El insuperable comentarista clásico Boris Kindsome

Por Franco Danussi

Conocí una vez, en una fiesta de casamiento, a un hombre de aspecto general y mirada particular, con cara de a ratos infeliz y gestos de mono. Esa vuelta, este personaje de tragedia egipcia llevaba puestos un jean verde, anteojos a la moda noruega y una camisa fabricada –lo supe más tarde- en las Islas Malvinas. La indumentaria era exótica para la ocasión, pero no sé porqué, no desentonaba. Su cara estaba habitada por cicatrices varias y una barba como tejida en alambre. Era inglés y había nacido en Ecuador: uno de esos personajes auto-míticos, altos en arquitectura, feos sentimentalmente, que se ponen borrachos en tres copas para siempre contar una pavada. Hoy está muerto, insepulto, pero su historia es memorable.

Este hombre, que se llamaba Boris pero se hacía llamar Gustavo, que no tenía hijos pero se inventaba una prole más grande que la de Adán, que usaba guantes de cuero – y nunca lo vimos tocar nada, salvo sus cigarros que fumaba cíclicamente-, se había impuesto – yo sé que lo logró casi a la perfección- un proyecto sensato: hablaba solo con citas; de manuales de cocina, de libros proféticos, de recuerdos, por cosas oídas de la televisión. Su Tarea era citar, aludir, señalar, ejecutar serios actos de remembranza. Se jactaba de no inventar nada, y cada vez que abría la boca tenía un panorama exacto de continuación y una fuente para citar al curioso. Cierto es que muchos no reconocían su gracia incontestable y lo tomaban por un erudito, y más comúnmente por loco. ¿Pero donde está la sabiduría que perdimos en conocimiento? De memoria considerable, hombre gigante, nunca en la edad adulta habló por su alma o su cuerpo cerebral. Era el intermediario prolijo entre una idea preexistente y un ente sobre el que la proyectaba: una hoja, una computadora, una persona, un auditorio. Citaba a automovilistas, a jugadores de póker, a astronautas, a verduleros, a metafísicos, a golfistas, a políticos conservadores, a rabinos y sementales, a estrellas underground del cine y a Aldous Huxley: esos eran los elementos más destacados de su catálogo. Un hombre lúcido se encarga de fabricar frases acordes a su carácter; él, intransigente, creía que la lucidez era una forma enfática del recuerdo. Altísimo gesticulador, conversador erudito, encantaba a las mujeres. Sin embargo, nunca le conocimos ninguna. Un tío mío soltó la idea de que era homosexual, pero que no consumaba –fóbico al profiláctico- por miedo al contagio viroso. Por unos meses se instaló la fortuna de que era, en verdad, y esto explicaba muchas cosas, asexuado. Pero esa condición lo acercaba a un dios y nadie concede tan baja perspectiva por un tiempo prolongado a un familiar querido. Distintas hipótesis se barajaron hasta lo hora de su muerte. Hoy nadie se anima a pedir la autopsia.

Supimos que era profesor y que sus alumnos lo apreciaban. No dictaba una materia, no ejercía en un colegio. Despreciaba las universidades; aseguraba que si ingerir conocimiento puede ser un hecho sano, seguramente esa felicidad no se encuentre entre los carcomidos programas de un edificio tecnocrático ni en las tediosas aulas con fiera luz de orfanato. Su recinto de doctrina era uno de los dos semi círculos de mampostería de la plaza Congreso, donde, cohabitado por algo de basura y al aire libre, supo acumular con la palma de los años una larga serie de discípulos, hoy elementos dispersos y destacados por el globo que en las más altas casas del nuevo estudio perpetúan su escuela. Es fama que el primer comentario a sus alumnos, comenzado un nuevo ciclo académico, era:

