En una parte de Argentina se mata

El sur existe. Aunque, a veces, pareciera que no. Pibes, pibes con ascendencia aborigen, pibes que dicen algo demás: pibes que se cruzan con la policía. Las historias de las desapariciones de Ezequiel Huirimilla, de Daniel Solano, de Atahualpa Martínez Vinaya, de Raimundo Pino y de Iván Torres sirven para demostrar un fenómeno que algunos quieren mostrar como individual, pero que responde a algo tan tremendo como general: en una parte de Argentina se mata. Y nadie se entera.

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Cada historia, aislada, niega una reflexión integrada a la Historia, pierde el encastre en la estructura de la realidad y aparece entonces como otro caso del terreno de lo excepcional.

Cinco jóvenes del sur del país asesinados o desaparecidos, cinco veces involucrada la policía, cinco casos impunes. Cinco jóvenes de entre 18 y 27 años y ascendencia aborigen.

En las tierras de Iván Torres, el desaparecido tristemente célebre de la provincia de Chubut, desde ese 2003 que sigue vigente la connivencia policial y judicial que desnudó aquél caso: seis testigos murieron asesinados y una amiga de Iván fue violada. El violador le dijo: “Hacé la denuncia en la 1ª, la misma donde estuvo detenido Iván que te la tomo yo”.

Son catorce los casos de los que llegamos a tener registros palpables: Ezequiel Huirimilla, Daniel Solano, Julián Antillanca, Atahualpa Martínez Vinaya, Raimundo Pino, Sofía Herrera, Agustina Varela, Edgardo Martín, Nancy Valdés, los hermanos Aballay, Fernando Almonacid, Bruno Rodriguez Monsalve, Iván Torres. Casi -por qué no- la cifra de lo que fue la Masacre de Trelew. Casi -y es una barbaridad decir casi- una demostración implícita de que no se habla de asesinatos. Sino, para ser bien claritos, de un conjunto de asesinatos.

Es decir: una masacre.

Una que esta nota intenta demostrar en el relato de cinco casos que -sí, y con todas las letras- generalizan:

Atahualpa Martínez Vinaya, asesinado el 15 de junio del 2008 en Viedma: un recorrido judicial por la impunidad

• Declaración de Juan Pablo, amigo de Atahualpa:
Volvían de bailar junto a Atahualpa y entran al pub Mi Loca por una pizza. Juan Pablo pide y va al baño. No tarda más de cinco minutos.
Cuando vuelve, la silla de Atahualpa está vacía. Lo espera unos minutos. No lo llama porque sabe que se olvidó el celular en la casa, y se va a dormir.

• Declaración de la hermana de Atahualpa:
Se levanta la mañana y ve que su hermano no volvió aún. Llama a Juan Pablo y le pregunta por Atahualpa. Juan Pablo le cuenta lo que sabe. La hermana se extraña, se inquieta.
Llama al abuelo policía, ya que la madre estaba fuera de la ciudad. El abuelo se compromete, cortan y recién vuelven a hablar al mediodía.
Hay (malas) noticias: encontraron un cuerpo.

• Declaración del abuelo:
Se pasa la mañana preguntando en las comisarías y en los hospitales: nada.
Recién al mediodía lo llaman: encontraron un cuerpo y quieren identificarlo.

• Declaración de la hermana:
Es un descampado en las afueras de la ciudad de Viedma. Va con el abuelo. Llegan, descubren el lugar, no está vallado ni restringido al paso, los policías sacan las fotos del crimen con sus celulares.
La hermana lo reconoce: el cuerpo es el de Atahualpa.

• Allanamiento del pub Mi Loca, 1 año después del hecho:
No encuentran nada relevante a la causa. Reconstruyen que aquella noche había dos empleados adentro y un custodio de seguridad en la puerta, un ex policía. Los tres declaran no haber visto nada.

• Reconstrucción de la secuencia entera según la gendarmería, a 1 año y medio:
La distancia entre el pub Mi Loca y donde fue encontrado Atahualpa sin vida es de 5km.
Ata tiene una bala alojada en el centro del pulmón; le dispararon con un 22 corto casi apoyado en el omóplato.
Muere dos horas después de agonizar. Descubren también que el cuerpo fue removido de su posición original.

