La paz se haga con Gillespi

Su gracia llegó a la codiciada mañana de la Rock and Pop y eso no se dio de casualidad. Una día entero con Marcelo Gillespi permite ver cómo vive ese hombre que alguna vez tocó en SUMO, usando una trompeta que tenía cocaína en su boquilla. Sirve para entender qué le gusta y qué no a este personaje que habla con León Gieco como con un hermano.

Foto: Gentileza Gillespi.

Unos meses antes de que Mario Pergolini diera por terminada finalmente su relación con la Rock&Pop y obligara a sus autoridades a reestructurar la programación, Marcelo Gillespi todavía comandaba “Falso Impostor”, de 19 a 21. En 2012, sin embargo, el trompetista fue el elegido para llevar adelante el despertar mañanero: conduce “La almohada maldita”, de 6 a 9, por la misma emisora. De aquellos días de noviembre, cuando los contratos estaban aún por resolverse, es esta crónica.

“Sonrían, que se vean los dientes. Demuestren que tienen buenas obras sociales”. En uno de los estudios de radio de la Rock and Pop, se fotografían juntos dos talentos con culo inquieto. Después de una entrevista surtida y un programa de luxe, todavía les cuesta separar los labios. León Gieco tiene sobre sí dos pares de anteojos. Uno colgado al cuello, que minutos antes usó para ver en la pantalla de una computadora una foto sacada en la casa de Charly García, y otros oscuros, de sol, con los que eligió retratarse. Pero ésta no es una crónica sobre León Gieco. Es una crónica sobre el hombre que ahora lo está abrazando y que durante las últimas dos horas lo motivó para que suelte anécdotas inverosímiles, esas que por las contracciones que produce la risa, ejercitan la panza más que una clase de aerobox. Marcelo Gillespi rodea a Gieco con el brazo y, reaccionando ante la arenga que ambos reciben para abrir la boca, finalmente, ríe.

Es miércoles 30 de noviembre y falta un día para que se cumplan diez años del decreto que anunció el Corralito de 2001. En el primer piso del célebre edificio con ladrillos a la vista de Freire 932, más allá de la sala de producción y del triángulo que forma el cuarto de operación, la gente de la 95.9 es gente con calle, con noche y sobre todo, con historias. Tipos (la mayoría hombres) que vienen acumulando experiencias rockeras desde los veintitantos y que hoy sirven como herramientas de trabajo for export y para matar de envidia a los oyentes. Los más antiguos son jovatos o padres cancheros que todavía usan zapatillas de lona y extrañan Cemento, pero que también han sabido conservar su frescura y sentar cabeza. Los más jóvenes empezaron escuchando la radio y se acercaron, enamorados del desparpajo contenido de la fm, en donde es común que se fume algún que otro porro. Claro, todavía es la Rock & Pop.

Un reloj anuncia las siete de la tarde. Empieza “Falso Impostor”, el programa que lleva adelante Gillespi desde el 2007 y que, a esta altura, es un tiro al blanco seguro para competir de manera firme en el horario de la vuelta a casa. En las paredes hay colgados afiches de Spinetta, Franco de Vita, Pappo y Bob Marley. Pero el póster más grande tiene la cara del nuevo sex symbol adolescente: el hombre lobo de la saga Crepúsculo. Alguien le dibujó un moco con lapicera azul.

Frente a la luz roja que marca el aire, cables de distintos colores comunican los tres micrófonos con el centro de la mesa y con las consolas del exterior. Gillespi, su Watson del éter, Pepe Terminiello, y León Gieco, que hoy vino a presentar su último disco (“El desembarco”), parecen estar en el balcón de un amigo, rememorando cuentos y tomando mate con las botamangas arremangadas y los pies en una palangana. Es sólo una imagen, un delirio ficcional que les cabe perfecto.