“El espíritu humano se siente inclinado naturalmente a suponer en las cosas más orden y semejanza del que en ellas encuentra; y mientras que la naturaleza está llena de excepciones y diferencias, el espíritu ve por doquier armonía, acuerdo y similitud.”
A su estilo, había publicado tres libros. La filosofía platónica sugiere que nuestro conocimiento terrestre no es más que una copia mal ejecutada de la Idea Mayor, del Arquetipo; que la acumulación arbitraria de ideas -a la que tan bien se dispone el hombre posmodernista, como dicen los ridículos- no trae sabiduría, y que estos catálogos siempre desordenados no son más que parciales recuerdos de la Buena Fortuna, a la que no accedemos nunca. Para Boris Kindsome, ejecutor perpetuo del plagio ornamental, pretender la novedad intelectual era idiota: todos los hombres repiten, a su tiempo, lo que otros, ya enterrados, ya saqueadas sus tumbas sus esqueletos, ya olvidados sus nombres sus alfabetos, ya desterradas sus costumbres sus miserias, deformadas sus virtudes sus variantes, dijeron o prefiguraron o escrituraron o comentaron mientras la Electricidad Cósmica les otorgaba el Soplo. Conciente de que no somos más que tristes repetidores de ideas anteriores a nuestra constitución, Kindsome eligió el camino del virtuosi: ejercer su arte con maestría.

Dije que conocí a Boris en una cena de casamiento. El engañado de ocasión era un primo mío, que -después de egresar sin pena ni gloria de la Facultad de Derecho- creyó necesario adjuntar a su carnet de condenado una de esas mujeres que solemos confundir fácilmente con las muñecas blancas y rubias diseñadas por tres científicos alemanes en las afueras de Rotterdam. La mayoría fumaba marihuana para aburrirse y las conversaciones giraban, cuando no se bailaba, sobre las novedades de la gula, los partidos de fútbol, los cornudos del viejo arte moderno y algunos cultivos de moda. En una mesa apartada, ajeno al baile, a la comilona, al saludo obligado con gente que no quisiéramos ver nunca, Kindsome fumaba tabaco armado al grosor de un choclo. Liquidadas dos botellas de vino, yo estaba preparado para cualquier evento; me acerqué al personaje. La cortina de humo que hacía de antesala a su encuentro le daba un aire espectral, como de aparición morbosa. Cuando me interné en su nebulosa, por dos o tres segundos anduve con la vista bloqueada, pero seguí camino hacia donde imaginaba que estaba sentado. De repente, la claridad: Boris fumando -¡y qué fumador, qué capacidad pulmonar, qué exhalaciones, qué volutas de tóxicos rodeándolo, qué postura como de visionario, qué impresionante capacidad para el goce de ese antiguo placer traducido en la cara, en una expresión como de superhombre!- dormido. El ritual de un fumador siempre es particular y no se repite nunca, nunca, dos veces. Desde los gestos de asentimiento al inspirar hasta el encendido, el apagado, la exhalación, el encorvamiento y el golpecito para que caiga la ceniza, la liturgia es única y conviene siempre a la simulación. ¿Pero qué simulación puede pretender un dormido? Un cenicero sobre el bulto era suficiente para evitar el incendio. Agotado el cigarro, Boris se despertó. Con las manos enguantadas y todavía torpes buscó renovar el flujo. Lo interrumpí. Me miro y dijo: “Gusano”. Cerró los ojos. Lo sacudí. Al rato éramos buenos amigos. Descubrimos que teníamos un lazo sanguíneo lo suficientemente lejano como para no tener que odiarnos necesariamente. Vivía solo. Tomamos la costumbre de visitarnos una o dos veces por semana. Ese verano, juntos, fuimos de vacaciones al sur.

