Tras las huellas del palimpsesto Osqui

Como a los manuscritos que guardan huellas de previas escrituras, a Osqui Guzmán no se lo lee en un solo plano. El multifacético actor desborda cualquier charla de café y nos obliga a seguirlo por sus escenarios, sus ensayos, su casa y hasta adentro del auto. Con energía contagiosa y gestos que impresionan, nos habla del teatro, de sus trabajos, de Latinoamérica y su familia.

Fotos: Nos Digital.

Un ladrillo que le arrancó la uña, un chico de su edad que le tiró ese bodoque colorado en la mano y los cerros cordobeses. Eso es lo único que Osqui Guzmán se acuerda del año en que vivió en la provincia mediterránea a los tres años, arrastrado lejos de su madre por una ex monja rubia, amante de su padre. ¿Telenovela mexicana? No, más bien boliviana. 

Lucía Pareja Balboa, de Potosí, descendiente de españoles, tenía quince años y su familia no veía con los mejores ojos a un pretendiente que le arrastraba el ala y que se quería casar con ella. Su madre, para evitarse el disgusto, la mandó a Buenos Aires, donde ya residían sus hijas mayores. Una, planchadora, de oficio impecable. La otra, modista. El estudio aburrió enseguida a la joven Balboa y se puso a trabajar, como sus hermanas, de costurera. Se casó con Walter Guzmán, también boliviano. Un hombre que, cuentan, la amaba a más no poder. De su amor nació, en 1971, en la clínica del Sindicato Obrero dela Industriadel Vestido y Afines (SOIVA), un bebé al que llamaron Oscar Germán Walter Guzmán, a quien más tarde sus compañeros de primaria apodarían “Mono”. Un día, mientras Lucía estaba en su trabajo, Guzmán padre se fugó con una amiga de Bolivia que la pareja había hospedado con amabilidad luego de que abandonase su condición de monja, y nunca más volvió.

“Al año, la mina con la que él se fue me va a buscar al jardín de infantes y me entregan sin preguntar demasiado. Cuando mi mamá llega, le dicen que ya me habían ido a buscar. Me llevó a Córdoba. Mi viejo estaba viviendo ahí”. Osqui no se acuerda mucho más.

Jorge Rodríquez Aguirre, de Oruro, era delegado sindical del gremio de los colectiveros, exiliado político durante la dictadura de Hugo Banzer Suárez, y socialista. Una mañana y gracias a la advertencia temprana de un amigo, escuchó cómo los militares entraban a su casa a los golpes. Logró esconderse en una iglesia que estaba justo detrás de su vivienda. “Cura, cura, por favor, escóndame”, dicen que dijo. El cura aceptó y le dio resguardo dentro del cuarto diminuto donde guardaba las sotanas. Los soldados ingresaron a la capilla a los gritos y, enfurecidos, patearon la puerta del cuartito y la abrieron. Por obra y gracia del Espíritu Santo, del destino que le esperaba más adelante o de quien sea, no lo vieron. No vieron al Jorge tieso que se había tapado la cara con una toga lo más rápido que le dieron los brazos o el susto.

Ese mismo día, Jorge se alojó en un vagón de tren que cargaba los cadáveres acumulados por la dictadura, con destino a Brasil. Y viajó entre los muertos. Después de una corta estadía en Brasil sacando fotos en la playa, llegó ala Argentinay le prometió a una mujer que preparaba empanadas en un centro boliviano que la ayudaría a buscar a su hijo perdido. Era Lucía.

“Mi mamá se estaba volviendo loca, había empezado a fumar, a tomar”, relata Osqui. No sabían qué hacer. ¡Iban por las vías de los trenes! Hasta que una tía mía la lleva a una curandera, a una bruja. La adivina tira unas cositas en la mesa y le dice: ´Te llevaron a tu hijo. No te preocupes, está con su papá. La mujer que te lo llevó te hizo un trabajo. Yo te voy a disolver ese hechizo como para que ella te lo traiga a la puerta de tu casa´”. Y así fue.