Antes de estar al frente del programa que obtuvo su nombre de un capítulo del Superagente 86, desde donde les manda luz a los oyentes que se la piden al grito de “¡Les mando luz!”, el prócer radial (aunque alejado de la levita) que es Gillespi estuvo al mando de “Gillespi Hotel”, en la misma radio, pero agitando la madrugada. Y, previo a eso, participó junto a Carlos Barragán y Jorge Halperín en “Aunque parezca mentira” y en “La siesta inolvidable”, ambos por radio Mitre (AM 790). También acompañó varias temporadas al extrañado Adolfo Castelo en “Mirá lo que te digo”, y a Gonzalo Bonadeo en “Rock and Gol”, por La Red (AM 910).

Gillespi tiene la risa fácil. Y cuando la usa suena escalonada: empieza débil y va subiendo niveles. Un videogame. Sacude toda su caja torácica de arriba a abajo y busca complicidad en Terminiello, a quien relojea para chequear que comparte el disfrute. Es que después de historias como las que narra Gieco, pocos podrían contenerse.
– La última vez que vino U2 a la Argentina, yo estaba comiendo unas cositas y viene una china que hablaba inglés y me dice que Bono me quería conocer. Cuando nos juntamos, me propone: “Toquemos algo de John Lennon”. “Pero yo no hablo inglés”, le aviso.

Gieco estaba nervioso, dice. Faltaban diez minutos para el show y no había nada definido. Hasta que se le ocurrió cantar “Sólo le pido a Dios”, una canción que Bono había intentado tararear en un recital años atrás con las Madres de Plaza de Mayo. “¡I love that song! ¡Perfect! ¡Mercedes Sosa!”, se entusiasmó el irlandés. “¡Pero la canción es mía!”, lo informó Gieco. Una vez finalizada la performance, sobre esa nave súper espacial que es la escenografía de U2, Bono sacó a relucir su picardía y le dijo al promotor de Mundo Alas: “¿Te creías que venías a ver a U2 y a chuparte unos vinos, no?”.

Van al corte y la charla se vuelve picante. Hablan de que Gieco era el pibe que mandaba los télex de Cámpora a Perón en Puerta de Hierro, en su exilio madrileño. Y de que se dio cuenta hace poco a través de un libro de Miguel Bonasso. El cantautor confiesa que cuando escribió “Si un traidor puede más que unos cuantos, que esos cuantos no lo olviden fácilmente”, se refería a Perón.

“Usted no escriba nada de todo esto, eh”, me amenaza Gillespi de forma lúdica. Tiene la barba y las pestañas rojizas, la piel blanca y un mini lunar con relieve debajo del ojo derecho. La remera negra que lleva puesta, de la banda Fierro y Cruz, tiene una estampa de unas alas arrancadas de la espalda de algún ángel metalero. Está gastada a la altura de los omóplatos.

Un cenicero redondo recibe los restos de cigarrillo que deposita cada dos por tres con su mano zurda. Con cada una de sus sílabas, el humo choca contra el micrófono y se esparce. Terminiello nota que se manchó con sangre la campera y no sabe cómo. Nunca se dará cuenta de que la herida está en su codo.
– Uno de los programas más lindos de los últimos años. Voy a transcribir este reportaje, voy a escribir un libro y lo voy a firmar yo, le advierte Gillespi a Gieco.
Sabe que no es necesario. Tiene sus propias historias border.

Faltan dos minutos para las 21. Un productor con bigote de sheriff hace señas para apurar el cierre del programa. Gillespi se despide y el resto del staff entra al estudio para cenar la comida encargada del delivery que les toca los miércoles.

***

Camino a un cajero automático de Colegiales, quien acompañó las venganzas terribles de Alejandro Dolina del 2007 al 2010, es simpático. Recién nos conocemos y ya me cuenta que aprendió no hace mucho que se puede decir lo mismo de distintas maneras, de una forma más bella y adornada. Y que su libro “Blow!”, una recopilación de crónicas y conversaciones con trompetistas editado en 2009 por El Cuenco de Plata, le sirvió de práctica. Ahora sí, continúa, está listo para escribirlo todo de nuevo. Mientras hace la transacción bancaria que sea, pispeo la dedicatoria del libro que Gieco le acaba de regalar. Dice: “Mirá cómo hice mierda al pibito de la tapa. Eso es rock.”. En la portada hay un bebé con un jopo punk.

