Las crónicas del Nene

Por el Nene

Qué milagro, pensó el Nene. Al fin un domingo libre.
El tipo, formateado a la realidad de la redacción, no supo qué hacer.
Voy al cine, al teatro, a la plaza a tomar unos mates, salgo con mi novia, veo a un amigo, visito a los abuelos. No, no sé. Qué hago.
Qué carajo le pasaba al Nene. No sabía para dónde arrancar. Estuvo al límite de quedarse en su casa viendo los partidos del torneo. Insólito. Adiestrado a su realidad, se iba a quedar ahí. Se sentó, se preparó unos fideos, una gaseosa y prendió la televisión.
Sonó el teléfono salvador de angustias y de rutinas aprehendidas.
-¿Qué hacés, Nene, te habla Kincho. Cómo va eso. Me querés acompañar a la cancha?
-¿Cómo hincha? – le salió al Nene instintivamente.
-Bueno, dale. Nos encontramos en la estación de servicio, Kincho.
El tipo se cambió rápido y salió. El Nene no veía a su equipo desde que había viajado a Buenos Aires. Los colores de su pasión habían quedado en el Interior. Por eso, un tanto desesperado, aceptó la propuesta de ir a ver a otro cuadro, pero como un hincha. Sin credencial de prensa, sin entretiempos de gaseosa y sanguchitos, sin colegas alrededor.
Como hincha… veamos qué pasa.
Se había olvidado algunas rutinas de cancha: viajar en bondi hasta las manos, morfarse un chori, caminar entre las banderas. Le gustó. Se dejó sorprender por lo que no había vivido desde que llegó a la gran ciudad de las grandes redacciones.
Se puso en la cola de las ventanillas. No había más. Acudió a la reventa.
-200 mangos por una popular, qué choreo. ¿A dónde me trajiste, Kincho? ¿Al Camp Nou?
-Pasa que está todo vendido, pero los muchachos de la barra se quedan un par y después las venden acá a ese precio. Es lo que sale. Si no pagamos esa guita no podemos entrar.
-Qué locura.
Caminaron por la avenida copada de colores y cánticos. Se volvió a entusiasmar. Llegaron a la primera cola. La gente se amontonó y empezó a putear. Iba todo muy lento y el nerviosismo empezó a crecer.
-Qué pasa.
-Es la yuta que deja pasar a la barra, entonces, nosotros tenemos que esperar y, bueno, la gente se amontona. Ahí liberaron, vamos Nene.
Llegaron a la segunda fila. Más gente. Más muchedumbre. Más empujones. Más nervios. Más insultos. Más ansiedad. Más. Más. Más.
¿Y ahora?
-Pasa que está por empezar el partido y a nosotros nos tienen todavía acá. Dale, la puta que los parió, abran la puerta que empieza –explicó Kincho.
La gente siguió empujando. Los cuerpos se empezaron a aplastar. La primera línea de hinchas que limitaba con la Policía no aguantó más la presión y se fue para delante. Detrás de ellos, todos. La Policía se corrió para los costados. Se transformó en un pasillo de hinchas limitado por canas.
Sacaron las cachiporras y empezaron.
-No empujen, puta madre. ¡No empujen!
El Nene fue por inercia contra los molinetes de palos que tiraba la yuta.
Pum, pum, pum.
El Nene se comió dos palazos en la cabeza y uno en la pierna.
– ¿Estás bien, Nene? Mirame.
-Uy, boludo. Cómo cobré. Qué pasó, están todos locos.
-Sí, pasa que cuando el partido está por empezar se ponen todos un poco nerviosos.
El Nene se frotó un poco la cabeza y siguió rengueando hasta los molinetes. Pasó la entrada por la maquina. Rebotó una vez. Dos veces. La entrada era trucha. Reventa trucha.
El Nene miró desahuciado al de organización. No daba más.
-Dale, pibe, pasá rápido.
El Nene pasó, se sentó donde pudo y logró ver, a lo lejos, el césped.
Tanto hay que hacer para venir a la cancha.
Lo pensó, y después se animó a decirlo en voz baja.
-Sí, Nene. Esto es pasión
Dejate de joder, pasión es otra cosa.