Ghettos

Africanos, negros, árabes, argelinos, tunecinos: magrebíes. La marginalidad pisa fuerte en una París de la que nadie habla: una en la que hay desde 34 mil casos por año de mujeres a las que les quitan el clítoris hasta armas de la ex Unión Soviética que circulan comúnmente. Desde Francia, un recorrido por la París del tercer mundo

Enviado especial a París

Tan sólo hace falta alejarse diez estaciones de la iglesia más literaria de la historia para llegar a los olores: mugre, transpiración, frito, tabaco, kebab, shawarma, hashís y pis.

Pis y, sobre todo, caca.

Son apenas veinte cuadras, pero incluso ahí, donde todo parece terminarse, el metro (conocido para los sudacas como subte) tiene una frecuencia armada para no caminar más de doscientos metros. Algo parecido al resto de la ciudad.

En un lugar que no es el resto de la ciudad.

Porque ahí, ahí donde nadie lo esperaba, veinte policías vestidos de Robocops, con armas que usaban los soldados norteamericanos para mutilar Bagdad, con trajes de combate de guerra, te avisan que estás entrando a la estación Barbès-Rochechouart donde la París elegante, la de la Torre de Eiffel, la del arco del Triunfo, la de los jardines, la de los palacios, la de la sombra de Napoelón, la del pensamiento de Voltaire y de Rosseau, la de la voz bonita de Edith Piaf, la de las plumas de Ernest Hemingway y de Scott Fitgerald, y la que le dio luz a la obra de Pablo Picasso, se termina.

Y arranca el preciso lugar donde la libertad, la igualdad y la fraternidad se van a la puta que lo parió. Nace lo que está asfixiado por debajo de la alfombra. Y comienza la pregunta: ¿qué de todo esto es el primer mundo?

Africanos, negros, árabes, argelinos, tunecinos: o, como también se los denomina por haber venido de la región del norte de África, magrebíes. Hombres y mujeres que, a diez cuadras de Notre Dam –la iglesia en la que se inspiró el escritor Víctor Hugo para escribir El Jorobado de Notre Dame, la historia de amor entre un deforme y una bonita, que Disney llevó al cine-, viven sin que nadie los imagine. Incluso llevando más de tres generaciones en París, a donde llegaron por los procesos de invasiones que hicieron los mismos franceses hacia África en otras épocas.

“Preparate porque acá hasta al más poronga de la villa 1-11-14 entra, se hace pis y pide por la mamá”, dice un amigo argentino que vive ahí, mientras nos preparamos para bajar de ese metro en el que hay militares, negros y dos sudacas. O sea: todos los demás, él y yo.

Una escalera mecánica en la que viajan hasta tres personas por escalón hace las veces de una manga por la que saldría un equipo de fútbol. El suspenso es el mismo: se escuchan gritos y hay un murmullo inacabable, pero nadie sabe qué pasa en el campo de juego. Y el misterio rompe con su propia lógica: en vez de achicarse, se agranda. Porque en cuanto avanzan los escalones latosos, comienzan a aparecer de las ventanas que rodean la estación una suma importante de brazos. Brazos sin caras. Brazos que se mueven ofreciendo cosas. Intentando tocarte.

“Tres euros, cuatro euros, cinco euros”, dicen, en francés, una cantidad de voces que se confunden. Los brazos ya no son la escenografía de una película de terror, sino que encuentran su razón en el mundo. Es que entre los nudillos de cada mano se sostienen cajas de Marlboro, de Camel y de cigarros con marcas que tienen sus nombres escritos en letras que parecen ser de la India. Pero no se trata de un drugstore tabaquero. Inexplicablemente, en una cuestión de segundos, en el final de la escalera, surge algo que nadie imaginaría para ese lugar: un bombardeo de palabras suenan en infinitos idiomas que lo único que ofrecen son cigarrillos, tarjetas de teléfonos y hashís –una variante del cannabis, bastante más nociva para la salud-.

Sí, definitivamente. Es algo pocas veces visto: la bienvenida a la París del tercer mundo.

Son muchas las ciudades de Europa que tienen un orden demográfico distinto a Buenos Aires y a otras grandes ciudades de Latinoamérica. En muchas, el sur es donde se acomodan los más ricos y el norte donde viven los pobres. París es una de ellas y es en su parte boreal donde comienza a existir la París del tercer mundo. El lugar donde viven los musulmanes. El planeta interno donde duermen aquellos se dedican a ser la mano de obra parisina. El espacio donde los edificios ya no responden a las categorías preciosas de la arquitectura francesa, y las casas se parecen mucho a los monoblocks de Lugano o a los barrios Fonavi que aparecen en todo Argentina.

Un recorte que la literatura graffitera decidió llamar Ghettos, que arrancan desde la estación Barbès-Rochechouart hasta la zona del Gran París, por fuera de la ciudad.

