Cine con todo el cuerpo

Se realizó en Buenos Aires la I Semana de Cine Documental. Organizado por la Asociación de Directores y Productores de Cine Documental (ADN), el festival protagonizó por siete días la cartelera del Gaumont, emblema del séptimo arte nacional. NosDigital se aseguró su butaca y te ofrece un primer plano de este género en constante crecimiento.

Imágenes: NosDigital

Con esa curiosidad que esconde intriga y espera sorpresa nos acercamos al Cine Gaumont donde como muchas otras veces se prometía buen cine, pero esta vez dentro de un ciclo que duraría del 28 de Junio al 4 de Julio. Una semana, siete películas, muchos jóvenes directores y un género como protagonista: el cine documental. Sinceridad obliga, nunca esperamos encontrarnos con tan maravilloso descubrimiento, la I Semana del Cine Documental Argentino fue para nosotras una sucesión de Woooow!

Nicolas Herzog es documentalista, egresado de la carrera de Comunicación Social de la UBA, parte de la organización de la Semana del Cine Documental. Sumado a todo eso, es alguien que permite que lo interrumpamos en la apertura del festival y nos regala algunos minutos para contarnos de dónde viene la idea por la que hoy brindamos.

“Nace a partir del seno de ADN, una asociación de directores y productores de la cual formo parte. La asociación tiene cinco años, somos todos, podríamos decir, documentalistas, aunque es una palabra un poco peyorativa… hacemos películas documentales. La mayoría de los 45 integrantes estamos en actividad, todos produciendo; tenemos casi 100 películas en los últimos cinco años, con ese caudal de producción que teníamos año a año nos dimos cuenta que muchas de esas películas se estrenaban con poca visibilidad. Entonces hicimos algo bastante lógico, nos agrupamos y empezamos a pensar desde fines del año pasado qué tal sería armar un ciclo de películas de prestreno, algunas que estuvieron en el BAFICI y otras que son prestreno absoluto”

Luego de una curaduría interna, se eligieron siete películas de las quince que había disponibles entre los asociados a ADN, buscando mostrar documentales diferentes entre sí, con lenguajes y formatos diversos. Al buscar en el programa que la semana proponía, dos películas nos llamaron la atención, a partir de ellas decidimos compartir nuestra sorpresa.

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“El rascacielos latino” de Sebastián Schindel

La sala está llena y en silencio. Una melodía oscura acompaña la primera sucesión de imágenes: planos antiguos de un edificio que pronto identificamos como el Palacio Barolo, uno de los puntos arquitectónicos claves de nuestra ciudad. La música nos envuelve casi como un misterio, como algo irresuelto, y entonces el director aparece en primer plano y nos cuenta. Augura que los rumores son ciertos y que este edificio oculta un secreto, que entre sus paredes frías se esconden las letras gastadas de la Divina Comedia y el espíritu errante de su autor, Dante Alighieri.

Comprendemos que nuestros prejuicios eran errados: el documental espeso para el que vinimos preparadas se convierte de pronto en una película de misterio, en la respuesta a una pregunta que palpita hace casi cien años en los recovecos del palacio y de su historia. Los sesenta minutos que siguen unen los retazos de una investigación en la que su protagonista, Sebastián Schindel, invirtió algo más de dos años. Las entrevistas con historiadores de la arquitectura, especialistas en literatura dantesca y allegados a la familia Barolo se alternan con imágenes del edificio y sus estructuras, tejiendo una trama en la que los interrogantes se multiplican.

La película adquiere un tono cada vez más profundo. Los pasos de Schindel dibujan surcos en un entramado complejo y lo que al comienzo parecía una hipótesis casi fantástica poco a poco toma cuerpo y deriva en certeza. Símbolos ocultos, logias masónicas y esculturas perdidas son los ingredientes que condimentan esta intriga, resignificando la arquitectura de nuestra ciudad. Y finalmente, cuando Schindel insinúa que este edificio no es sólo un homenaje a la obra dantesca, sino un proyecto truncado de sepulcro final para su autor, nosotras, boquiabiertas, reconocemos que le creemos.

“Beirut – Buenos Aires – Beirut” de Hernán Belón

“Esta es una película llena de amor”. Con una sonrisa que se le sale hasta por los ojos, así dice Grace Spinelli, protagonista y productora del documental, cuando termina la proyección. Y nosotras, mirándonos de reojo mientras escondemos las lágrimas, coincidimos con ella.

