“Esto es como vivir dos vidas paralelas”

Una historia anónima de un nene bien de 19 años que, desde que entró en las inferiores de un club de Primera División, prefiere inventarse una historia de vida distinta, sin piso en Palermo, ni chofer, ni vacaciones en Cancún, para encajar mejor con sus compañeros. “A veces se me escapa algo cheto y me hacen burla. Y me quiero matar. Estoy siempre pensando en no meter la pata. No me gusta que me digan que tengo plata. Por eso voy siempre con la misma ropa”, cuenta.
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Hay historias que se construyen desde los nombres y otras que, al contrario, nacen porque no se mencionan nombres. Esta es una historia de las segundas. De las que salen a la luz por un pibe anónimo y pueden representar a otro montón de pibes anónimos que andan jugando a la pelota por ahí. De las que exponen una sinceridad plena, sin filtros ni intereses. De las que suelen ser buenas historias, en fin. En este caso, es la historia de un pibe que juega en inferiores de un club de Primera División. El chico de las vidas paralelas. El chico de clase alta que se inventó una vida para adaptarse con sus nuevos compañeros, de otro palo. El chico de 19 años que prefirió ocultar que él es de otro ambiente para encajar mejor en el mundo de la pelota. El chico que se sintió obligado a no decir la verdad. El chico al que ver la cara humilde del mundo le cambió la vida.

Esta historia empezó a construirse hace muy poco. Con 19 años, abandonó el torneo de fútbol amateur para llegar a este club con su sueño de ser futbolista. En su primer día de entrenamiento nació su otra vida. Se despertó en su departamento, ubicado en una torre, en Palermo, donde vive con su familia. Era muy temprano. Muy. Pensó en sus amigos, esos que seguramente habían salido la noche anterior. Los envidió. Mucho. Pero de repente se acordó que estaba yendo a hacer lo que más le gusta: jugar a la pelota. Sintió los nervios lógicos de la primera vez. Y ahí, en medio de esos nervios, nacieron también sus primeros gestos de humildad: decidió ir con la ropa de jugar puesta. Nada de bolsito y esas cuestiones. Tenía varios botines en su placard. Eligió los más rotos. Nada de que lo miren mucho. Y se fue a entrenar.

“A mí me gusta jugar con botines buenos, llamativos, pero llevé los que tenía rotos. No quería llamar la atención. Sabía que el ambiente era humilde, que era difícil entrar como pibe nuevo, y más en mi caso que entré de más grande, en Cuarta División”, arranca a contar en un Starbucks con un café en la mano. “Y tené en cuenta que para que yo entre tuvieron que dejar libres a varios chicos”, aclara. Como todo pibe nuevo, debió responder preguntas de sus compañeros. “Nunca había estado en un ambiente así, con chicos que viven en villas, y no quise decir que vivía en Palermo, me sonaba a un barrio cheto, y tiré que era de Núñez. No sé por qué. Es lo que me salió. Me desbordaron los nervios”. Y ahí arrancó una cadena de mentiras que le costó mucho detener. “Empecé a decir que trabajaba de mozo en Núñez. Sabía todo, las calles y todo. ¿Cuánto cobrás?, ¿hasta que hora trabajás? Mentía en todo. Todo eso para no decir la verdad”.

En su vida paralela, la que les contaba a sus compañeros, su chofer pasó a ser su tío. “A entrenar me llevaba un chofer porque no sabía llegar. Y los pibes veían ahí a un tipo esperando las cuatro horas que estábamos desde que llegábamos hasta que nos íbamos. Y se preguntaban: ‘¿este a qué viene?’ Dije que era mi tío, que empezaba a laburar al mediodía y que estaba interesado en ver jugadores. Que por eso se quedaba. No creo que eso me lo hayan creído”.

