¿La alegría brasileña?

Buscando si la felicidad brasileña se traslada a los estadios, un corresponsal nuestro hizo una gira futbolística por San Pablo. De tanto mirar, nos quedamos con el relato sobre un Corinthians contra Botafogo. Un gran clásico.

Imagen: Nos Digital.

Desde el primer minuto en que pisé San Pablo me dieron ganas de ponerme el traje de los cazadores de mitos y averiguar si la alegría, en una cancha de fútbol, era sólo brasilera o no. Tanta manija le han metido al mundo entero con su pentacampeonato y su zamba carnavalera que, nadie sabe bien por qué, se han quedado con el concepto entero de lo que es una fiesta futbolera. Con más ganas de desmentirlo que de ratificarlo, nobleza obliga, un argentino, una vez más, se emprendía en la tarea de cuestionar la hegemonía brasilera sobre dos aspectos fundamentales de la vida: la fiesta y el fútbol.
Bajé del micro en la estación Barra Funda Paulista y de toque pregunté en defectuoso portugués: “Onde ta a estadio mais perto de aquim” (“Dónde esta la cancha más cerca de acá?”, quise decir). Recibí la respuesta por parte de una garotinha que poco había entendido: “Eu acho qui e Pacaeumbú ta perto, 40 minutinhos a pie”. La muchacha anonadada me había dado el dato: el famoso estadio municipal del Pacaeumbú estaba ahí nomás y como si eso fuera poco dentro de una horita había partido: Corintihans vs Botafogo. Era la mía, tómalo o déjalo, ese momento o nunca. Agarré viaje.
Decidido a postergar mi llegada al hostel me empeñé en resolver que carajo hacía con las valijas. Llevarlas a la cancha no era una opción. La terminal era monstruosamente grande, al estilo paulista, y razoné que debía haber de esos lockers para guardar equipaje por 24 horas. Dicho y hecho, señores, allí estaban. Por nueve reales la solución a mi primer problema estaba resuelta.
Salí de la terminal, empezó la odisea. Sin la más mínima idea sobre que calle agarrar, seguí preguntando en un constante y precario portugués. Que es para allá, que no sé, que es para acá, para la izquierda, la derecha. Mucha vuelta, me perdí 100 veces. Casi resignado decidí preguntarle a un muchacho pelirrojo, con doble arito en ambas orejas y que, sin ser prejuicioso y siendo algo egocéntrico, me miró con cariño. Me dijo que debía pasar por debajo de un puente y que cuando todo me haga pensar que tenía que salir de ahí, tenía que seguir. Polémico. Lo pensé varios minutos y entré por debajo del misterioso camino. Al toque nomás empecé a ver varias personas con la camiseta del Corinthians y, ahí sí, bajé un cambio.
Seguí caminando largo rato por el puente y noté miradas extrañas y reiteradas hacia mi persona. Tanto de los vendedores como los cuidacoches y hasta los mismísimos hinchas. Claro, tenía la camiseta de Uruguay. Un argentino en Brasil con la camiseta de Uruguay, qué mezcunje. Soy un fenómeno, pensé, como un boludazo les estoy haciendo acordar a medio Brasil la vieja historia del Maracanazo. No podía ser tan grave, habían pasado muchos años ya, pero el público futbolero me fulminaba con la mirada. La otra opción era la de tener mucha pinta de gringo extranjero, pero… si bien no soy un brasilero de pura cepa, tampoco la pavada. Así que con la duda de ser observado y con la certeza de estar exagerando seguí caminando al Pacaembú que ya estaba a unas pocas cuadras.
Antes de llegar me compré una lata de birra, por tres reales, una ganga. Fría y deliciosa me acompañó hasta donde entendí que mi día de cancha se terminaba. Pregunté bien simple: “¿Cade pra comprar os tickets?”. Un muchacho bastante fachero me contestó con cara burlona: “Fazendo issa cola” ¡Madre Santa! Daba tres vueltas a la manzana. Totalmente imposible comprar una entrada. Faltaban 10 minutos para que los tipos salieran a la cancha y yo tenía que hacer cuadras y cuadras de cola. Con la resignación a mis espaldas me fui asomando hasta el comienzo de la fila que, por gracia y obra de la desorganización futbolera, no estaba con vallado en ninguna de sus partes. Entonces, muy nervioso y con miedo de que me pesquen me fui asomando, como quien no quiere la cosa. Estaba ahí nomás, a un paso, pero no me animaba. Me daba un miedo tremendo que se aviven de atrás y que me lleve la paliza de vida a tan solo 30 minutos de haber arribado