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Como el disparo, seca y certera es la historia que envuelve el crimen de Atahualpa, los testimonios que incompletan sus últimas horas, el silencio obvio y la justicia desentendida. La causa cuenta 4000 fojas y ni un solo detenido, imputado ni testigo.

De ascendencia mapuche-aymara, vivía en las periferias de Viedma en el barrio Lavalle y había tomado un terreno para dar a su hermana y sobrino, este joven Atahualpa de 19 años. La humildad, la bondad, la solidaridad, todos valores que cualquiera que te hable de Ata repite una o dos veces. Y esa foto que lo eterniza en las facultades de Chubut, en las pancartas en las marchas, con su sonrisa enorme.

Nada de esto lleva a fundar una teoría de ajuste de cuentas, ni de enemigos ni de ¡razones, carajo! para hacer entendible esta repentina desaparición y el final letal. Eso se nota en los ojos de Julieta, su madre, de su hermana y su sobrino, de sus muchos amigos, en la incertidumbre con la que conviven quienes lo conocieron.

Entre esta inexplicación y la realidad, Julieta Vinaya perseveró en oficinas, despachos, fiscalías, juzgados, provincias y calle, mucha calle, llevando la sonrisa de su hijo sellada en la remera y reclamando justicia. Dice Vinaya: “Me di cuenta de que teníamos que salir de Viedma y de la provincia, lograr que se difundiera el caso en todas partes. Empezamos a esperar a la Presidenta en los actos y finalmente pude encontrarla y explicarle la situación”. Lo dice como un logro, pero enseguida cuando habla de la causa se acepta ilusa.

Entre su acción y la realidad, Vinaya sospecha. El silencio, la quietud judicial la hace sospechar. Las palabras que habrá intercambiado con cada responsable la hacen sospechar. Las formas, algún gesto. La impunidad es sospechosa.
Sospecha de la policía, de la vinculación de la policía con el tráfico y la trata de personas, de las mafias en Río Negro. Julieta repite sospechando que Atahualpa “vio algo muy grave, vio a policías o supo de algo que estaban haciendo”. El eslabón perdido que no permite imaginar el desenlace es el qué.

Común en estos casos, la policía comenzó investigándolo a él. Siguieron la hipótesis de las drogas y del “crimen pasional”.

Aunque los investigadores lo intenten, no hay que confundir comedia con tragedia. Es este el corrupto recorrido judicial que la causa por el asesinato de Atahualpa Martínez Vinaya, 19 años, ha tenido desde el 15 de junio del 2008.

Ezequiel Huirimilla, desaparecido el 14 de abril del 2010 en Ushuaia: el rol del estado y la crónica de un perro perdido

Sofía Herrera, Agustina Varela, Edgardo Martín, Nancy Valdés. Son algunos de los nombres de jóvenes asesinados o desaparecidos en Tierra del Fuego a los que se sumó Ezequiel Huirimilla en 2010. Son los nombres de los hijos de los padres que en 2011 el propio Consejo de la Magistratura provincial invitó a una charla a la que denominó “casos irresolutos”, sin resolver nada.

En el encuentro, además de reclamar justicia, los padres cuestionaron la indiferencia de jueces y funcionarios e interpelaron al Consejo sobre la brutalidad policial que tiene como blanco a los adolescentes pobres. Sus hijos.
Click, click, fotito con los “familiares de víctimas”. Nunca más los llamaron. No ayudaron más a nada.

La primera movilización por la desaparición de Ezequiel no contó más de cien personas. Los reclamos fueron encabezados por sus hermanos, que son nueve, ya que su padre estaba “mal, enfermo, destrozado”. Uno, Oscar Huirimilla, habló a los presentes y unos pocos medios locales: “Parecen haberse olvidado, ya no lo pasan en los medios, creen que él ya apareció. Hay gente que está desapareciendo en nuestra provincia y no sabemos qué hacer”.

Su madre asocia esa desesperación: “Es como que se hubiera perdido un perro”.

Es que desde aquél 14 de abril de 2010 la búsqueda fue poca y sin resultados. La fiscalía apenas ensayó un rastreo en el río, un solo día y, a pesar de haber encontrado el celular donde habría recibido amenazas, la investigación nunca avanzó.