Gillespi es calmo y tiene la costumbre de darte golpecitos en el brazo mientras te habla, como diciendo “Boluda, escuchá esto”. Arrastra las palabras con la paz de un maestro zen y hay algo de su personalidad que lo asocia a esa filosofía: todos los días se interna en la sala de grabación que construyó en su casa de Monte Grande, barrio en el que vivió toda la vida, y hace la tarea. El autodidacta empedernido, el nerd de los instrumentos. Sabe tocar (tome aire y cuente): teclados, guitarra, bajo, batería y percusión, trompeta, ewi y un poquito de saxo alto. La mayoría los aprendió por su parte.
– Me pongo solo y a leer algunas partituras, a tocar algún standard de jazz. Con la viola me defiendo bastante y (Juan Carlos) “El Mono” Fontana me enseñó muchas cosas de teclado.
Es 1983 y, Gillespi, todavía más conocido como Marcelo Rodríguez. Golpea una rejilla de ventilación que da al sótano de una panadería de una esquina de El Palomar. El pobre grita: “¡Soy el trompetista!”. Pero entre tanta música y tanta carcajada, no le abren. Finalmente lo dejan pasar. Esa fue la primera vez que Gillespi ensayó con Sumo y también la vez que el manager del grupo, Timmy Mc Kern, le pidió sus documentos para viajar con ellos a Córdoba al día siguiente.

Lo que vino después fue un trabajo atrás de otro. Roberto Pettinato, el que lo introdujo en la banda y el que lo apodó como el gran músico de bebop Dizzy Gillespie, fue también quien lo secuestró y se lo llevó de comodín a la tele: trabajaron juntos en “Mirá Quién Canta” (1992), “Orsai a la Medianoche” (1995 y una segunda edición en 2001, por TyC Sports), “Duro de Acostar” (1997) y otros. Sus compañeros históricos de la radio se repiten también en tv, ya que Castelo y Bonadeo lo adoptaron para “Medios Locos” y “El Resumen de los Medios”.
Con la muerte de Luca Prodan, el destino musical de Gillespi fue pasando de mano en mano, acompañando eventualmente a Divididos, Las Pelotas, Los Piojos, Los Auténticos Decadentes, Charly García, los dos Calamaros, los dos Malosettis, Fats Fernández, Willy Crook, Soda Stéreo y veinte mil etcéteras más.
– Tu primera trompeta se la compraste a un pastor evangelista, ¿qué fue lo más heavy que vio ese aparato en los 80?
– La boquilla la usaban de canuto para tomar merca unos personajes que son conocidos, no te los voy a decir. Yo no tomaba, nunca tomé cocaína en mi vida. Pero me daban la boquilla y cuando empezaba a tocar se me dormía toda la boca porque quedaba con restos. Genera un efecto anestésico o algo así. Y yo decía: “Hijos de puta, ¿no tienen otra cosa?”.
– ¿Y la que decía tu nombre y tenía un baño en negro?
– Esa la vendí, no me funcionó. Es la que está en la tapa del disco “Bell Vill” (2005). Las trompetas son todas distintas, aunque sean el mismo modelo y la misma marca.
Gillespi explica el proceso de creación de una trompeta como si relatara el nacimiento de un niño. “Las grandes marcas hacen parte del proceso en serie, pero la última terminación, las soldaduras, las hace un tipo a mano. Después de eso, lleva un baño por sobre el bronce, de dorado, plateado, de rojo, de lo que se te cante y eso le agrega una película que puede matarle todo el sonido”.

