El militante que puso el cuerpo

Darío Santillán intentó salvarle la vida a Maximiliano Kosteki y terminó asesinado. Hasta ese grado de solidaridad es que expuso su propio rostro. Hasta ese nivel, tan alto, que conmueve incluso, luego de que pasaran diez años del fusilamiento que la policía le lanzó. Juan Rey, Mariano Pachecho y Arien Hendler sacan un libro sobre la vida de este personaje. Ahí las páginas viajan desde acusaciones contra Aníbal Fernández hasta anécdotas de un amigo que pasó diez años sin hablar del tema. Aquí, algunos detalles de la historia.

Fotos: NosDigital

“Comencé el proyecto, con las primeras entrevistas para el libro Darío Santillán. El militante que puso el cuerpo a finales de 2009. Después se sumaron Mariano Pacheco, amigo de Darío, y Ariel Hendler (NdelR: periodista autor de La guerrilla invisible, sobre las Fuerzas Armadas de Liberación) que ya tenía un propósito similar”, se presenta Juan Rey un viernes a la noche, cansado de trabajar y distribuir ejemplares a periodistas que ya lo entrevistaron. “No sé de dónde me surgió la necesidad… Siempre me conmovió la muerte que tuvo, esa polaridad entre un gesto tan humano y solidario, y la brutalidad con que fue asesinado. También la lucha de Alberto, su padre, inquebrantable, y de sus compañeros del Frente Darío Santillán, que lleva, con mucha dignidad, su nombre. Creo que por eso quise contar cómo había sido esa vida de de 21 tan comprometida, de ese gesto tan solidario”, introduce, asombrado por la convicción de Darío Santillán de quedarse hasta último momento socorriendo a Maximiliano Kosteki, malherido, en el hall de la estación de trenes Avellaneda. Lo sacaron a través de Editorial Planeta porque, aunque reconocen el valor de las editoriales militantes, creen que hubiera significado restringirlo a un círculo que probablemente ya conozca la historia.

 

-¿Encontraron otros gestos como este de ayudar a un malherido, aún sabiendo el posible costo, en el Darío que se juntaba a jugar videojuegos, en el que cuidaba de sus hermanitos menores?

 

-A los 21 años, él ya había tenido una vida de entrega y compromiso muy grande en todo lo que hacía. El padre siempre cuenta que a los 15 años Darío les pidió hacer un curso de primeros auxilios. En la secundaria ya militaba activamente en un centro de estudiantes, leía sobre la historia de los desaparecidos, la resistencia a la dictadura, las luchas latinoamericanas en general… Terminando la secundaria, empezó la agrupación política juvenil 11 de julio -por la fecha en que se encontraron-. En enero de 2000, se creó el Movimiento de Trabajadores Desocupados de Don Orione, el complejo habitacional de monoblocks de principios de los 80, donde Darío vivió hasta mediados de 2001. Esa asamblea había sido convocada por Maxi, otro vecino sin trabajo a quien él no conocía. En ese proceso se metió a fondo para construir un movimiento con características que también hablaban y hablan de él: horizontalidad, democracia directa, educación popular, rechazando el verticalismo y la búsqueda de cargos.

Aquel 26 de junio en que terminó la vida de Darío, la policía se puso en medio de dos columnas de manifestantes y empezó a disparar supuestas balas de goma cuando se le acercaban. Toda una trampa. La columna de la Coordinadora de Trabajadores Desocupados Aníbal Verón se fue por la avenida Pavón. Otra columna por la avenida Mitre. La policía bonaerense las siguió a ambas y las reprimió pese a que el puente ya estuviera desalojado.

Maxi, su vecino, cayó herido. “Se mataron entre ellos”, chiflarían los bigotes de Aníbal Fernández, desde la silla que se llevó de la Secretaría General de la Presidencia de Eduardo Duhalde, ese 26 de junio de 2002. Harían eco los invisibles mustachos de Juan José Álvarez. “Declaraciones tan parecidas a las que tuvo en el conflicto del Parque Indoamericano. Finalmente el fiscal descartó esa versión y hoy hay más de cuarenta efectivos policiales procesados”, responde Rey. “Nosotros conocíamos desde hacía 20 días que iba a suceder una cosa de estas características porque nos habían hecho los comentarios. Sabíamos que para el 22 y el 23 se organizaba una asamblea de piqueteros. Ahí se habló de lucha armada y se definió lo que ellos denominan un plan de lucha, que no es otra cosa que un cronograma de actividades”, seguía Fernández desde la cómoda silla que supo trasladar al Ministerio de Interior con Néstor Kirchner, la Jefatura de Gabinete con Cristina Fernández y ahora, diez años después –distinto de aquel, pero casi igual-, a su despacho de la Cámara de Senadores del Congreso.

