Equidistancia

Por Florencia Limrovich

Buscaba alguien de referencia para formarme en literatura y forcé a mi profesora del secundario en ser su asistente, ayudarla en las tareas que fuera necesario a cambio de instrucción que, no dudaba, podía obtener de su abundante biblioteca y claro, su guía espiritual.

Habíamos encontrado un espacio de tres veces por semana, en el que entraba a su departamento de Rivadavia, augurando el Congreso, y trabajaba sobre papeles que ella iba poniendo frente a mí y le ahorraba esfuerzos en trabajos que consumían muchísimo tiempo, del que suelen disponer los profesores de secundaria, no tanto los de universidad. Trabajaba con ella por el espacio compartido de a dos, en mi afán por sostener el equilibrio entre la escasez de escuelas y universidades, y la abundante riqueza de las relaciones intrapersonales en espacios íntimos y cerrados.

Una tarde, al finalizar con mi trabajo y luego de una conversación sobre Unamuno, disponía de mi abrigo y mi bolso como para irme , ella se interpuso, de forma que mis ojos daban hacia la ventana que traía la calle y mi espalda daba de igual forma a la puerta que me despedía, ella formuló en voz más pausada que la habitual, y sobre sus ojos, fijé con intensidad lo que me decían y enmudecí su boca con un beso fuerte que aleccionó para toda su vida.

Sobre el siguiente encuentro comenzó una rutina de dos bloques unidos por el intercambio, separados por los ejercicios. Avanzábamos entre los dos, en mis propias certidumbres, gozamos de paralelismos. Nunca me había prestado al trabajo con tanta seguridad, tenía quien me guiara.

Seguidos los años, quizás el embarazo puso fin a mis aspiraciones. Verónica sabrá que no todo en mi vida pasa por ser padre, y que en lo que pueda unir nuestras fuerzas, otro golpe del destino puede caérseme en las manos repentinamente. Sólo el espesor de las horas más dulces conocen mi silencio, cavilando entre la puerta y la ventana, equidistantes respecto a mí.