Como contrapeso de la injusticia hoy el caso empieza a hervir a la fría Ushuaia y cada vez son más los que preguntan qué pasó con Ezequiel Huirimilla. El colectivo ushuaiense Ají Picante lo recuerda y pregunta por él en cada tapa de su periódico AJItamos, y todos conocen la cara de Ezequiel de haberla visto en algún sticker pegado alguna vez.
Según la reconstrucción, de nuevo, la Policía es la primera sospechosa. Su madre responde “porque hinchaba” cuando se le pregunta sobre por qué cree que se lo llevaron. Y se basa en la reciente detención que había sufrido por “violar una contravención” y su estado al volver a casa. La cara golpeada, su madre le preguntó qué le había pasado: “Nada, me caí jugando al fútbol”, dijo sobre otra golpiza policial.

El día en que desapareció, Ezequiel se levantó y acompañó a su madre al médico (a pesar de los hematomas en su cara, se atendió su madre y no él). “Él estaba sentado en una camilla hinchando con el celular. No se me ocurrió preguntarle por qué”, dice ella, con la nostalgia que inunda los ojos y viste de lágrima.

Eran las cinco de la tarde cuando volvieron a la casa. Al llegar su hermano Jonathan y dos amigos lo invitan al río.
(Su madre no volvería a verlo).

Allí, con sus amigos, bajo el árbol donde se juntaban. “Supuestamente se quedan ahí un rato, y después suben y vuelven al barrio, porque mi yerno dice haberlo visto. Ezequiel andaba por acá por la vuelta, incluso estuvieron tomando una cerveza en la esquina”, cuenta la madre que le cuenta el yerno. “Dice que Ezequiel andaba mal, que andaba… ¿Cómo se dice? Dado vuelta”.

La noche caía y caía. Llegó primero y solo su hermano Jonathan. Cuenta que estaban en el río cuando “leyó el mensaje y salió corriendo”, corrió subiendo, hacia la calle, hacia su barrio.
Su padre imagina: “Para mí subió, lo agarró un patrullero y se lo llevaron”.
Nadie vio. Nadie sabe nada.

Remata su madre: “Ezequiel era un chico como cualquier chico, lo único que le gustaba era andar jodiendo. Se hacía el lindo y andaba con chicas, que tenía una, que tenía otra… Él estaba de novio… y la novia embarazada”.
No existe un tiempo verbal para conjugar un infinitivo al tiempo de un desaparecido. Es un tiempo vacío, impune, que terriblemente no está. Se me mezcla como a su madre decir que Ezequiel “es” padre de Nicole, su beba no pudo ver jamás.

Julián Antillanca, 19 años, asesinado a la salida de un boliche el 5 de septiembre del 2010 en Trelew: lecciones de un padre sobre los policías que se pasaron de rosca.

Antes del 6 de septiembre de 2010, César Antillanca vivía en Comodoro Rivadavia, trabajaba de albañil y unos ahorros lo futureaban en algún lugar de Europa, dice, quizá en el estadio del Barcelona, sueña, ojalá que viendo a Messi junto a sus dos hijos, Ayelén y Julián. Pero esa madrugada todo cambió. Su domicilio sigue en Comodoro pero se la pasa en Trelew visitando juzgados y comisarías, puede sólo trabajar los fines de semana y la plata ahorrada se le fue en estos otros viajes, abogados y su nueva vida. Aquél domingo se enteró por teléfono: su hijo Julián había muerto.
Desandó así los 400 kilómetros que lo separaban de Trelew y su familia. Cuando llegó, el comisario de la seccional cuarta de esa ciudad se encargó de recibirlo y desinformarlo: dijo que Julián había muerto de coma alcohólico. Y agregó: “Tiene un raspón en la oreja producto de la caída”.

Al cuerpo lo entregarían recién pasadas las 12 de la madrugada. Había que esperar.

La hora llegó lenta. Ya en la sala velatoria, los familiares se abalanzaron sobre el cajón abierto. Se desplomó al instante la visión natural de la muerte para César. “Papá, no me dijiste que Julián estaba todo golpeado”, le reprocho su hija. César: “Yo te dije lo que me contó el comisario”. Enseguida lo llamó e intimó a que fuese a la sala. El comisario se negó; César lo fue a buscar; el comisario ya no estaba. César volvió, sacó fotos al cuerpo y ahora corrió hasta el diario El Chubut, que día atrás había publicado en tapa: “Encuentran a joven muerto por coma alcohólico”. Encaró al periodista autor de la nota: “Mi hijo no murió por ningún coma alcohólico”. Mostró las fotos. El periodista se excusó: “Yo sólo escribo según el parte policial que me pasan”. César: “Bueno, ahora publicá según esto”.

