“Los milicos no sirven ni para arreglar un grupo”

A Roberto Marcos Saporiti la pelota lo llevó por Uruguay, Chile, Colombia, México, Portugal, Francia y Bélgica. Acá fue un reconocido entrenador de Argentinos y Talleres, entre otros, y ayudante de César Menotti en el 78. Es un porteño de los de antes, de café y fútbol, y por lo tanto un contador de anécdotas sensacional: las barras, la Dictadura, su ahijado Trezeguet y cómo le enseñó a atajar a José Mourinho.

Estaba esperando en un café de Palermo. Leía el diario y se tomaba un cortado. De ojos celestes profundos y mirada paternal reconoció al instante a quienes iban a entrevistarlo. Los llamó por su nombre y el registro de entrevista se rompió. Sería una charla.

El mozo se acercó mientras se hacían los comentarios de rigor:

-Qué frío, eh- dijo el Sapo, como le dice la hinchada.

-Sí, está terrible, Roberto.

-¿Qué va a tomar señor? -increpó el mozo a quién recién llegaba.

Roberto Saporiti, con su café en la mano miró fijo al resto de los convidados para que pidan lo suyo.

-¿Cuánto está el submarino?- dijo el pibe del grabador.

-20 pesos – retrucó el hombre de moño y atuendo clásico.

-Entonces traeme un café.

Saporiti transformó el rosto y abrió lo ojos con gesto de indignación.

-¡De ninguna manera! ¿Me estás cargando? Que todavía puedo invitar un submarino.

Peló un billete de 100 y volvió a transformar lo que hasta entonces era una charla en un regalo, en una generosa invitación al pasado, dónde se volvería a los tiempos del café, submarino, bar, fútbol, fútbol y fútbol, mezclado con algún comentario de política o de fútbol. Con las dos barras de chocolate fundiéndose en la leche caliente Saporiti empezó a explicar cómo fue que el mundo de la pelota cambió tanto a lo largo de sus 73 años.

Mueve las manos, explica, gesticula. No se queda quieto. Interpela, pregunta si se entiende. Cruza los dedos haciendo una trinchera entre sus manos y se revuelve un poco de nostalgia en la mirada.
“Nunca pensé en jugar el fútbol. El crack del barrio era mi hermano y un pibe que le decían Bocha. Jugábamos en los potreros del Bajo Flores. Yo no era el bueno ni mucho menos, el crack era mi hermano. Y jugábamos en el empedrado…”

Le brota el técnico en la piel, se interrumpe y propone reflexionar: “Vos pensá que jugábamos en el empedrado, en la calle, por eso viene la gran técnica argentina. Nunca se habla de esto, pero es muy bueno. Con una pelota de goma que picaba y se iba 20 metros para arriba más los adoquines donde la pelotita disparaba para cualquier lado… Suma todo eso. Sí o sí, teníamos que llevar la bocha pegada al pie, no quedaba otra. El arco era la distancia entre la pared y el árbol, entonces se jugaba con la pared como un compañero más, que se la tocabas y la ibas a buscar. El autopase. Así aprendimos a jugar. Dominar la pelotita de goma en el empedrado significó la famosa época de la gran técnica de los argentinos. Luego, todo se fue poniendo cada vez más veloz”. Donde antes había potrero ahora hay torres, donde antes habían empedrados ahora hay asfalto y colectivos, donde antes había técnica “hoy prima lo físico”, anticipa Saporiti.

Empieza a hablar de Europa. Sólo si lo apurás, aunque le cuesta hablar de él mismo y más hablar bien de él mismo, te tira el currículum: “Estuve 3 años en Lisboa, aprendí a hablar Portugués. Luego cuando fui a Francia, aprendí el idioma muy bien, incluso me recibí de técnico y preparador físico en Bruselas, estudiando en francés, lo que sólo pudimos hacer cuatro argentinos”. Nombra tipos que al día de hoy casi nadie recuerda: Gigo Carlilia, Úrben Farías, Don Félix, Cherro, Michelli, Siponatti.

Lo sabe, se admite pasado de moda y aclara: “Pasa que ustedes son muy jóvenes”.