La rubia se apareció en la casa de Lucía y lo devolvió sin chistar y como por arte de magia. Osqui corrió a los brazos de Jorge, la nueva pareja de su madre y, automáticamente, lo llamó papá. “Ahí arrancó mi vida”. Una existencia que realmente se puede dividir en a. C. y d. C.: antes y después de Córdoba.

La relación con Jorge se enfrió cuando Osqui decidió que quería ser actor. Tres largos años sin dirigirle la palabra al chico. Hasta que lo vio actuar. El pecho casi le explota de todas las felicitaciones que recibía por su hijo. “Yo quería que la gente te quisiera y te respetara”, cuenta Osqui que su padre le confesó medio borracho una noche. “Y vos lo lograste: la gente te quiere y te respeta”. Desde 2009, el protagonista de obras como “El batacazo” y “Robin Hood” es personalidad destacada de la cultura, un reconocimiento que otorgala Legislatura Porteña.También fue nominado para una gran cantidad de premios: ACE, Trinidad Guevara, Martín Fierro, Florencio Sánchez, Premio Teatro del Mundo, María Guerrero y Estrella de Mar. Algunos los ganó.

Ya en la etapa de reconciliación, Jorge lo esperaba hasta tarde con un guiso calentito, aprendido un poco por la abundancia de la cocina boliviana y otro poco por la pobreza que obliga a preparar estofados proteicos, potestad de grandes ollas.

“Mono, Monito…”, su padre lo llamaba mientras le golpeaba la puerta del cuarto. “Te preparé un guisito, Mono, dale. Vení, comete algo…”. Osqui quería que se vaya a dormir, por su bien y por el propio. Era demasiado tarde para andar masticando. “Dale, Mono…”. 

Finalmente, Osqui cedía y comían juntos. Jorge le preguntaba sobre sus amigos actores, sobre lo que estaba haciendo. Osqui le contaba y su padre siempre respondía lo mismo: que qué lindo, que qué bueno, que contame un poco más.

Fue recién a principios de este abril que Osqui conoció la tierra de sus padres. En el Festival Internacional de Teatro deLa Paz(FITAZ) presentó “El Bululú”, un unipersonal basado en la obra del artista español José María Vilches.

“Cuando terminó la función lloré un montón porque sentía que estaba en representación de mi familia. Pensar en todo lo que pasó y lo que va a seguir ocurriendo. Antes de que yo viaje, mi mamá me decía: ´Te va a ver mi país´. Yo iba aLa Paza un festival a hacer una sola función, pero para ella era: ´Te va a ver mi país´”.

***

Frente a la fábrica de Felfort, en Almagro, un primer piso con techos altos y paredes blancas. Una cocina moderna, un tacho de basura de diseño en el medio del salón (primera excentricidad de actores en una casa de actores), que el cuerpo esquiva sin avisarle al intelecto. Harina integral en un estante, una publicidad del Frente parala Victoria. Unafoto de Borges, un figurín de Osqui haciendo monigotadas y el ruido a una cuchara que gira a dos revoluciones por segundo en un vaso de vidrio con un líquido marrón que, de paso, se vuelve la segunda excentricidad de la casa.

–         ¿Qué es eso?

–         Maca, es una raíz andina energizante. Ahora se puso de moda, pero yo la tomaba desde antes.

Levanta un dedo y bromea: “Yo vi a Los Redondos antes de que…”.

Los ojos todavía medio pegados y el susurro con el que habla indican que esa bebida extraña es necesaria a esta hora de la mañana, cuando los párpados todavía se le achinan y lo hacen parecer a la foto de Bruce Lee que tiene en la puerta del congelador.

La revista Living sobre la mesa es una señal, prejuicio mediante, de que allí vive una mujer: Leticia González de Lellis, también actriz. Con ella Osqui comparte sus elecciones de vida, escenarios y, desde hace un año y medio, un programa de radio en FM UBA (FM 87.9), “Radio para Monos”, parte de la programación de los miércoles del Centro Cultural Ricardo Rojas.

