Con Obama la dignidad no se negocia

La pregunta no va a ser fácil de responder en ningún momento, pero aún así no va a perder su transfondo: si el sonajero del payaso repite con constancia la misma mierda, ¿es un error político o es una diferencia ideológica?

Así, la frase –vale aclarar- parece una huevada. Pero, quizás, no lo es.

En las últimas semanas, con el paso rutinario de la Cumbre de las Américas que se llevó a cabo en Cartagena (donde se reunieron todos los países que pudieron asistir y se ausentó uno que no estuvo invitado), volvieron a aparecer aquellos que hablan de Cuba –el no invitado- como un símbolo de otra época, como un detalle religioso. En los mismos pasos, fueron resurgiendo militantes del planeta progresista que se refirieron a la Isla como ese territorio que, simplemente, no molesta a nadie (de la misma forma en que esas organizaciones ponen banderas con la cara del Che Guevara porque, a esta altura, no pareciera molestar a nadie). En ese mismo recorrido, fueron muchos, bastantes muchos, los que se indignaron porque no se firmó un acuerdo común tras la Cumbre. Pero pocos, muy pocos, fueron los que se indignaron porque ese acuerdo no se firmó porque, una vez más, los Estados Unidos se negaron a levantar el bloque económico que sostienen contra Cuba.

Los diarios argentinos dijeron: “El acuerdo no se firma por Cuba”. Y se hizo silencio. Fue curioso, pero luego de que muchos presidentes de América –incluso Juan Manuel Santos, el mandatario colombiano, quien fue uno de los que diagramó la política aniquiladora de Colombia, bajo la presidencia de Álvaro Uribe, donde todavía hay 50 mil desaparecidos- se manifestaran a favor de levantar el bloqueo, la situación siguió igual: simplemente, no hubo acuerdo porque Barack Obama aseguró que su país no iba a cambiar su idea sobre qué hacer y qué no con Cuba.

Todo, entonces, siguió igual.

La Isla a la que todos usan para limpiarse el cuerpo lleno de mierdas, sigue bajo un durísimo bloqueo. La Cumbre terminó igual, con todos agarrados de la mano y con una danza de cuartos intermedios en lo que se discuten son negocios. Pero eso no fue lo único que llegó a Argentina. El día siguiente a que terminaran las reuniones, el canciller Héctor Timerman se aventuró en declarar: “Obama no podía entender las tapas de Clarín y La Nación”. El mismo personaje que sostuvo fervientemente la política internacional del aniquilamiento de un país (el ejemplo puede Cuba, pero también puede ser cualquiera de Medio Oriente de los invadidos el año pasado) se volvió el hombre clave para defender los intereses políticos internos de Argentina.

Mientras tanto, mientras se quedó afuera, Cuba fue declarada por Unicef como el único país de América Latina sin desnutrición infantil, cifras parecidas a las que tiene en relación al analfabetismo. Ninguno de los países que estuvieron en esa Cumbre pudieron recibir el mismo gesto. Sí pudo hacerlo la Isla a la que todos usan, pero pocos, en definitiva, respetan.

El sonajero del payaso, entonces, repite la misma bosta. Que Cuba no molesta a nadie. Que Cuba es el recuerdo de una Revolución. Que sirve para separar unas aguas que, en lo cotidiano, no le cambian nada a nadie. La pregunta vuelve a tener sentido: ¿se trata de un error político o es una diferencia ideológica?

Vaya uno a saber. Pero en Cuba está claro que con la mierda estadounidense no se negocia. Porque, en definitiva, lo que nunca se negocia es la dignidad. Eso sí es ideológico.