Salir de esa estación significa decir “no, gracias y perdón” un centenar de veces. Es escuchar en cada vendedor que se te acerca el: “Argentino, Messi, cigarrillos”. Es alejarse de un amontonamiento de cajas de las que salen cantidades de productos sin registro alguno. Es escapar de esa misma densidad que puede encontrarse en cualquier parada ferroviaria bonaerense. Es abrir bien grande los ojos y sentirte, al menos hasta que la memoria te lo recuerde, en los suburbios de una ciudad latinoamericana.

No es el mejor día para caminar por esas calles. Faltan apenas días para las elecciones presidenciales -que días después ganó el candidato socialista, Francois Hollande- y hace una semana el asfalto acusa fuertemente a este sector de la población, luego de que un chico entrara a una escuela y le volara la cabeza a cinco compañeros judíos. Tampoco es la mejor hora. Son las seis de la tarde, el sol comienza a esconderse en París, las luces de la ciudad no se prenden en esa zona y en las veredas sólo se ven hombres. Las mujeres musulmanas –quizás el eje más controversial de todo eso que se ve- ya no tienen derecho a posarse bajo el cielo: por obligación y por mandato deben estar en sus casas cuidando a sus hijos.

O cocinando.

O limpiando.

O haciendo cualquier cosa que no las junte con los hombres. Es decir: con los que tienen derecho a disfrutar ese momento.

Es raro. En ese pedazo de París, los esbozos de pobreza no son los que más asombran. La educación y la salud son una condición obligatoria, por lo que la marginalidad económica se le escapa a la demostración cotidiana. El Estado no se hace humo en eso. Aunque no puede resolver cómo y de qué manera reducir las paredes que separan, mientras el sol naranja y el cielo rosa se esconden por la espalda de la Torre de Eiffel, a una parte de las mujeres de la población que hacen un picnic en el Sena y otras se tengan que esconder en los suburbios de la ciudad.

En definitiva: cómo achicar las fracturas de una marginalidad cultural que divide a un sector que lee por amor a la intelectualidad y a otro que lee y estudia tan sólo para, algún día, escaparle al amor no elegido. Para armar una fuga con categoría que les permita evitar que sus padres las lleven un día de vacaciones a África y no las dejen volver por casarlas con sus tíos, sus primos, sus abuelos o, también, con ellos mismos. Para alejarse de ese destino de mierda en que alguien la hará pasar a las estadísticas de las 34 mil mujeres (en París y por año) que se quedan sin clítoris porque se los sacan para que no puedan sentir placer sexual.

Cada vez más lejos del centro, París se parece mucho menos a París. O, tal vez, se va volviendo cada vez más París. Porque ya todo es de piedra seca, porque ya no se ven vitreaux, ni edificios con cúpulas. Ya las calles carecen de semáforos, ya la policía no es policía sino que es militar y ya no hay vendedores de libros en las esquinas. Ya no.

Ya, ahora, las tierras son del barrio, del Ghetto y de bandadas de pibes que controlan cada manzana con los mismos códigos de Zé Pequeño en la película Ciudad de Dios.

“Te dije: acá se mea cualquiera. Vos entrás porque existen el fútbol, Messi, Maradona y tu cara de sudaca. Nada más”, me dice, de nuevo, mi amigo. Ya son las siete y en la calle ya no quedan ni mujeres ni hombres. Quedan los que mandan en el Ghetto. Quedan un conjunto de pibes que –según cuenta uno de ellos- pueden hacer que todo se dé vuelta en dos segundos. Que, si hace falta, pueden sacar sus Kalashnikov –un fusil de asalto muy común en la Unión Soviética y que, tras la caída del Muro del Berlín, se vendieron baratos e ilegalmente por todo Europa- y romper todo.

Los pibes pisan el centro de París solamente, y si hace falta, para robar. Ya no van a la Universidad, un poco por la falta de incentivación y otro poco por la discriminación que sienten de parte del parisino común. Un racismo que existió desde siempre, pero que se potenció en 2006, cuando los pibes de los Ghettos bajaron al centro de la ciudad para incendiar autos y generar disturbios. Desde esos días, algunas organizaciones políticas dispusieron una cantidad de negociantes (algo así como un “puntero” acá) para que los calmara constantemente, para que dieran vía libre de circulación a drogas y para que las aguas se mantuvieran calmas.

Turbiamente calmas.

Porque, con la crisis económica, la vida en los Ghettos cada día encuentra más y más densidades. Toman un clima que promete lluvias. Prometen –tal como lo anuncia un pibe de ahí que protesta vía el rap- que algún día se van a cansar y van a salir a dar vuelta todo.

Tan sólo hace falta viajar diez estaciones para volver a la iglesia más literaria de la historia. Para recuperar el aroma a perfume y para volver a la París de la que todos siempre cuentan. Para volver a pararse por encima de esa alfombra que señala fuerte con los dedos, pero que por debajo empieza a tener más y más grietas. Para escuchar que mi amigo, un argentino devenido en parisino, me lo diga con tono más porteño de todos: “¿Primer mundo? Primer mundo: las pelotas”.

Comments are closed.