Mientras se termina su café y desprecia las típicas masitas insípidas que vienen de regalo empieza a reflexionar sobre las mugres del fútbol. Sin ningún tipo de pregunta, después de un silencio en dónde miró por la ventana, suspiró y llegó a susurrar: “Es un problema cultural”. Hablábamos de fútbol. Cualquiera lo hubiera notado. Con su dolor tácito en la expresión desarrolló el concepto: “Abarca todos los aspectos de la sociedad, el fútbol es una parte más”. Enseguida se mete con el conflicto de hoy, no le esquiva: “La puerta a los barras está abierta. Se están profesionalizando desde el ´80, antes era amateurs podríamos decir. Ahora ya está, están súper metidos. Lo hacen por guita, nada más. A nosotros en la selección, en el predio de Ezeiza, nos hacía el asado “Barrita”, y te estoy hablando de una selección nacional”.

Habla de los Hooligans, los diferencia de las barras actuales. Cuenta anécdotas, se frustra, recuerda estadísticas, estudios, análisis de profesionales. Y, también, su propia historia con los barras: de cuando sacudieron a Saporiti. “Fue con Argentinos Juniors en el 84. Sin beberla y sin tomarla fuimos a jugar contra Unión a Santa Fe. Íbamos primeros, invictos, por ser campeones, en el año que terminamos siendo campeones. Jugábamos a la tarde. Esa mañana estaba en el lobby del hotel leyendo la columna política del diario, de espalda a la calle. De la nada, se sentaron 4 tipos a la mesa donde estaba yo y uno se me quedó parado al lado. Era la barra del club. Me pedían que no juegue Adrián Domenech. Se ve que Adrián había hecho alguna declaración contra ellos en la semana. ‘Roberto con vos no hay problema, está todo bien, pero lo tenés que sacar a Domenech’, dijeron. Los miré, traté de ir llevándola hasta que uno se cansó, golpeó la mesa con el puño -Saporiti imita el movimiento dos veces- ,de eso no me voy a olvidar nunca, y dijo: ‘Vamos a hacer el cuento corto, Sapo, Domenech hoy no tiene que jugar’. Quedate tranquilo que, en esos términos, el primero que juega es Domenech, le respondí. Cuando giré para mirarlo, el tipo me sacudió con todo. A la mierda. Me caí de la silla, fui a parar al piso, de boca contra una columna. Cuando me caía me llevé una botella, la partí a la mitad y me quise defender. Se me venían los 4 encima. Se rompieron todos los vidrios. Un escándalo. En eso bajó el Checho Batista, el Chivo Pavoni y algunos más y calmaron los ánimos, pero ya me habían dado un montón de golpes. Domenech jugó, salimos campeones y ellos me siguieron puteando todo el campeonato”.

“Esto que te conté multiplícalo por mil”, se recalienta el Sapo para terminar con esa vena que no puede estar más hinchada.

“Bueno, vamos a hablar de fútbol”, ruega Roberto. Se serena. Piensa. Mira unas imágenes en la computadora que está sobre la mesa. Empieza la cátedra.

Ve una foto de Menotti: “Del árbol genealógico de Menotti soy de la primera generación, después vinieron los Valdano, los Cappa”.

Ve una foto de Bilardo: “No arruinó al fútbol, pero lo confundió, ensució el juego”, dispara el Sapo.
Los vincula, asume el conflicto, el antagonismo de sus ideas y analiza: “Vamos al archivo. Porque él (Bilardo) siempre dice ‘lo que yo dije en tal año’, ‘lo que yo dije en tal otro’, ‘yo tengo los archivos de hace 40 años’. Bueno, Bilardo, vamos al archivo. Él decía que el fútbol futuro era marca personal y stopper. Que vea de vuelta sus archivos y que ponga el de Menotti y los nuestros. Nosotros decíamos que el fútbol iba a primar cada vez más, a mayor velocidad, la técnica. Los dos fuimos campeones del mundo. Hay un mérito resultadista. Él no logró que su ideología y su idea de juego se desarrollen en el mundo. Primero pone el marco, para que no queden dudas en qué términos se da la discusión. Y define: “Bilardo decía que su idea era el futuro. Ningún equipo terminó jugando así”.