Grace es porteña de nacimiento y de sangre libanesa, y la película que palpitamos hace apenas un instante es la historia de su búsqueda. Antes de morir, una de sus tías le contó un secreto: su bisabuelo Mohammed, que había llegado a la Argentina huyendo de la guerra civil, había regresado al Líbano tras el fallecimiento de su mujer, abandonando la familia que juntos habían construido. Quería rearmar una vida en su tierra y era allí donde quería morir.

“Beirut-Buenos Aires-Beirut” retrata las huellas que este hombre dejó entre las olas, cuando cruzó el océano ida y vuelta. Su bisnieta decidirá seguir sus pasos, intentar comprender por qué partió y qué vínculos construyó en la distancia. Para Grace el viaje comenzará sumergiéndose en los recuerdos frágiles de su abuela, en el dolor tibio que aún le genera la pérdida, y culminará en el Líbano, en el pequeño pueblo donde su bisabuelo pasó los últimos años de su vida.

La mirada de Hernán Belón nos muestra el recorrido de una mujer que quiere recuperar su pasado y que en el camino descubre una familia que la espera al otro lado del mundo. A través de los ojos del director, nuestra mirada se hace parte de la intimidad de esta mujer y de su búsqueda transatlántica. Esto no es ficción. Y las imágenes que vemos son reales, la maraña de emociones atragantadas es verdadera y entonces los abrazos de ese reencuentro se pintan de otro color. De alguna manera nos sentimos parte de la travesía y cuando se encienden las luces, todavía tenemos los ojos húmedos.

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Fueron dos lunas consecutivas de cine documental en el Gaumont. Y las dos noches la misma sorpresa, el mismo asombro sacudiéndose en el silencio atento de nuestras butacas, el mismo comentario al abandonar sonrientes la sala: “Che, estuvo buenísima”. Poco a poco la cabeza se desnuda de prejuicios y empezamos a comprender que los documentales ya no son esa sucesión interminable de imágenes grisáceas, que imaginábamos teñidas por el sinsabor de los bostezos. Lo que acabamos de ver es otra cosa: hoy hay nuevos elementos en juego.

Así lo explica Nicolás Herzog: “El cine documental es un género que está en constante desarrollo, y la frontera del documental cada vez está más difusa con la ficción. Últimamente uno va a ver un documental y ya no es la radiografía de un etnógrafo de la realidad de un pueblo aborigen del sur de la Argentina, sino que básicamente cada vez son más experimentales. Definir el documental es una tarea bastante compleja, se define en todo caso por lo que no es en relación a la ficción. Es un género en constante apertura. Nosotros decimos ‘hacemos películas documentales’ porque le ponemos mucho más el cuerpo, muchas veces son temas de la vida real que convertimos para hacer una ficción de esa realidad. En muchos casos, ponemos nuestro cuerpo delante de cámara y eso nos convierte en protagonistas y tiene obviamente mucho más riesgo.”

Las expectativas no solo se cumplieron de este lado de las butacas. Desde ADN saben que se creó un espacio de acción y reflexión que nace para generar precedentes y expandirse. Agrupar una serie de películas en el Gaumont, emblema de la resistencia del Cine Argentino, es resolver en parte, el gran problema de difusión y exhibición que viven los directores. Desde la web principal de la asociación plantean la visibilidad como una problemática que ocupa un lugar central en la agenda, entendiendo también que su trabajo debe ser acompañado por políticas públicas cinematográficas: “con objetivos claros, acciones concretas, marcos legales y recursos financieros que tengan como fin jerarquizar y profesionalizar el cine documental en la Argentina. Es necesario mejorar las condiciones de producción, democratizar el acceso a los recursos y, por supuesto, profundizar la calidad narrativa, estética y temática”, explican en su página.

Que este festival haya servido para romper nuestros preconceptos y modificar nuestra mirada sobre la totalidad del género basta para hacernos pensar en su importancia. La I Semana del Cine Documental Argentino resulta ser entonces este ciclo joven que se asoma casi tímido desde el hall de entrada del Gaumont, abriéndose paso con dificultad en un circuito cinematográfico complejo donde parece primar siempre lo extranjero y lo comercial. Desde estas salas, el público entra en contacto con este género en explosión, que grita cada vez más fuerte porque quiere hacerse oír, mostrarle al mundo su chispa y sus novedades. Que el grito se haga corriente y retumbe en todos los rincones. Esa es la apuesta. Mientras tanto, el cine documental encontró en nosotras nuevas espectadoras.