Como todos los sábados, Julián había ido a bailar. Los amigos y la seguridad del boliche declararon que Julián, si bien notaba bebido, estaba lúcido. Lo recuerdan como un pibe tranquilo y sin antecedentes. Los hechos saltan: se sabe que a) cerca de las seis de la mañana salió del boliche y b) fue encontrado muerto a unas seis cuadras del lugar, golpeado, sin el pasaporte que llevaba. El mismo que su padre le había hecho sacar pensando en el viaje juntos.
Conoció al abogado gracias al periodista que corrigió la noticia. Y ese abogado acercó, por un amigo, a una primera testigo, Jorgelina Dominguez, que había visto a Julián siendo tirado de un patrullero. Ésta fue la primera pista que articulaba los hechos y las suposiciones: hasta ahora, Julián había aparecido a seis cuadras del boliche, todo golpeado, sabíamos que el comisario había mentido, pero no había registro alguno que acreditara el vínculo policial. Algo. Las pericias luego confirmaron que el libro de actas de la comisaría 4ta de Trelew tenía varias hojas arrancadas, por el caso de Julián y andá a saber qué otros. La defensa nunca elaboró una propia versión de los hechos.
No hizo falta.

La de César, que hoy es la de la justicia tal cual reza en las causa: “Así las cosas, alrededor de las 06.20 horas, en ocasión en que Gonzalo Julián Antillanca, caminaba en dirección a su domicilio, al transitar por la Rotonda 5 de Octubre, y quizá, luego de haber participado de un entredicho con otras personas que también se desplazaban por el sitio, fue interceptado por los uniformados, a saber: Solís, Abraham y Córdoba, a quienes se sumó el empleado policial del Comando Radioeléctrico, Pablo Morales (…) todos le propinaron a Gonzalo Julián Antillanca (…) una brutal golpiza en distintas partes de su cuerpo, tórax y extremidades, mediante trompadas, patadas, y con el uso de elementos contundentes”. El “raspón en la oreja” que había referido el comisario es en la causa una minuciosa descripción de las heridas y las fracturas que finalmente le produjeron “una compresión del primer segmento de la médula espinal que afectaría al tronco cerebal y por sí misma, producir la muerte por paro cardiorespiratorio de origen central”. César lo explica más didácticamente: “Se les fue la mano y quisieron tapar todo” ¿Cómo? Al poco tiempo saltó otra supuesta testigo que estaba junto a Dominguez en el momento que bajaban a Julián del patrullero. Básicamente desmintió a la testigo anterior, y aclaró que no pudieron ver nada desde el lugar en que estaban. Tras algunas averiguaciones, los fiscales comprobaron que Gabriela Bidera, 22 años, a) estaba mintiendo y b) es hija de un comisario. Hasta hace poco estuvo imputada por encubrimiento agravado de homicidio calificado.

La escalofriante declaración de Jorgelina enmarca esa impunidad: “Vi cuando bajaron del patrullero a Julián (…) Yo venía jodiendo con una amiga, gritando… y cuando vimos el patrullero pensamos que lo habían llamado algún vecino, y nos escondimos en la esquina de Rivadavia (detrás de un árbol).. El patrullero, avanza un poco más… baja uno como para ver si había alguien… Lo bajan del asiento de atrás, de los pies y lo tiran en la calle”.

El 2 de octubre de 2010, la testigo Dominguez reconoce al suboficial Martín Solís como uno de los que cargaba el cuerpo, quien queda bajo prisión preventiva. Dos meses después, el juez de la causa le concedía inexplicablemente la prisión domiciliaria. Mientras, se esperaban los resultados de una serie de peritajes que la policía judicial de Chubut había hecho en dos patrulleros de la seccional cuarta de Trelew. De todas las partes, el único presente en ese peritaje fue César. La pericia concluyó que la sangre encontrada en alfombras y asientos era de Julián Antillanca, su hijo. Por el procedimiento quedaron detenidos y procesados el chofer de aquél vehículo, Jorge Abraham, el suboficial Pablo Morales y la oficial Laura Córdoba.