Juan Rey continúa relatando: “Los compañeros trasladaron a Maxi hacia el hall de la estación. La policía venía reprimiendo”. Y ahí estuvo él. Protegiendo a un amigo desconocido, habrá pensado en Mariano Pacheco, su amigo, en Miguel Mazzeo, su acompañante en el viaje a La Pampa, en todos los que conoció cuando fue a defender los cortes cerca de Tartagal, en la coherencia del Che de sostener ideas hasta el final, en su viejo, en su mamá, fallecida un año atrás. No podía dejarlo solo. “El único que se quedó hasta último momento fue Darío Santillán. Lo mataron cuando estaba defendiendo un gesto tan solidario y humano como socorrer a una persona malherida. Esa imagen elegimos para la tapa del libro porque representa la vida de Darío”. El gobierno del bigotudo y el cabezón ya había dejado circular versiones sobre una supuesta presencia de la guerrilla colombiana de las FARC, había mostrado armas tumberas y algún que otro fusil Kaláshnikov diciendo que eran de los piqueteros. Estaba creando una atmósfera de miedo.

“Darío no dejaba en manos de otros lo que podía hacer él”, sigue uno de los tres autores de la biografía gráfica de Santillán para tratar de entender aquel gesto. “Lo que se comprometía a hacer, lo hacía a fondo. Se ve en él un grado de inocencia muy lindo. Conociendo muy bien la ferocidad del enemigo de clase, el Estado y sus policías, le primó la solidaridad y ese gesto que yo pocas veces vi”, cuenta. Sergio Kowalewski, entonces fotógrafo del Diario de las Madres, les recordó lo que vio ese 26 de junio de 2002 en la estación: dos policías, Alfredo Luis Fanchiotti y Alejandro Acosta, alineados y apuntando. Acababan de matar a Darío Santillán. Rey: “Por otro lado también se ve la brutalidad de estos tipos que estaban dispuestos a matar vidas tan ricas como la de Darío y Maxi. Y no fueron sólo Acosta y Fanchiotti. Hubo cientos de heridos. Fue una cacería. Hubo compañeros perseguidos hasta Lanús. A Darío y Maxi los mataron a cientos de metros del puente Avellaneda”.

Rey tiene una postura tomada: “La policía no actuó por voluntad propia, sino por una decisión política del gobierno de Eduardo Duhalde, Aníbal Fernández y Alfredo Atanazoff, que todavía gozan de cargos políticos, de privilegios y candidaturas. Había un grado de manifestación popular muy grande, con coordinación de los movimientos. Yo tengo el recuerdo de las negociaciones con el Fondo Monetario Internacional. Aparentemente le había dicho que para hacerlo tenían que ‘ordenar’. Fernández dijo que no iba a permitir los cortes a los accesos a Capital. No es casualidad que lo primero que se haya dicho oficialmente fue la hipótesis del ‘enfrentamiento entre piqueteros’. Por suerte, la sociedad no se comió ese verso”.

-“Los intentos de aislar totalmente la Capital serán considerados una acción bélica”, había declarado Juan José Álvarez, secretario de Seguridad. En este marco, ¿cómo fue ese día para Darío?

-Él sabía, como sus compañeros, que quedarse en su casa hubiera sido resignarse a la derrota. Sí se vivía un clima raro y hasta se había pedido que las mujeres y los chicos no fueran porque se sabía que el gobierno estaba dispuesto a reprimir, pero creo que desconocía hasta qué punto. Ese día Darío se juntó con el Movimiento de Trabajadores Desocupados de Lanús, viajó con ellos a Avellaneda, donde se encontró con la represión.

“Creíamos que un presidente que ordena una represión así en Buenos Aires tenía que renunciar inmediatamente, a diferencia, tal vez, de lo que pasa en el interior. Además, la experiencia hasta ese momento decía que siempre ganábamos”, les dijo para el libro Alberto Spagnolo, del MTD San Francisco Solano.

“Siempre ganábamos”, rebotaba como eco, pero sin desvanecerse, como rebota todavía el bigotito que se mantiene, que puede cambiar de silla, que puede ascender o descender de cargo y saltar de cuerpo en cuerpo. O de desvanecerse, como el eco, por consejos publicitarios. Pero siempre quedan las ideas, aunque los bigotes que levantan dedos y ordenan muerte no piensen en los amigos, ni en los casos como el de Matías, un socio de Darío que se pasó diez años en silencio por recordar los tiempos en que, con su mejor amigo se juntaban y jugaban videojuegos hasta que los padres les mostraran los bolsillos vacíos y los ojos llorosos. “Estuvo sin hablar de Darío hasta este libro. A ese punto llegó el daño que hicieron los asesinos”.