A principios de este año, Gillespi publicó “El Manual del Sexo” (Planeta), un glosario de escuelita hot con recomendaciones descabelladas a la hora del amor. La historia del origen del libro, como todas las historias en la vida de este hombre de manos regordetas, es una sucesión de cosas y casualidades. Nacho Iraola, el director de la editorial, lo escucha en la radio y el programa le gusta. Un día lo llamó para concertar un encuentro informal y lo llevó a comer con el editor Mariano Valerio, que además dirige la revista Los Inrockuptibles. Y le dijeron así, como suena:
– Queremos que escribas un libro.

En este momento de la conversación interviene Cabra, amigo de Gillespi y cantante de su banda. Se incorpora a la caminata y recuerda que ese día lo llevó a él a la reunión y que era su cumpleaños. Gillespi entiende que seriedad y solemnidad no son sinónimos. Se mueve en esa informalidad respetuosa como un pez en el agua, chocho. Así que lo sumó a la reunión nomás.
– ¡Era el cumpleaños de Cabra y estaba solo! Le digo: “Boludo, vos venís”.
Lo primero que hizo Gillespi fue ofrecerles a los de Planeta un compilado de los escritos que había publicado en un blog de Clarín, “Almacén Gillespi”, durante cuatro años. Pero la empresa no quería reciclar cosas de Internet. Finalmente, los allí presentes terminaron tomándose seis botellas de vino (Cabra cuenta 18), hicieron un quilombo bárbaro y, dicen, terminaron bailando arriba de las mesas. Por esos tiempos, Gillespi ya tenía apalabrado con Corregidor un libro sobre el director teatral Narciso Ibánez Menta, escrito junto a un amigo, Leandro D´Ambrosio.
– O sea que yo tenía un quilombo editorial bastante importante. Hubo un momento en que mi vida fue sólo reunirme con editoriales.

***

– Avisame si querés que apague el grabador en algún momento.
– Apagalo, miente.

Sentado en una mesa de un local de sushi cercano a la radio, cenando con su manager, Carlos Goldsack, y Cabra, Gillespi maneja los palitos chinos con la destreza de un samurái. Se morfa un salmón recubierto de sésamo bicolor que acaba de traer el mozo y dice:
– Generalmente el prejuicio musical viene acompañado de una justificación inaceptable. Yo a veces me río porque Rock&Pop es rock y pop, pero ponés algo de pop y te putean todos. A veces me burlo de eso. Digo: “Perdón, voy a poner Génesis”. No, quieren Megadeth, Iron Maiden, Riff. El argentino es muy prejuicioso. Es: “Escuchá esta música”. “¿Qué es?”. “¡Escuchala!”. Y después te digo: “¿Sabés lo que es esto? Rodolfo Zapata (el que canta “No vamo´ a trabajar…”)”. Y te gustó. Y te cagué. Si te lo decía antes no te iba a gustar.
El local está casi vacío. Los ojos claros de Gillespi miran con atención. Es un tipo tranquilo. La mesa para cuatro que los hombres ocupan está llena de cosas: platos y platitos blancos y negros, copas grandes de vino tinto, botellas, celulares y papeles. Gilespi hace un mal movimiento y tira el grabador adentro de un vaso.
– Yo voy con mi hija a comprarle en 47 Street la pilcha punk porque ella toca el bajo en una banda punk. Es el mecanismo que usa la sociedad para neutralizar. ¿Hippies? Te ridiculizo, son unos estúpidos que van en una combi pintada con flores, con un medallón. ¿Punk? Todas las marcas van a fabricar ropa punk. Todo lo que tiene ganas de cambiar algo en el mundo, lo agarra la sociedad y chau. Es bravo.
Los comensales le festejan la reflexión. Después de todo, cursó varios años de psicología en la UBA.
– ¿Cómo se llama la banda en la que toca tu hija?
– “Ya fue”.
– ¿Y tu hijo? ¿Qué ves de vos en él?
– Mi hijo me supera a mí. Tiene una elegancia… Yo soy la primera versión, que tiene muchos errores. Él es el upgrade.
– El modelo beta. ¿A tu mujer cómo la conociste?
Gillespi era administrador en un colegio para chicos especiales y, además, el novio de la dueña. Su “jermu”, como él la llama, era una maestra de ahí. Gillespi renunció al establecimiento y empezó a salir con ella. “Compramos la casa y después compramos un colchón, ¿entendés? No fuimos más al cine”.