Estos tres y Solís fueron sobreseídos inexplicablemente en marzo de este año. Los abogados de la provincia especializados en estos temas se reunieron para apelar el fallo por “arbitrario” y ahora se espera una resolución Supremo Tribunal.

Me lo cuenta César: “El fallo está recurrido, se está denunciando arbitrariedad, esto en términos jurídicos es corrupción, cuando hay arbitrariedad el fallo está corrompido. Hay que esperar ahora que se expida el Supremo Tribunal de Justicia. Se presentó un recurso extraordinario y ya fue elevado al superior tribunal ahora hay que esperar a que fijen fecha para la respuesta se calcula que va a ser noviembre-diciembre. Lo que se presentó es una apelación de anulación del fallo por arbitrariedad”.

Le digo que ya es todo un especialista. Responde: “lamentablemente”.
¿Te quedan esperanzas para esa instancia?
Yo no tengo espranzas. Lo que hago es seguir trabajando para revertir la situación. la inención es que esta gente que se comprobó que fueron ellos, pero el fallo arbitrario no se puede hacer nada. Se expiden los jueces y solamente lo que podés hacer es seguir reclamando. Pero la Justicia… es un término, nada más, acá las personas, los funcionarios de los 3 poderes están corrompidos. Entonces, al haber indulgencia, al haber connivencia no se puede pretender tener esperanza en el sistema, lo que hay que hacer es visibilizar el alto grado de corrupción que hay.

-¿Qué notás en común entre el caso de tus hijos y otros jóvenes muertos o desaparecidos por la policía en la provincia?
-Acá hay una franja claramente determinada que es una franja de edad, hay una seria intención de profundizar el control social y se hace sobre estas edades que van desde los 15 años hasta los 25 años, y se hace sobre chicos que son normalmente pobres. Es un accidente cuando matan a un chico bien económicamente, eso es una equivocación o es un accidente. Pero en estos casos no creo que haya una intención de matar como un sistema pero sí, la estructura del poder ejecutivo tiene ya esta metodología de trabajo, esta mecánica de tortura, esta mecánica de control sobre todo, y se hace sobre esta franja de chicos humildes. También se nota fuertemente la portación de rostro.

Hay que fijarse también los tiempos históricos de los sucesos. Lo de Julián da la casualidad de que había una “sensación de seguridad” y no es una sensación, nosotros tenemos una real inseguridad jurídica. Lo que hay es una falta de seguridad que no tiene que ver con la delincuencia, tiene que ver con las garantías constitucionales que no nos da el gobierno. y lo de Julián sucede a una semana de haber asumido Nilda Garré con su mensaje… Y no es coincidencia. Atahualpa nosoros sabemos que era militante de los derechos humanos, la conducta personal te hace militante, y eso te coloca en una situación de vulnerabilidad. Y esta situación es aprovechada por el funcionario policial que, dentro de toda su ignorancia, está también que sabe que sus actos delictivos siempre quedan impunes.

Si la justicia no acompaña, ¿Qué lucha hay que dar para que el recuerdo de Julián no quede impune?
Algunos padres cometen el error de sentarse a conversar con funcionarios del poder ejecutivo. Yo creo que el peor error es la inocencia y la ingenuidad porque ellos te ofrecen algunos paliativos que siempre son económicos, y la gente normalmente necesitada toma estas líneas y sale a decir que está todo bien y se va a resolver todo. Esto es parte también de la mecánica de la impunidad. La impunidad es un mecanismo.

Reimundo Pino: el cuerpo que se vuelve viento.

Reimundo Pino desapareció el Día de la Independencia. Y desde ese momento, desde el 9 de julio de 2011, que no hay noticia de él. Era peón de campo y comunero mapuche-tehuelche. Trabajaba en el campo “El Portezuelo”, cerca de la localidad de Gan-Gan, en Chubut. Hace un año que nadie lo ve. Se lo tragó la tierra, el agua, o quizá hayan sido las cenizas del volcán.

