Resistencia anónima

Una historia mínima como tantas sin reconocimiento que, durmiendo en la memoria de sus protagonistas, esperaron el momento para ser contadas. Jorge Abraham conservó durante décadas documentos del Ministerio de Economía que la dictadura quiso quemar, pero jamás pudo encontrar. Protagonista, relator y custodio de un pedazo de la Historia nacional.

Foto: Nos Digital.

Hoy lo cuenta, relajado. Mezcla sorbos de café con palabras y se ríe de los rótulos. Dice que a él le queda mejor lo de anónimo que lo de héroe. Y mientras habla, mira para arriba, intenta acordarse de algunos detalles, gesticula. Se sitúa en la historia, logra también que el otro haga el viaje, recrea la atmósfera de aquellos días. “Era el 23 de octubre de 1977”, dice Jorge Abraham. “Yo trabajaba acá, en el Ministerio de Economía”.

“Había entrado hacía 8 años, durante la presidencia de Onganía. Me desempeñaba en el Instituto de Planificación Económica, que se ocupaba, justamente, de planificar los recursos de las provincias. Hacíamos estudios, y a partir de ello decidíamos si invertir en una ciudad,  en otra, o en algún pueblo. Eso hacíamos hasta el 23 de octubre. Ese día nos llegó el rumor: la oficina se disolvía  y un enviado del Gobierno iba a venir para quemar todos los papeles. Iba a venir y decir: ‘¿Saben qué, muchachos? Lo que ustedes hicieron, todos esos datos que ustedes recolectaron, todo eso no sirve para nada’. Iba a decir…iba a quemar todo…”.

El Gobierno era la dictadura. Eran Videla, Massera y Martínez de Hoz. Y era también Manuel Solanet, secretario de Hacienda. Él manejó las finanzas durante la guerra de Malvinas. Él decía que la Nación no tenía por qué ocuparse de cosas menores, que las provincias tienen sus recursos y que pueden cuidarse solas. Ese 23 de octubre, él había tomado la decisión, pero en un pequeño despacho un hombre se había enterado. Eran las 11 de la mañana. “Venían a quemar los papeles”.

“Entonces, pensé: ‘no puede morir así, entre las llamas, el trabajo de tantos años”. Ahí estaban los resultados del Plan Trienal de Cámpora, los números de la tercera presidencia de Perón, todo lo que se había hecho en los ‘70. Había mucha historia. Pero quedaban sólo tres horas. Entonces, empecé a buscar lo más importante, y lo metí todo en un armario chiquito. Había tres en la habitación: dos eran grandes; en el otro empecé a poner todo lo que iba rescatando”.

“Y, de repente, tocaron la puerta. Le dije a un compañero: ‘andá, distraelo’. Y  empecé a pegar papeles en blanco sobre las puertas del armario, que eran de vidrio. Era un mamarracho, pero no se veía nada de lo que había adentro”.

“Entonces el tipo entró. Yo lo conocía, lo había visto un par de veces. Sacó los papeles de los armarios grandes, y los puso en una especie de carretilla. La Nación no se ocupa de las provincias. Y miró el armario chiquito, y me miró a mí. ‘Es personal’, le dije. Y una duda, un instante, un ‘me descubrió’. Pero el tipo siguió de largo. Y ahí, escondidos, siguieron los papeles”.

“Hasta 1984, cada vez que me cambiaron de oficina, me llevé esos papeles conmigo. Eran mi secreto. Y ese año, ya en democracia, los pude llevar  a la Biblioteca del Ministerio. Ahí están hasta hoy, y hasta hoy cualquiera los puede consultar”.

Es lunes. Es 2012. Son las 8 de la mañana y Jorge está en su oficina. Trabaja en el Ministerio desde hace 42 años. Lo conoce de memoria. “Estoy en la Secretaría de Política Económica y Planificación del Desarrollo. En 2003, el Gobierno volvió a ocuparse de las economías regionales y en ello trabajo ahora”, dice. De un cajón saca dos pocillos, también una cafetera. El hombre que salvó de la Inquisición ocho años de economía argentina agarra un sobre de azúcar y pregunta: “¿Qué tal si mientras lo tomamos, voy recordando la historia?”.

Comments are closed.