¿Por qué un chico tiene que mentir? ¿Por qué siente esa obligación que lo incomoda? “Es más fácil adaptarte, creo que de otra manera es imposible. Me encantaría que fuese distinto, poder ser cien por ciento sincero, pero no es posible”. ¿Tan difícil es mostrarse tal cual sos con chicos que juegan a la pelota con vos pero tienen otra historia de vida? Con la anécdota que cuenta no deja dudas: “Ahora ya no va más el chofer y manejo yo. Entonces llevo y traigo a varios chicos que me quedan de camino. Y, aunque no quiera, les tengo que cobrar el peaje. Es imposible no hacerlo. Porque si le das todo queda mal, hay que ser como uno de ellos para estar bien. Una vez intenté probar, no le cobré a uno y ahí nomás vino otro chico a retarme. A veces quiero invitarlos a comer y no puedo. Si los traigo a mi casa, no sé, no se puede…”.

En el verano, cuando pensó que no había pasado la prueba y no lo querían en el club, pasó de entrenar con pibes humildes y escuchar sus vidas a viajar a Cancún con sus amigos “de joda”. A olvidarse, quizás. Pero la citación a la pretemporada finalmente llegó. “¿Sabés lo difícil que fue cambiar de un lugar al otro? Todo esto es como vivir dos vidas paralelas”, remarca. Y cuenta, con sentimientos más livianos: “De a poco fui diciendo cosas… También me ayudó que cambiaron muchos chicos. A veces se me escapa algo cheto y me hacen burla. Y me quiero matar. Estoy siempre pensando en no meter la pata. No me gusta que me digan que tengo plata. Por eso voy siempre con la misma ropa. Al principio alguno hasta me dijo que me pida lugar en la pensión por verme vestido siempre igual. También una vez que se me rompió un botín y un pibe me quiso dar los suyos. Esos dos gestos demuestran que son buena gente”.

De abrir los ojos se trata

Observar es una manera de aprender. “Esta experiencia ya me sirvió un montón”, afirma este pibe que usó los ojos para darse cuenta de las realidades. “Todo esto de jugar con chicos que viven una realidad distinta hizo que mi cabeza cambie muchísimo. Empecé a valorar un montón de cosas que antes no me daba cuenta”. Lo que dice lo dice para que sea escuchado por quienes aún no separaron las pestañas: “Hay gente que antes veía normal que ahora no la puedo ni ver. Es increíble lo que hacen con la plata, cómo la gastan, sin darse cuenta. Ese es el problema, que no se dan cuenta”.

“Yo vuelvo de entrenar y tengo la comida lista, lo que quiero. Si tengo una contractura, veo a un kinesiólogo privado. Y pensar en los otros pibes, que no sabés qué comen, si comen, en realidad… ver cómo se bancan todos los dolores y todo me hizo cambiar”. También se acuerda de las diferencias entre jugar con sus amigos y donde lo hace ahora: “Antes de un partido hacíamos la rondita en la que todos hablábamos y decíamos ‘dale, pongamos huevo, si ganamos hoy sacamos una mesa en el boliche’. De esa charla pasé a la de ahora: ‘viejo, esto es por la familia que deja todo para que podamos estar acá, comer; no los podemos defraudar’. Cada vez que escucho estas charlas se me pone la piel de gallina. Es increíble el cambio”.

Con esta experiencia en sus hombros, su elección es comunicarla dentro de su entorno habitual, con el deseo de que alguno pueda escucharla: “A la gran mayoría les vendría bien pasar por esto. Estaría bueno que tengan un laburo o tengan que trabajar de algo para ganarse la vida y saber lo que es. Los padres les dan plata, el pibe va a estudiar un rato, vuelve, se fuma un porro con los amigos, sale y no hace nada de la vida. Estaría bueno que se den cuenta”.

Así como se levantó el primer día para ir al entrenamiento, en su departamento en Palermo, lo hace todos los días. El despertador sigue sonando muy temprano. Muy. Sigue pensando en sus amigos, esos que seguramente salieron o se juntaron a comer la noche anterior. Lo que cambió es que parece que ahora no los envidia. Ahora se siente orgulloso de su historia y de sus aprendizajes. “A mí me parecía sacrificado ir a entrenar hasta que empecé a ver todo el esfuerzo que tienen que hacer mis compañeros”. Lo dice en esta entrevista. Lo piensa todas las mañanas, antes de ir a hacer lo que más le gusta: jugar al fútbol. ¿Su nombre? Acá lo que importa es su historia.