Como solista tiene seis discos. El último, “Guillerama” (2009), lo muestra caricaturizado, arriba de un elefante volador y con un sombrero igual al del monito de Aladdín. “No quería usar fotografías. Últimamente la estética es la copa de vino, la trompeta, una mujer semi desnuda fuera de foco. Es muy banal”. Pero no están cenando en un Pancho 95 de Liniers y tomado vino de una botella cortada.
– Un día estaba en mi casa, con el disco ya a la venta, y agarro Fuerza Natural de Gustavo Cerati, ¡y era lo mismo! Pero él arriba de un caballo y yo de un elefante. El mismo sello, el mismo año. Le dije: ¡¿Cómo no me di cuenta que te cagué la tapa?!
– ¿Fuiste a ver a Cerati?
– Fuimos con Pelu, el día del cumpleaños. Salís de ahí y algo en tu cabeza cambia.
“Pelu” es el apodo cariñoso que se ganó su manager, un pelado ex representante de Gondwana, dueño de una bocha majestuosa: los únicos pelos que todavía resisten allí arriba, como aferrándose a la gira que este muchacho de voz gruesa debió tener, forman una especie de cortinado morocho que le cae desde la coronilla y hasta la nuca, rectos. No más de cuatro o cinco mechas.

“Él tenía, digamos, reticencia a entrar”, empieza Peluca y señala a Gillespi. “El día que fuimos nosotros, (Cerati) estaba peinado, afeitado y vestido de rockstar. Estuvimos una hora y media escuchando David Bowie”.
Gillespi cree los milagros, en Dios o en algo. En ese orden. Piensa sus respuestas, se toma tiempo. Tiene un humor y una calma inmensos. No es esa tranquilidad que antecede a la tormenta, sino una que permanece. Y sus relatos confirman la intuición. Eran las dos, tres de la tarde, a pleno rayo del sol, y Gillespi y su banda volvían en micro de una gira por Córdoba. Decidieron parar en Bell Ville para almorzar. Estaban todas las persianas cerradas, todo el mundo durmiendo la siestita, y fue ahí cuando le apareció por primera vez esa sensación rara que, asegura, en los últimos tiempos se repite obsesivamente: “¿Y si me quedo acá y no vuelvo?”.
– Pero como jugando a qué pasaría…
– Más o menos. Es una sensación genuina. El disco “Bell Vill” lo dediqué a ese sentimiento. Me pasa de ir a lugares en donde realmente me sentiría más cómodo. En un lugar que está en Neuquén, entre Junín de los Andes y Villa Pehuenia, hay una parte de la ruta que empezás a surcar entre una especie de montañas muy verdes, muy llenas de pinitos, y empezás a ver unas casitas, con la chimenea… Pasa el río transparente, la leñita… Y en un momento, iba por ahí y paré el auto. Me agarró eso.

Gillespi habla de riachos, de correntada, de naturaleza, y se le hace agua la boca. De araucarias tan gigantes como la escenografía de Jurassic Park. De agua cristalina, de un amigo en Lago Puelo, de bosques y de pescar truchas. De playas cercanas a Claromecó, Tres Arroyos, de Chubut. De Reta, Orense, Monte Hermoso, Rucachoroi.
De chico, antes de que su libido pasara por el jazz, quería ser hombre rana. Su fantasía era esa. Aún hoy es fanático de todo lo que tiene que ver con el océano, pero la edad lo fue llenando de precauciones. No se animaría a bucear jamás. “Tengo un cagazo tremendo. Me meto en Mar del Plata, me viene una ola y… ¡Mamá, me quiero ir! Me ganó”. Gillespi quiere transmitir lo que significa esa pileta infinita en la negrura de la noche y, por un momento, se convierte en la inmensidad del mar. Pone sus manos frente al rostro y mueve los dedos como garras despiadadas. Pronuncia un conjuro invisible y magnético como si estuviera masticando algodón:
– “Ven…”
Vuelve a tirar el grabador dentro del mismo vaso. Durante la charla se caerá, por lo menos, dos veces más.
– ¿Estás preparando un disco nuevo?
– Sí. Va a ser un disco posiblemente sin banda. Me quiero dar el gusto de grabar las cosas yo. Vengo hinchando con eso desde que empecé.

