no llegan a contarse en dos cifras. Es un seis por el que más de uno se pelearía delante de las cámaras. No lloran. No sufren. No recurren a las artimañas más bajas de todo ser humano para cambiarlo. Están. Sonríen. Se abrazan. Todavía pueden hacerlo con sinceridad.

La Casa del Bicentenario está rodeada. Más de 400 personas forman una hilera perfecta que recorre el perímetro del lugar. No hay necesidad de vallas, cintas protectoras o lo que fuera que se “necesite” para esas eventualidades en las que toda una ciudad quiere hacerse presente.  Biscochitos, mates y alguna que otra guitarra decoran el ambiente; son compañía infaltable para los momentos previos.

Y, de pronto, la sorpresa. ¡Cantan!

Esta cámara es la única que inmortaliza las figuras en ese viernes de junio. El sol cae, las figuras se alinean y no necesitan aparentar.

Un puñado de niños en punta de  blanco se deleitan con el bombo legüero y algunas coplas perdidas. Se confían cosas al oído con picardía. Otros sonríen sonrojados cuando a un compañero lo descubre mirando a cualquier lado.  Algunos  desafinan si es ‘nesario’. Un inmenso abanico  de posibilidades se abre en las narices de la maestra de turno. Ni se aviva. Calla a aquellos que no siguen el compás de los instrumentos, dispersa  a esos charlatanes que cuchichean a sus espaldas. En definitivas, no entiende nada.

Más acá, las edades se amigan en una letra y arman una pequeña ronda. El charango ata en la misma red a los cincuentones, los cuarentones y este grupo de pibes que apenas pisan los 15. “Y esos ojitos que me hacen delirar”, dice ese palabrerío monocorde en el que confluyen las voces de los allí presentes. Cantan por el Turco Chiodi, un olavarriense “famoso” de esos que escasean.

Los sueños los tienen atados a sus corazones. Pero si hay algo por lo que no se desvelan es por cantar. Sin querer, engañados, sus razones sucumben detrás del juego de palabras. Cómo van a soñar por cantar si a la vuelta de la esquina, lejos de los grandes escenarios,  las luminarias del Delta y el monito estimulado, ellos desparraman alegría con sus voces. Bien o regular, igual da. El miedo le deja lugar a las sonrisas y en esa tarima de pasto, son todos iguales.

Llega el momento del “casting”. Un “productor” y una “coach” se ven cara a cara con 30 personas cada 20 minutos. Pongamos pausa por un segundo. ¡Casting, productor, coach! A cuántos términos nos amigamos por compromiso en este – desigual – contrato social llamado televisión y, en especial, los ¡Realitys! que, sabemos, de real tienen solo la ilusión de serlo.

La audición.

En fila india, 30 personas ingresan al recinto. En semicírculo, se paran uno al lado del otro. Un pelotón de fusilamiento. ¿Exagerado? Quizás. Cada uno tiene la posibilidad de cantar 20 o 30 segundos. Entre cantante y cantante, un monosílabo: “sí” o “no”. Eso como garantía de seguir en la carrera por el “sueño”. Una vez pasado el tamiz, la mayoría se retira. La puerta se abre para los que se llevan un no como respuesta.  Los afortunados cantan la canción completa y quedarán a la espera de un llamado que confirme que van a cantar (o no) en Tigre.

Habrá que ceñirse al título del programa para entender la respuesta negativa. ¿Los que se llevan un no, no tienen posibilidad de soñar? Eso parece…

“No hubo suerte che”, intercede un paisano de ley: Boina, bombachas de campo y cuentaganados. “Tenía un cagazo bárbaro. Empecé, canté un segundo y ‘afuira’. Qué le vamo’ a se’, la próxima será”,  completa.

Distinta fue la suerte para Camila, estudiante de medicina de 18 años. “Bien, me fue muy bien”, empieza. “Lo primero que nos dijeron es que buscaban algo diferente y especial, que el que no quedara no significaba que no fuera bueno. Por suerte, quedé”, afirma convencida.

Son 20 segundos que pueden derivar en un contrato. Ah, ¿ni siquiera? Ni siquiera. “Soñando por Cantar”, comenzó en febrero de este año como una competencia federal (recorrió las 23 provincias del país) en la que el ganador obtendría el lugar para participar de “Cantando por un Sueño”, una de las secciones de “Showmach”, el programa de Marcelo Tinelli, que produce Ideas del Sur. Sin embargo, debido al “éxito”, el concurso devino en programa, que pasó de semanal a diario y que dejó de recorrer el país para emitirse únicamente desde Tigre. Las ¿malas? lenguas dicen que el ciclo que se emite por Canal 13 se extenderá hasta diciembre y que, por lo tanto, no será más que “cantando por cantar”. Y allí está lo bueno, en cantar sólo por cantar, por gusto.