a San Pablo. Claro, decía yo, con la camiseta de Uruguay, me llego a colar y se dan cuenta que soy extranjero, y encima argentino, estoy listo, cobro para campeonato. Para colmo el muchachote que tenía atrás estaba sacado de las grandes ligas de lucha libre. Qué negro, mamita. Dos metros para arriba y uno para los costados, con una camiseta violeta pegada al cuerpo y con anillos en todos los dedos. No era el mejor candidato para entrar en conflicto. Dejé pasar al moreno y di el pasito al medio. Ya estaba en la fila, oficialmente. A tan solo unos pasos de entrar en la zona de las ventanillas. Qué duro que estaba, caminé lo que faltaba muy tenso, rogando que nadie rompa el silencio al grito: “El blanquito se coló”. Cuando me tranquilicé ya estaba comprando el ticket, el más barato, de 15 Reales en una zona apodada “El Tobogán”. Nunca supe el por qué del nombre, pero poco importaba porque ya estaba a pocos segundo de entrar y ver el partido.
El tobogán quedaba en la otra punta de la cancha, así que corrí para no perderme ni un minuto, pero fue imposible. A la mitad de la subida del morro, porque el Pacaembú está incrustado en el medio de un morro, la hinchada se hizo escuchar: había empezado. Le metí un sprint final tremendo para perderme lo menos posible, pero en el camino le pegué un derechazo con el dedo menique a una valla de metal que mi pie vestido de ojotas lloró con un sangrado permanente. Un garrón. Pasé el ticket por el molinete, subí las escaleras en estado de desesperación, hice contacto visual con el verde césped y gol de Adriano. Así nomás.
La gente festejaba a lo loco. La vaca del gol hacía saltar a grandes y chicos en el Pacaembú. Fue una linda imagen, hay que reconocerlo. Una banda de 4 pebetes se abrazaban y saltaban y reían sin parar. Y, sí, me sacaron una sonrisa, una emoción. La gente vitoreaba al “Emperador” cantando algo así como “Ohhh, ohhhh, ohhhh, Todopoderoso du Gol”. El viejo crack brasileño, que supo meter goles de todos los colores había metido un gol muuuy fácil de hacer, con el arco libre, al modesto Botafogo Paulista. Aquel tipo que fue un crack, no se puede mover en la cancha, está muy ancho, se mueve poco, pero si te pone el cuerpo, olvídate. Además, la técnica, dicen los que saben, nunca se olvida. Con la 10 bien ancha en la espalda, Adriano se llevó todas las ovaciones. Aunque tuvo dos más, casi tan fáciles como la del gol y las erró, pero siguió siendo para la hinchada el “Todopoderoso del gol”.
Lo demás no fue nada especial. La mayor parte del partido la gente reaccionaba a estímulos puntuales del juego. Si había falta gritaban “ehhhh”, si había un casi gol tiraban un “uhhhhh”, si había una buena jugada se escuchaba un “ohhhh”, si una buena idea terminaba mal venía un “ahhh”. La típica. Pero no hay un cantar constante. Para nada. Sólo se escuchaba desde la tribuna de enfrente a un pequeño grupo, que uno supone que es la barra, cantar seguido y muy de vez en cuando el resto de la cancha se sumaba. Y todas las canciones, perdonen garotos, eran poco producidas. Compuestas casi en su totalidad de onomatopeyas. Muy poca producción con respecto a lo que uno está acostumbrado domingo a domingo. Un ejemplo: “Ohhhh, ehhhhh, ahhhhh, valeu Corintianhs”. O: “Corintianhs, Corintianhs, Corintianhs”. Pero poca composición. ¿La zamba? No la vi, ni noticias. Banderas había, pero no muchas. Lo que sí impresiono fue un gran telón que cubrió mi cabeza por sorpresa. Copaba toda la tribuna en la que yo estaba. Realmente enorme. Pero era un telón negro, lo cual, acá, se sabe, está mal visto. O los hinchas del Corintianhs están muy verdes o allá no es semejante problema.
Tan interesado estaba en obtener mis conclusiones a cerca de la fiesta futbolera que había olvidado un punto fundamental. Por qué la gente me seguía mirando tan mal. Cuando me acordé, volví la mirada al campo de juego y vi la bruta realidad: Botafogo vestía con una camiseta completamente celeste. Mi movimiento fue automático: me saqué la remera uruguaya en un periquete.
El partido no tardó en finalizar y la gente seguía ovacionando al gordo Adriano. Por mi parte, con el torso desnudo y mojado, por la oportuna tormenta que se largó saliendo de la cancha, me quedé tranquilo: la alegría no es tan brasilera.