Cuando Gillespi toca se balancea, mueve la cabeza y la patita. Eventualmente, mete su mano en el bolsillo (sigue usando reloj, una rareza estos días), pero nunca abandona el movimiento del todo. “Me gusta dejarme llevar por mi música. Yo sé que la gente es muy reprimida, están todos mirando… Parece que estás en el jardín botánico, tocando para los potus. Ahora, de repente van a Creamfields y hacen un quilombo bárbaro”.
Mientras sale del local para fumar, reconoce que tiene un rollo muy grande con la argentinidad. “Somos patéticos. Charly hoy tiene que rendir examen de que es Charly García. Cuando hiciste treinta canciones que están en el corazón del pueblo, ¿no pagaste ya la cuota de artista? Es muy triste. Es un país de una enorme mediocridad”.
– ¿Sabés dónde estás parado en política?
– ¿Qué es la política? ¿Es la definición de un diccionario o es toda esta coyuntura de berretas que tenemos?
Si hubiera que trazar un patrón que explique el comportamiento de Gillespi en las últimas cuatro horas y definirlo en tres verbos, serían estos: bromear, imitar, jugar. Todos ellos trenzados con un mensaje, con lo que en verdad quiere decir. “Nunca entendí nada de lo que hablaban en cadena nacional”. Comienza el chiste: “Paparapapá y ahora habla…”. Gillespi apoya los brazos enteros sobre el poco lugar que queda en la mesa, entrelaza las manos e imita un discurso presidencial. “Buenas noches. La coyuntura mediática de la corroboración de datos específicos nos lleva a una proporcionalidad única, en un guarismo que puede caber…”. En el medio, llama a Menem “provoleta”. “Es difícil encontrar a una presidente como Cristina, que se planta 45 minutos sin leer una línea de nada. Esta mina tiene swing”.
– ¿Y qué creés del papel de Barragán en “6, 7, 8”?
– Siempre fue coherente. Y valiente en un punto, porque la coyuntura puede cambiar y se puede comer un garrón. Me saco el sombrero. Yo voy a comer asado una vez por mes con él, conozco su casa de la calle Warnes y su autito. Si le dan guita, yo no me di cuenta, porque el hijo de puta no tiene ni para pagar un buen vino. Además no conoce a Cristina, yo le pregunté.
– ¿Leíste el libro que sacó?
– Le hice el prólogo.
– ¿Pero lo leíste antes?
Las mejillas de Gillespi suben y le dejan menos espacio a sus ojos. Se ríe. Sabe que fue descubierto.
– Yo a vos te voy a contratar, leonina del orto.
– ¿Te gusta manejar?
– Por ruta. Me gusta irme a la mierda, los cartelitos verdes. Es un placer. Vamos conversando, tomando mate, escuchando música, parando. “Uy, pará acá”. Y paramos en la parilla…
Cabra hace memoria: “Casi volcamos en Rosario porque quiso comprar unos pedestales dóricos que vendían al lado de la ruta…”. “Unas columnitas…”, simplifica Gillespi, también él simple, antes de levantarse, pagar la cuenta y arrancar para The Roxy Live, donde esta noche “Último Bondi”, el programa que cierra la programación de Freire, organizó unas jam sessions para despedir el año.

Un día después de la entrevista, prendo la radio y escucho Falso Impostor: Rick Wakeman está de invitado y Gillespi manda luz a los radioescuchas, distribuyendo la buena onda que supo compartir el día anterior y demostrando, cada vez de nuevo, que su paz es más grande que el monte en el que vive.

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