El retorno del Rey

Segunda entrega de Revoluciones en la preindependencia americana. Tiene lugar en América Central, en un rincón de la península de Yucatán. El valor de la resistencia al poder colonial español desde la experiencia de un lider mesiánico.

Dibujo: Nos Digital.

Para fines de 1761, un extraño personaje comenzaría a dar que hablar en la península de Yucatán. Que podía volar y revivir a los muertos, que era el rey Moctezuma que volvía para reclamar sus tierras como profetizaban los textos sagrados, que era mayordomo de Jesús de Nazaret, como él mismo se presentaba. Todo esto y más se decía sobre Jacinto Canek, líder del levantamiento mesiánico que alborotaría la vida colonial en Centroamérica y pondría de rodillas a más de un español.

Jacinto Uc de los Santos, o Jacinto Canek para la posteridad, fue un peregrino, un transeúnte que vivía de mendigar ofreciendo a cambio su don de la adivinación, de la medicina y la magia. Una rara figura que deambuló por todo Centroamérica y el Caribe dándose a conocer como chamán o  como mismísimo servidor de Jesucristo. Pero su nombre no habría sobrevivido al paso de los años si el 19 de noviembre de 1761 no hubiese entrado a la ciudad de Cisteil en Yucatán –actual México- proclamando el fin del gobierno español y el inicio de su reinado, con tan solo 30 años y ninguna ligazón con las elites mayas.

Pero, por qué creerle, se preguntaban los mismos lugareños. Canek, se encargó de desvanecer las dudas, primero quemando los recibos del pago de tributo, luego proclamando que todos los bienes del gobierno colonial le pertenecían. Solo un rey se hubiese osado a confrontar y atacar así a los conquistadores. Su oratoria y sus conocimientos como chamán terminaron de quitar cualquier indecisión. La primer medida que tomó fue la de ordenar matar a todos los chanchos, ya que estos seres inmundos contenían las almas de los opresores y mediante este sacrificio les permitirían a los guerreros asesinar a sus contrincantes. Por último, sería proclamado Emperador en la iglesia local, colocándose en su cabeza la corona de la misímisima Virgen María. Se iniciaba así la lucha por el poder regional.

Las causas del levantamiento tienen que ser vistas tanto en clave económica, como político-cultural. Es verdad que los indígenas estaban sumidos en un régimen de explotación y opresión muy alto, acosados por pago de impuestos, trabajos rotativos e incluso pérdidas de tierras comunales en manos de las elites criollas, proceso revitalizado en la segunda mitad del siglo XVIII. A esto se le debe sumar la concepción maya del tiempo: no se trataba de una línea recta evolutiva, sino, al contrario, era cíclica, donde las eras y los hechos se repetían una y otra vez. De modo que la conquista española habría de acabar para volver, otra vez, a la dominación maya. Durante la rebelión no “estaban resistiendo a la autoridad; la estaban reclamando para sí mismos.” (pp. 7, cap. 1)

El primer intento de represión sería desastroso: un mísero contingente de veinte españoles armados intentaron entrar a Cisteil. Solo cuatro se salvaron. La victoria no haría más que reforzar la popularidad del nuevo monarca, generando pequeños alzamientos y acciones colectivas en todo el sur mexicano. El temor de las autoridades coloniales, las elites podían perderlo todo en manos de sus sirvientes naturales.

Mientras tanto, Canek organizaba su gobierno, nombrando capitanes, sacerdote, administradores. Nacía un poder paralelo. Y a montones, campesinos, artesanos y comerciantes indígenas llegaban a la zona para mostrarle sus respetos y su obediencia. Las filas del ejército se ensanchaban a cada minuto. ¡Había que defender los triunfos obtenidos!

Siete días habían pasado antes que llegué la batalla decisiva para ver cuál de los dos grupos sería el que monopolizaría el poder. Esta vez, las fuerzas dela Coronallegaron al campo con quinientos efectivos y dos cañones. Frente a ellos, los soldados del nuevo Rey Moctezuma, los esperaban con machetes, palos y hondas…

El olor a pólvora inundó el ambiente. Los soldados coloniales habían sido informados por un espía sobre el punto débil de la fortificación de Cisteil y éstos, la aprovecharon. El enfrentamiento había culminado. Los siguientes días fueron dedicados a la búsqueda de fugitivos, su enjuiciamiento y posterior encarcelación o ejecución. La suerte para Jacinto Uc de los Santos Canek no fue la mejor: atado de cada extremidad, sería atacado con azotes y cuchillas hasta su muerte. El cadáver, expuesto, pensando que tal vez así, los indígenas jamás volverían a reclamar el gobierno para sí mismos.