Nunca hubiera nacido una idea sin el trabajo efectuado un día por el cuerpo

La frase del título se la robamos a Artaud, que poco importa ahora quién fue. De lo que hablamos es de “Industria Argentina. La fábrica es para los que trabajan”, la ópera prima de Ricardo Díaz Iacoponi, estrenada en las salas porteñas el pasado jueves, con Carlos Portaluppi y Cutuli de protagonistas. Esta es la historia de una fábrica recuperada, pero sobre todo es la historia de cómo, cada vez que nos decían que no podíamos hacerlo, nos mentían.

Ricardo Díaz Iacoponi, director y guionista de la película. Foto: Nos Digital.
Alguien dice por ahí que el 2001 no es parte de la Historia de la Argentina, si no de su Presente (sí, con mayúsculas también). Y otro redobla la apuesta, y dice que lo que emergió de ese diciembre es el futuro. Algo de eso sobrevuela el film “Industria Argentina. La fábrica es para los que trabajan”, que no recopila testimonios y análisis con el enfoque documental al que nos tiene acostumbrado el tema. Esta vez, es una ficción la que pone en el centro de la pantalla a los trabajadores, a sus familias, sus miedos y sus sueños, sus emociones y sus cuerpos. Esos cuerpos que son alcanzados por la administración del trabajo a la que nos adiestró primero el fordismo, después el toyotismo, y quién sabe qué otro “-ismo” que nos vaya a sacudir. Pero que, a pesar del disciplinamiento, son también terreno fértil de resistencias y luchas cotidianas, de maniobras singulares y acciones creativas.

Ricardo, director y guionista de “Industria Argentina” empezó en el cine como sonidista. En el 2004, en esa labor, fue que se acercó por primera vez a una fábrica recuperada en Barracas, mientras hacía entrevistas para un documental. “Desde que entré me parecieron muy interesantes las historias de los trabajadores y cómo rememoraban lo que empezaban a conseguir. Enseguida me puse a escribir el guión, que desde el principio me imaginé como ficción. Fue lo que me nació, y también es lo que más me gusta”. Desde esa visita inspiradora, caminó muchas fábricas y el proyecto se fue nutriendo de experiencias. “Lo primero que me impactó, que es lo que quise mostrar en la película, es el cambio de mentalidad de los trabajadores, las dudas que tenían al principio… Les parecía una locura que ellos iban a manejar la fábrica. Y me contaban cómo ahora estaban convencidos, que se habían unido mucho más. Quizás algunos que habían trabajado juntos por muchos años, lograron en pocos meses un vínculo mucho más fuerte”. Se trata de un cambio de subjetividad. En una sociedad de “individuos descarnados”, en la que el cuerpo es un objeto a controlar, el saber que implica el trabajo manual está devaluado.

El panorama es desolador. Estamos en 2002 y hace meses que no pagan en la fábrica. “¿Qué quieren que haga, muchachos? No hay plata”, repite el dueño (Manuel Vicente). Renuncias, amenazas de despido y Juan (Carlos Portaluppi) que le debe plata al banco y que ya no sabe qué decirle a su hija y a su mujer embarazada cuando vuelve a casa sin un peso y con el ánimo por el piso. “En Juan se ve la incertidumbre de los principios del proceso, cuando no se sabía hasta dónde podían llegar, y con los temores que puede tener cualquiera con una familia atrás. – dice Ricardo – Aparece la duda de si ellos van a poder manejar la fábrica, cuando los que supuestamente estaban calificados para hacerlo la llevaron a la quiebra”. El que completa la dupla es Daniel (Cutuli), mucho más convulsivo y frontal, trabajador de la fábrica desde hace 30 años, y muy amigo de Juan. “A los dos los conocía porque trabajaron antes en un corto mío, y enseguida pensé en ellos para estos personajes. Les interesó el tema y fueron conmigo a recorrer las fábricas y charlar con los trabajadores, para interiorizarse un poco más en el proyecto” nos cuenta Ricardo. Y el trabajo se nota. Hay un plano de la intimidad que es rescatado en la película, y que suele ser relegado a los procesos estructurales. Con un fuerte realismo, la cámara nos enfoca en las emociones de los personajes, como ese aspecto sensitivo de la experiencia, constituyente de la vida social, muchas veces relegado al plano de la acción o del discurso. Los vínculos que van surgiendo entre los trabajadores en la recuperación de la empresa no surgen de buenas intenciones o de ideologías utópicas. Ellos inventan los vínculos que necesitan; es una solidaridad concreta, imperfecta y ambivalente, que nace de una nueva cotidianeidad, sin patrón, entre mates y asados, en enfrentamientos con la policía y en las guardias nocturnas.

Otro protagonista ineludible es la fábrica misma, ARLUMAR, una metalúrgica. Ese taller de chapistería que aparece como la imagen de la fábrica “viva” de los trabajadores, que deslumbra con la inmensidad de los balancines, el ruido de las prensas y las chispas de las soldaduras quemando el cuerpo de los operarios. “Yo tenía la idea de que fuera una fábrica metalúrgica. Conocía la Cooperativa 19 de diciembre, que es donde filmamos, que está en Villa Ballester, y que tenía todas las características que yo buscaba” recuerda Ricardo. Después se ríe, y nos dice que además le quedaba cerca de su casa.

“Industria Argentina” se presentó en el Festival Internacional de cine de Mar del Plata; algo inusual en ese evento: a la proyección asistieron cientos de obreros de fábricas recuperadas. “Vinieron cerca de 500 operarios de todo el país; les gustó la película, los conmovió y también se rieron mucho. A partir de ahí, muchos nos pidieron que la mostremos en otros lugares, principalmente a sus colegas, y así la llevamos a Rosario, Corrientes, San Juan…”. Ricardo nos adelanta que durante el 2012, Año Internacional de las Cooperativas, el film circulará por fábricas, escuelas y espacios comunitarios. A rodar, entonces, y seguir rodando.