O, tal vez, lo desaparecieron. La página web “Avkin Pivke Mapu”, en un artículo que escribió Ángel Cayupil, cita a otro peón que cuenta que la noche anterior a su desaparición, Reimundo sintió voces y sintió sombras. Salió a las 6 de la mañana y su voz no se volvió a escuchar. Eliberto Sepúlveda, su patrón, hizo la denuncia varios días después de que eso pase. Y nunca aportó mucho al esclarecimiento de la situación. Cervantes Huaqyuilaf, Daniel Muñoz, Victoriano Cual, José Pichalao, Juan Crespo y Juan Carlos Cañiu son algunos de los trabajadores que, en los últimos años, murieron en esta zona. Y todos murieron de muerte dudosa.La mamá de Reimundo es Hortensia Weicha, Lonko de la comunidad mapuche Los Pinos. Es una ferviente opositora de la megaminería en la provincia (en Trelew, por ejemplo). Después de lo que sucedió con su hijo, ella y su familia se presentaron ante diversas autoridades locales y municipales, pero nadie los pudo ayudar. Martín Buzzi, el gobernador, también prestó sus oídos, aunque nada más que eso. Al cabo, nadie sabe nada, o no quieren saber y, mientras, una persona continúa desaparecida . Desaparecida en democracia. En la democracia patagónica del viento y la arena, que se levanta, entra en los ojos y nubla la visión.

Daniel Solano: los 22 policías imputados.

La historia de Daniel Solano ya te la contamos. Pero no por eso -y, de hecho, al contrario- hay que dejar de recordarla.

Solano era un guaraní de Tartagal, que se fue a trabajar a la cosecha de manzanas en Choele Choel. Años atrás, ya lo había hecho, y también había vuelto. Esta vez, no volvió.La crónica completa de su desaparición, otra desaparición en la Patagonia, la pudiste leer acá:
http://www.nosdigital.dreamhosters.com//2012/05/hicieron-desaparecer-el-cuerpo/

Ahora, hablamos con su abogado, Sergio Heredia.
Nos contó que el juicio está avanzando, que ya hay 22 policías imputados en su desaparición. Y, además, que pronto tendremos novedades importantes. La próxima vez que lo llamemos, nos dijo, en una fecha que también estipuló, habrá avances definitorios. Hasta tanto, y ya que debido a ciertas formalidades del juicio en curso no se puede emitir mucha información, quedan varias premisas y una pregunta flotando…

Un tipo desaparecido en plena cosecha, un montón de policías imputados, una trama que parece ir acercándose al poder municipal…¿Por qué el caso no genera repercusión? La respuesta primera, la que surge, es que, justamente, todo lo que debería hacerlo trascendente lo vuelve oculto. Al cabo, hablar de Daniel Solano es hablar de muchas cosas que varios prefieren mantenerlas calladas.

Por eso, hablemos.

El recorrido final, que no es final

Alguna vez, la suerte llevó el caso de Iván Torres a la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Hasta allí llegó Sofía Tiscornia, representando al CELS. Su declaración fue tan absoluta, que simplificó mucho de lo que, en definitiva, intenta demostrar esta investigación:

“He sido convocada para hablar sobre los supuestos abusos policiales contra jóvenes de escasos recursos en la Provincia del Chubut. Lamentablemente dichos abusos y violaciones a los derechos humanos, no son supuestos. Antes bien, encuentran sus raíces y se expanden en primer lugar, por la vigencia de normativas y prácticas judiciales policiales habituales y cotidianas, cual son las detenciones por averiguación de identidad, los edictos contravencionales de policía y las razzias.
Estas normas habilitan a detener personas sin que medie orden judicial ni la ocurrencia de un delito flagrante. Solo por lo que se conoce como “actitud sospechosa”, actitud que solo la policía define, en forma arbitraria. Han sido ya denunciadas en el caso Bulacio vs. Argentina y esta misma Corte recomendó al Estado la adecuación normativa como garantía de no repetición de hechos similares”.

Por las dudas, por si quedan cosas (que quedan), vale la pena este anuncio:

El padre de Julián Antillanca, César, adelanta una primicia: junto con la Correpi, va a empezar el 21 de 19 horas septiembre en Capital, en uno de los auditorios del BAUEN, una campaña de denuncia de la corrupción de los 3 poderes en Chubut. Se llevaría a Córdoba, a Santa fe y lógico a toda la provincia de Chubut.