Anoche, Osqui Guzmán fue a echar un vistazo a un grupo de varieté que le pidió consejos, alguna reunión y quizás un posterior trabajo conjunto, tal y como sucedió con el grupo de clownsLa Pipetuá, quienes el 9 de junio estrenan “¡A la obra!”, dirigidos por Osqui Guzmán, en el teatro Metropolitan.

–         Son cuatro locos cirqueros que están construyendo su casa. Tienen los planos y todo, pero en el medio está su personalidad y las cosas que les pasan, que de alguna manera es lo que siempre te impide construir. Ellos querían trabajar con el mundo de la construcción generando gags, pero la obra de teatro requiere más submundos, mitos.

–         ¿Para qué?

–         Es lo que el espectador recibe sin darse cuenta. Todas las cosas que durante un año probaste y al final desechaste. Estuviste ensayando dos meses eso, pero al final decís: “No pega ni con moco”. Pero no lo tirás a la basura, queda en el cuerpo, en el trabajo del actor y en la historia misma. Es como la pintura: tiene una textura que no podría tener sin esas instancias previas.

Camino al club de Saavedra donde ensayan “¡A la obra!”, subidos a un auto, el iluminador habla de su miedo a las lesbianas. Mientras esperan que la productora recientemente vaciada de nicotina vuelva de comprar facturas, el asistente de dirección juega a las adivinanzas. Señala a una señora bien entrada en años parada en la vereda y dice: “A que esa señora fue psicóloga”. Osqui baja la ventanilla y está a punto de preguntarle, pero la mirada desconfiada de la anciana frente a un coche sospechoso en la puerta de su casa mirándole la cara y la tela del vestido, lo acobarda.

Antes de llegar al patio cubierto donde está dispuesta la escenografía, el hall del club pone a la vista todos los estereotipos de un centro de jubilados: barra, vitrinas espejadas con trofeos dorados de quintos puestos, caña Legui y Cusenier. Un pasillo y, escaleras arriba, clase de reggaetón.

El espacio ocupado por Osqui y los otros es un delirio: escaleras que se doblan en cuarenta y tres partes, gusanos de plástico transparente, una bandera de nylon gigantesca. Máquinas para hacer naranjas, hombres caracterizados de obreros y un viejito que pregunta: “¿Esta gente a qué hora se va a ir?”.

–         La obra es una metáfora de lo que significa construir un país, una relación. Durante los ensayos nos dimos cuenta de que hay diferentes etapas: construcción, destrucción, confusión y revelación. Una etapa no podría suceder sin la anterior. A nivel político también sucede. Por eso cuando hablamos de un proyecto de país, estamos hablando de un proceso de construcción que debe continuar porque sabemos que luego va a venir la destrucción de todo esto.

–         ¿Cuando decís “todo esto” te referís al modelo kirchnerista?

–         Al proyecto latinoamericano. Es kircherista porque está Kirchner. Mañana se va a llamar de otra manera. Es un proyecto que no les pertenece. Ellos son la vida de un sueño muchísimo más lejano. Yo apoyo al gobierno, me encanta realmente. Voy a marchas, donde haya que firmar, firmo. Pero este proyecto va a caer, como todo. Por eso tenemos que estar atentos a construir lo más que se pueda. Hace muy bien la presidenta en sacar leyes todo el tiempo, porque esas leyes construyen, no detienen. Con tantas cosas que pasan, ¿hay que sacar la ley del divorcio? ¡Sí!, porque va a quedar para más adelante.

–         ¿Cómo investigás los materiales que usás, que son tantos?

–         Me junto con la gente indicada: escenógrafa, vestuarista. No soy yo el genio. En todo caso mi genio está en decir: “Sí, esto”. Trato de leer qué quieren ellos. Eso lo aprendí de (Juan Carlos) Gené. El director es como un capitán de barco, conoce el camino pero se deja guiar por el terreno. Es ver cómo está el mar y cómo sopla el viento. Entonces, debe tener la suficiente habilidad para rodearse de gente que sabe de mar y que sabe de viento. Quizás para ir de un puerto a otro tenés que dar toda una vuelta. Si no, se cae el barco, ¡se hunde!