Habíamos alquilado una cabaña por un precio ridículo en el medio de la montaña, a pocos kilómetros de San Martín de los Andes. El dueño nos advirtió antes de dejarnos que ocasionalmente se generaban tormentas imposibles, pero que no nos preocupásemos en exceso; que procurásemos quedarnos adentro y no íbamos a tener ningún problema. Lo tomamos por un imbécil y lo dejamos ir, así de fácil. Los primeros días fueron, para Boris y para mí, generosos. Pero, ay, imagínense la locura y la molestia, lo enfermizo y lo intolerable, la tendencia a querer escupir en la cara a un hombre que cita y cita todo el tiempo, tanto por los beneficios que le daba la contemplación de un evento cualquiera como por los gemidos de su masturbación o al golpearse contra una mesa o en las discusiones diarias. Un arroz pasado traía como reprimenda un pasaje de la “Fisiología del gusto” y en sus días de mal humor era habitual que me censurase con fragmentos de “El renacimiento inglés del arte”. Aunque justo, era insoportable. ¿Qué polemista podía luchar contra él, que tenía más tomos en la cabeza -ordenados y bien dispuestos- que cualquier biblioteca digital, barrial o de municipio? Lo traté de convencer muchas veces con argumentos vencidos, que eran, de alguna forma, los mismos que él utilizaba. Me pasé una noche entera con la firme intención de hacerle creer que su compulsión por las citas era una manera de tener condensado a su inconciente en un cajón sin llave de su corpus mental, procedimiento de represión por el cual bloqueaba a la figura paterna y desplazaba la frustración de una mala relación infantil con un orden experimental en el que no había cabida para el error, porque todo era repetición. Cuando terminé mi exposición me di cuenta que Boris estaba dormido –seguramente desde los primeros minutos- y además estaba fumando. A la mañana siguiente, con una valija en la mano, le dije: “Me voy, no te aguanto más.” Y con una melancolía que me pareció accesoria le tiré la sentencia que creía final; le dije con la mayor de las gracias y mientras abría la puerta: “Andate a cagar, forro.” Me miró y se rió. Mi decisión era tan firme que me pareció lo único en mi vida de lo que no iba a arrepentirme. Pero no sé como, diez segundos después, estaba otra vez adentro de la casa. El insuperable, para que me quedara, me convenció con una exhortación notable de dos horas repleta de alegorías, creo que original de Juan Escroto Erígena.

Esa misma noche, sentados en una sala, fumando en sillones enfrentados, veíamos la lluvia golpear de costado los ventanales. Uno tras otro, los truenos tronaban en nuestro torno. Estábamos tomando un café fuertísimo; nuestro plan era mantener la vigilia hasta que pasara la tormenta. Yo, con las ventajas que me daba el amago de partida, lo estaba molestando; insistía para que recurra a alguna originalidad, para que se haga cargo de un invento, de una novedad, demasiado convencido de que el curso de su vida iba a dar un giro excitante y que más tarde me lo agradecería. Tanta fue mi intensidad en el reproche, que exaltado, me dijo: “¡Sos un loco, y cuánto, cuánto, me gustaría que te callaras, al menos esta noche, y me dejes tranquilo, bocón, bocón, molesto!” Después, se quedó mudo. Supongo que buscó en sus registros, y buscó, y siguió buscando. Cuando se dio cuenta que no había citado, que había insistido en una frase nueva, se le paró el corazón. Así dejó este mundo el insuperable comentarista clásico Boris Kindsome.

Traje el cuerpo a la capital, envuelto en mantas. Nunca avisamos al registro civil de su defunción. Hoy, con su documento en la mano, afirmo que cumpliría noventa y tres años. Una vez llegó una carta documento de una editorial acusándolo de infractor de copyright, pero un abogado amigo despachó el asunto con maestría. El cadáver lo guardamos en la casa de mis abuelos, en una vitrina monumental, conservado químicamente. Algunas veces nos sentamos a la mesa y nos quedamos pensativos, mirándolo. Nadie dice nada, apenas se mueven los cubiertos, la sal se pide con gestos: sabemos que mientras esté él toda articulación será escasa, y además nos achica su mirada helada, que da miedo e invoca silencio. Debajo de su cuerpo, escrito en tinta china, se lee el epitafio: “El plagio es necesario. Está inscrito en el progreso”.

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