Marginales: marginales, las bolas

En épocas donde el periodismo se debate entre las tramposas resignificaciones de lo independiente y de lo militante, pretender ser libre pareciera ser un sueño hippie.

O por lo menos los independientes y los militantes así lo explican en conjunto.

En el juego hegemónico donde empatan esas dos grandes campanas lo alternativo aparenta estar condenado a ser un escupitajo marginal.

Dos campanas o una sola y bien grande. Da lo mismo: el periodismo está en un solo partido. La pelota la juegan las empresas.

Lo alternativo mira, analiza, se entusiasma y, de nuevo, ve pasar el juego de lejos.

Escribir y gritar lo que pocos comunican no significa, necesariamente, que sean pocos los que te lean o escuchen. Lo alternativo no desestima lo masivo; lo marginal sí.

Apasionarte por tu trabajo (sí, este periodismo también es un laburo) y que le des prioridad a la calidad del contenido, a las historias, a las voces y no al bolsillo y a esa banda de pautas y publicidades de papel diario no significa que no tengas que ver nunca un mango, que el periodismo justo sea un hobby. Lo alternativo pretende ser un medio de vida; lo marginal no.

Que uno se asuma por fuera de los polos, de los sistemas binarios de mediatización, de las agendas mediáticas y oficiales; que uno diga “yo ese partido no lo juego”, no significa que no queremos que nos den pelota. Si las dos usinas de (des)información están empatando el partido, se prestan la pelota y a las dos les funciona, no significa que lo que sucede en las inmediaciones de la cancha de oro sea una mierda. Un medio alternativo jamás, nunca, ni en pedo, ni por asomo, ni por guita, ni por un millón de putas, se comprende marginal.

Lo mediático, lo económico, lo ideológico, en cualquier dirección de su doble mano de sentido nos empuja a jugar, siempre y cuando, firmemos y suscribamos a alguno de los nuevos términos de la comunicación moderna: independientes o militantes.

Minga.
Las bolas.

NOS: comunicación justa, nueva y con ideas.