Lo que manda es el mensaje

Por el Nene

El joven periodista viaja por su ciudad con la cabeza apoyada en el vidrio y mira por la ventana. Va en el colectivo hacia su segunda semana de trabajo en la redacción del diario. Su postura, con los ojos apuntando al exterior, es la de quien piensa en una novia o sueña con cambiar el mundo. Observa, como siempre. Ve pilas de mugre en las veredas, una familia contenta caminando, una pareja de la mano y chicos con el guardapolvo blanco divirtiéndose. Mientras observa, piensa, también como siempre. “Nene, nene. Estoy podrido de que me digan nene. ¿Qué hacer para cambiar eso? ¿Qué hacer para ser grande de una vez por todas?”. De repente, deja de pensar. Se debe bajar con urgencia del colectivo, pese a que no llegó a su destino. Acaba de ver caminando solo al presidente del club, ese que todos sus colegas están buscando desesperadamente. Es su oportunidad.

El objetivo es claro: preguntarle por qué esta tarde va a echar al DT. El primer procedimiento que se le ocurre es seguirlo. Ir detrás de sus pasos hasta encontrar el momento justo para lanzar la pregunta. El presidente no lo registra, eso complica sus posibilidades de obtener la primicia, aunque todos sus colegas andan diciendo que es un hecho el despido. Lo ve ingresar al Banco.
-Presi, ¿cómo anda?– Vaya uno a saber quién es el que lo saluda al pasar– Hoy lo rajamos, eh; vamos presi, usté sabe qué hacer – Ese desconocido que cada tanto le da monólogos al presidente mientras hace sus trámites no lo dejó hablar esta vez-. El Nene ve salir del banco al presidente.

Es el momento de preguntarle las razones, de que le diga por qué va a echarlo si así corta el proyecto que se inició el año pasado, si así rompe con un entrenador que trabaja bien y, encima, es buena persona. ¿Todo para lograr un envión anímico? Si después de tres o cuatro partidos se vuelve a la normalidad. “Le pregunto ahora”, dice en voz alta mientras lo sigue caminando. Pero al presidente le suena el celular.
-¿Vos en serio me estás diciendo que hay que echarlo?- Las palabras que le siguieron al saludo tradicional hacen ruido en los oídos del periodista. -Bueno, ahora vemos, pero necesito que me defiendas con los medios, después, yo no lo quiero despedir- Dijo eso y se cortó la comunicación.
¿Quién era el del otro lado? ¿Habrá sido otro dirigente? ¿Habrá sido algún jugador? ¿Si no lo quiere despedir por qué todos dicen que sí? “Ahora le pregunto todo”, vuelve a decir el joven. A medida que se le acerca al presidente, acelerando sus pasos, comienza a sentir lo que es estar en sus zapatos. Le sigue el camino y también los sonidos. “Echelo, presidente”. “Traigamos a Bianchi”. “Mire que pasa siempre por acá y si no ganamos…”. Ordenes. Amenazas. El Nene comprende la situación. Todos parecen estar pidiéndole que lo despida. Ahí lo ve entrar a una confitería.

El televisor del lugar le confirma su teoría. “Llegó el fin”, grita el sócalo del programa de fútbol local, que muestra una imagen del director técnico cabizbajo en chiquito y, en la principal, unos engolocinados periodistas que parecen disfrutar el momento y que anuncian prácticamente el fin del mundo. ¿Nosotros -por lo periodistas- también queremos que lo despidan? ¿Y si algunos no queremos por qué con nuestros títulos o productos parece que sí? ¿Sólo nos interesa el escándalo? El Nene piensa mientras sigue observando la TV y no pierde de vista al presidente, quien ahora está charlando con un grupo de personas que se le acercó. Uno de esos hinchas le empieza a gritar, a exigir, a pedir, exageradamente. Se arma tal alboroto que decide salir y partir hacia el estadio. Allí es donde sabe que lo espera una decisión que tomar. Y, como si eso no fuese suficiente, todos los periodistas.

-¿Alguna novedad, muchachos? -Al Nene no le tiembla la voz para saludar a los periodistas que habitualmente están en los entrenamientos-.
-No, ninguna. Recién llega el presidente, seguro ahora nos viene a decir quién es el nuevo técnico -Eso dice uno-. A mí me dijeron que estuvieron hablando con varios y que ya tendrían al reemplazante -Eso dice otro. Le dan nombres y apellidos, incluso.
El joven periodista, que desde hace una hora le seguía el camino al presidente, no puede creer lo que escucha. Yo lo escuché decir que no lo quería despedir. Yo lo escuché. Piensa y piensa el Nene en medio de todos sus colegas sedientos de primicias. ¿Por qué todos están provocando el despedido del técnico? ¿Por qué? ¿Por qué? “Acá algo raro pasa”, dice en voz baja mientras se aleja de los periodistas. No quiere formar parte de eso.

Esta vez, el Nene jura que no lo siguió. Jura que no lo había visto pasar por ahí. Y jura que se lo encontró por casualidad. Como si ambos nos hubiesemos querido esconder, dicen que dice cuando vuelve a contar esta historia. El destino le puso enfrente una nueva oportunidad: el presidente solo, nuevamente; a su disposición, esta vez. Estaba sentado en la tribuna del estadio, con la compañía del silencio. ¿Le pregunto ahora por qué lo va a echar?

Cuando el presidente vio al periodista acercarse preparó las palabras que tenía que decir. Pero no hizo falta que abra la boca. “Tranquilo, yo te entiendo”, le dijo el nene mientras le dio ánimo a un hombre golpeado por las circuntancias del fútbol y esas otras cosas que tiene la vida. “Pero si no querés despedirlo, no lo despidas. No les des en el gusto a todos ellos”. No dijo más. Y tampoco dejó que contestara. El presidente, igual, no sabía qué contestar. Al final, la pregunta estaba respondida. Ya lo había observado todo. Tras despedirse, el joven se fue caminando hacia el diario a escribir la crónica del despido anunciado, con la postura de quien piensa en una novia o en cambiar el mundo. Y que, de paso, le dejen de decir “nene”.