Hablando de resultados, solito encara el Mundial 78. Ni siquiera necesita un gesto para entender que todavía deben legitimar aquel título. Agarra la pelota y no gambetea, esta vez no. “Tenemos mucha contra que dice que ganamos por la Dictadura. No me hablés de ellos, de los milicos, que los odio. Hasta ahora, fíjate vos, que todos los organizadores de mundiales siempre tuvieron los grupos más accesibles. Todos. A nosotros nos tocó Italia, Francia y Hungría, que en esa época era fuerte. ¡Tres europeos! ¡Podríamos haber quedados eliminados en la primera zona! ¡Cómo van a decir los periodistas que ganamos por la dictadura! ¡Tres europeos! ¡Nunca en la historia! A los únicos pelotudos que nos tocó fue a nosotros. Los milicos no sirven para nada, ni para arreglar una zona de grupo.”

-¿Y el partido contra Perú?

-Fue como un partido de barrio: todos llegaron con entusiasmo. Los dos equipos. Pero, ¿qué pasa si en un partido te encajo el primero? Te bajoneás pero seguís. Te encajo el segundo, te empezás a quedar y yo sigo jugando. Vino el tercero, el cuarto, el quinto y el sexto contra un equipo que había bajado los brazos. Muñante en el cero a cero le pega a los dos palos ¿Qué jugaba al billar? Ah, era un fenómeno. Se desmotivaron y nosotros seguimos jugamos a full. Ningún misterio.”

El Sapo sigue viendo fotos.

Riquelme: “Con Messi pueden ser los últimos representantes del menottismo en Argentina”.

Guardiola: “Sabés las veces que vino a Argentina para ver a Menotti. Siempre recuerdan la vez de Bielsa. Pero con el que más se juntó fue con el Flaco. Pasa que tiene toda la prensa en contra”.

Ortega: “El freno y salida de los grandes. Le hizo ganar el último campeonato a Simeone. Su organización de vida no le permitió ser uno de los top del mundo”.

Cappa: “Un intelectual como ninguno, el más preparado que haya conocido. Una mente superior. No vayas a discutir con él sin leer porque te da vuelta, no le vayas con pelotudeces. Te rompe el culo. Expresó todo lo que él piensa en ese Huracán del 2008”.

Habla de su vida personal. De sus hijas. De sus nietos. De la nieta que está esperando, de cómo va a viajar a Chile, a ver a su hija cuando la nena nazca. Habla, también, de su ahijado. No lo nombra. Se interrumpe y dice: “Te voy a contar una que no sabés”.

“Hace muchos años me llamaron para que asesore a Estudiantes de Buenos Aires. En la primera práctica ví a un central, alto, elegante, grandote. Cómo se llama, pregunté. Jorge, me dicen. Me nombraron también el apellido. Debe ser de origen francés, pensé. Por su pronunciación. Después de un tiempo le pregunté: ’¿Le interesaría ir a Europa a usted?’, porque el tipo era muy bueno. ‘No tengo ningún interés’, me respondió. A los tres meses estaba jugando en Francia. En Mónaco no quedó porque no le salieron los papeles, entonces se fue al norte, a un equipo que se llama FC Rounes. Jugó tres años ahí. En el 77 nació su hijo, David. Me manda a llamar y me dice: ‘Roberto, yo quiero que usted sea el padrino’. Acepté, claro. De pibe lo ví mucho, después perdimos contacto y ahora que está acá nos estamos viendo más seguido”.

-¿Y por qué se vino a vivir acá?

-Porque juega en River. Es David Trezeguet, mi ahijado.

-¿¡Qué!? ¿Cómo?

-Trezeguet es francés por mi culpa, je. Es un crack.

El Sapo no para con las anécdotas. Hablando de jetones y de figuras de primer nivel mundial saca otra de la galera y sorprende a todos.

“Conocí a un tal José- así le dice a al personaje en cuestión- cuando era un nene. Yo jugué con su papá, que se llamaba José también. El viejo era un arquerazo. Concentraba con él, era más grande que yo y me cuidaba mucho. El tipo era una persona extraordinaria. Este chico –es decir, Josecito- cuando tenía seis años lo traía la mamá, quería ser arquero y quería que le pateara yo. Y lo le pateaba. A esa altura ya lo llevaban a colegio bilingüe. Fue cuando estuve en Portugal. Después no lo ví más, pero de chiquito lo peloteaba yo, je. Y fíjate vos que nunca fue jugador, pero mirá lo que es como técnico. Hay que ver si me recuerda si me llego a cruzar a Mourinho por Europa.”

El Sapo se ríe. No lo cree ni él.