Fiel alegría desde la angustia

La bandera es azul, la bandera es larga y la bandera está llena de rostros en blanco y negro, caras grises a las que les quitaron el color hace 36 años.

Las manos que sostienen el manto están arrugadas, llevan la marca del tiempo, el dolor de la impunidad y la esperanza de la verdad, la memoria y la justicia.

De repente, para un viejo de bigotes el terror vuelve: “no lo encuentro a Juan”. Cómo que no, le pregunta su esposa. “Sí, no sé, no lo veo. Quedate acá que voy a buscarlo, no te muevas”. No quiere perder a nadie más. El tipo está preocupado, mira para todos lados, levanta la mirada, se pone en puntas de pie, pero nada: Juan no está.

A dónde va Coco, le preguntan a la esposa. Fue a ver dónde está Juan, lo perdimos. La gente desborda las calles, las cadenas humanas para proteger a los viejos de la bandera azul a veces no alcanzan y el caos reina alrededor del trapo. Desde la punta una pelirroja con pañuelo blanco en la cabeza pide el megáfono: “Compañeros, con orden, demos un pasito para atrás, ya vamos a empezar”.

No, pará Tati, pará, pará que no lo encuentro a Juan, se desespera Coco.

Para evitar la muchedumbre el tipo se saca los zapatos y empieza a caminar por la bandera. Con cuidado y sin pisar ni uno solo de los retratos grises se desliza por la lona azul para encontrar a Juan.

La marcha está por arrancar.

“¡Acá está, acá está, lo encontré!”. Coco sonríe, está contento. La esposa se acerca hasta el lugar, le da un abrazo y agarra la bandera.

Juan Domingo Plaza, desaparecido por la puta dictadura el 16 de Septiembre de 1976, en La Plata, por lo menos había sido encontrado por su hermano Coco en una bandera llena de caras presentes.

Cuántos tipos tenés que matar para perder una cara en una bandera.
Cuánta debió ser la angustia para alegrarte por encontrar, aunque sea, una foto de tu hermano.

Simplemente, NUNCA MÁS.