–         Pero eso lo decís vos que sos como muy bueno, hablás todo despacito…

–         Soy horrorosamente fatal. Lo que pasa es que digo todo con una sonrisa, entonces pareciera que soy re copado. Nunca falto el respeto, eso sí. La idea del director prepotente, verticalista, que los actores tienen que hacer lo que él dice es una estupidez en el arte. En “El Centésimo Mono” pasó lo mismo, me convocaron los demás.

“El Centésimo Mono” es la obra que Guzmán dirige desde el año pasado. Mezcla magia, teatro y un poquito de muerte. Tres magos se ven obligados a esperar en una habitación de hotel que los llamen desde la fiesta de abajo para iniciar su número. Esperar igual que espera el Gringuete (personaje que Osqui encarna en “Salomé de Chacra”, dirigida por Mauricio Kartún, reestrenada en el Teatro del Pueblo) el amor de una Salomé crecidita y pechugona que balancea sus virtudes colgada de un aljibe.

Sentado bajo una bola de boliche y encima de la insignia pintada en el piso del centro social y deportivo, Osqui conversa con su asistente de dirección y le hace caso. Lo anima a anotar detalles en un cuaderno para probar luego. Osqui se sabe demasiado caótico para llevarlo por sí mismo. “Las ideas son muy lindas pero hay que probarlas. Muchas veces acá”, se lleva un dedo a la sien, “funciona, pero en escena te sentís un tarado”.

Fantasea con irse a vivir un tiempo afuera con su mujer, a algún lugar “nutritivo”, a estudiar algo. Pero si lo piensa demasiado, aborta el plan. Aprovecha estos momentos de tranquilidad, cuando no hace televisión, para plantarse en su casa y disfrutarla. Aún así, está lleno de trabajo. “En teatro yo manejo mis días. La tele te propone tiempos anti naturales”.

Sólo por nombrar algunos programas, se lo vio en: “Hermanos y Detectives”, “Casi Ángeles”, “Mar de Fondo”, “Floricienta”, “Buenos Vecinos” y “Campeones”. Tuvo, incluso, participaciones en “La Liga”. En pantalla grande, además, otros tantos papeles. Se ganó un protagónico en “El Torcán”, de Gabriel Arregui. 

 “La TVes estar metido por lo menos diez horas en un camarín chiquito. Abrís los brazos y lo tocás, lo abrazás. Entonces te tenés que ir a un bar, pero cuando empezás a ver los rollitos decís: ‘¿Qué hago?´ Entonces caminás por los pasillos como un condenado. Pero tiene otro tipo de beneficios: réditos populares y económicos”.

***

          Sin darse cuenta, y al mismo tiempo que se clava una medialuna en un café a doscientos metros del Obelisco, Osqui Guzmán revela la clave para combatir la inseguridad dela Capital: “Silbo y canto cuando tengo miedo. Me pasó en Constitución hace poco. Estaba con Leticia y vemos dos chabones, uno por atrás y otro por adelante. Le dije a Leticia: ‘Tranqui’. Empecé a cantar un tema de Luis Miguel. Uno dio media vuelta y se fue, y el otro se quedó parado, mirándonos”.

Lo que Osqui Guzmán pone en práctica cuando siente temor es una técnica heredada de un tío. Su pariente le contaba que, en Potosí, las almas de la dictadura todavía vagan en pena y hay que silbar para que no lo sigan a uno. Silbar para ahuyentar a los muertos.

Como en los palimpsestos, todas esas tradiciones quedan en Osqui como quedan los descubrimientos que se producen durante los ensayos, dejando restos. Una labor que se borra y reescribe constantemente para dar lugar a lo que ahora existe: un gran actor.

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