Nos siguen pegando abajo

Que quede claro: insecticidas, herbicidas, fungicidas no distinguen entre humanos y soja. Mucho menos, si a estos los tiran desde una avioneta. Por eso, en el barrio Intuzaingó Anexo de Córdoba, aparecieron 200 casos de cáncer en 5 mil habitantes. Aquí, una cara más del riesgo que significa anteponer un modelo económico por sobre la calidad de vida de la gente. Aquí, una vez más, el juego macabro de Monsanto, Roundup y los gobiernos.

La primera avioneta o máquina mosquito pulverizó en 1996, cuando la Comisión Nacional Asesora de Biotecnología Agropecuaria (Conabia) permitió la introducción de la soja transgénica de Monsanto, Roundup Ready, que resiste los plaguicidas que empezó a recibir el suelo. Ya no hizo falta pagar un sueldo a quien separara las malezas de la soja. Se pudo sembrar directamente encima. La Ex-Secretaría de Agricultura, Ganadería, Pesca y Alimentación esa introducción sin estudios de impacto ambiental independientes, consulta pública, discusión parlamentaria ni legislación.
Insecticidas, herbicidas, fungicidas no distinguen entre humanos y soja. Tampoco distinguieron dos de los productores sojeros y uno de los pilotos que están siendo juzgados por pulverizar con agroquímicos como endosulfán y glifosato en el barrio Ituzaingó Anexo, Córdoba. El biólogo Raúl Montenegro, Premio Nóbel Alternativo, Presidente de Fundación para la Defensa del Ambiente y Profesor Titular de Biología Evolutiva en la Universidad Nacional de Córdoba, nos explica: “El sistema de plaguicidas de Ituzaingó Anexo no es una excepción, es una muestra de lo que pasa en mera parte del país. Sí hubo una fuerte protesta que mantuvo el tema a la vista. Sin embargo, ese barrio no es un lugar donde la enfermedad y la muerte pueda ser solamente atribuida a los plaguicidas”.
Por derivación, o sea directamente de la pulverización, por el viento, por inhalación, por la piel en contacto con la tierra, por depositarse en napas subterráneas o tanques de donde después el agua es consumida, o a través de la placenta de una mujer embarazada al feto o lactancia, muchos sedimentos terminaron circulando en cuerpos humanos. Las Madres de Ituzaingó descubrieron 200 casos de cáncer entre 5 mil habitantes. El Ministerio de Salud de la Nación lo confirmó. El 33 por ciento de las muertes en ese barrio se debe a tumores. “Muchos plaguicidas rompen el sistema hormonal, lo que desencadena en un número muy grande de enfermedades”, expone Montenegro, pero también pone paños fríos a las simplificaciones: “Hay, en Ituzaingó, dos metales, cromo y plomo, y un metaloide, arsénico, que también son contaminantes naturales del suelo y los tanques de agua. De arsénico hay 44 partes por millón en tanques de agua, cuando lo máximo que permite el código alimentario es 0,05. Los factores de riesgo no son sólo los plaguicidas. Sí es un problema su uso indiscriminado y masivo, tanto en Ituzaingó Anexo, como en una línea del ferrocarril de Buenos Aires, un barrio urbano o zonas estrictamente rurales. Obviamente el mayor impacto se da donde haya coexistencia de viviendas y lugares dedicados a agricultura industrial porque la aplicación es intensa y permanente”.
Otra avioneta pasó por Ituzaingó y sumó sus tóxicos a los que ya había en el suelo. Y otra. Y miles de otras. Y otras más que siguen hoy, pero en zonas limitadas porque en febrero de 2008, el fiscal Carlos Matheu ordenó estudios que encontraron endosulfán y glifosato en patios de viviendas. El 30 de diciembre siguiente, la justicia cordobesa prohibió las fumigaciones terrestres a menos de 500 metros de zonas urbanas y 1500 si la aspersión es por avioneta.
Naturalmente, aparecieron también nuevas malezas. Empresarialmente, se multiplicaron entonces las avionetas. Montenegro: “Cualquier organismo vivo puede, por la derivación genética, comenzar a resistir a los herbicidas. La respuesta que dan los pulverizadores es aumentar las dosis. Mientras tanto, quedan plaguicidas en suelos por décadas. Cada año, cuando se empieza a pulverizar, no se empieza de cero, sino que se suma a lo de otras temporadas”.
Hay múltiples proyectos de leyes nacionales para prohibir su aplicación que duermen en distintos cajones. Montenegro establecer franjas para evitar su aplicación. La soja transgénica, esta que resiste a los herbicidas y permite la posterior siembra directa, ocupa más del 50 por ciento de la superficie agrícola del país. Hoy, con suerte, están desapareciendo los de aquella primera avioneta de 1996.