Fusilamientos: la Masacre de Pasco

El 21 de marzo de 1975, decenas de agentes de la Triple A se desplegaron por las calles de Lomas de Zamora, donde gobernaba un poco conocido Eduardo Duhalde, y se chuparon 8 militantes de la JP. Al rato, 35 cuadras más lejos, en Mármol, se escuchó una detonación y empezaron a brotar por las calles del conurbano los cuerpos fragmentados y el olor a sangre. Desde ese día se empezaría a hablar de la Masacre de Pasco.

Imagenes: Nos Digital.

La gente se preparaba para acostarse, cuando otros se preparaban para algo más. A eso de las de las 22 del 21 de marzo de 1975, decenas de agentes de la Triple A –Alianza Anticomunista Argentina- se desplegaron por las calles de Lomas de Zamora para sembrar el terror en la noche que se presentaría más oscura que nunca.
Los vecinos del barrio San José se estremecieron. Golpes, gritos, órdenes, algún que otro disparo. Más golpes. Al mirar por las ventanas –aquellos que se animaron a querer enterarse qué pasaba- no podían observar admirar más que a hombres enfierrados que observaban sigilosamente para ver si había algún testigo. En caso de haberlo, la amenaza y alguna que otra golpiza se encargaban de cualquier incómodo llamado a las autoridades.
22:30, Omar Caferatta y su esposa Gladys Martínez fueron los primeros “chupados”. Les siguió Rubén Banigna y Héctor Flores. Aníbal Benítez y Héctor Lencina, compañeros políticos y amigos de antaño, cayeron juntos, no podía ser de otro modo. Los 16 autos de la Triple A eran una máquina letal y eficaz; ya sabían quiénes eran los “subversivos”, quienes eran los molestos que estaban ahí jodiendo con la Juventud Peronista y sus actividades de base. Ahora el mundo era otro, pensaban, nada de la gilada de Cámpora. Ahora, con Isabel, mandaban ellos. Las víctimas terminaron cuando Germán Gómez y los hermanos Alfredo y Eduardo Díaz terminaron en sus manos.
Ya era tarde, pero los rumores se multiplicaban. Los que habían visto los hechos hacían llamados, movían sus contactos, llamaban a radios, a diarios, a todos para ver si se podía hacer algo, a dónde los llevaban. Pero junto a este, se desarrollaba otro rumor. Desde la llegada de Eduardo Duhalde a la gobernación, los zurdos no volvían. La Triple A estaba en su mejor momento, como pez en el agua. Y así fue. Más allá de cualquier intento de dar con los detenidos, algo era seguro: no estaban con la Policía. No estarían nunca más entre sus familias.
35 cuadras más lejos se escuchó una bomba estallar.
Los habitantes de Mármol se sobresaltaron. No era un fuego artificial, porque no había nada que festejar. Tampoco había un cohete que fuese tan poderoso, tan ruidoso. Algunas ventanas no soportaron la onda expansiva y se hicieron añicos. “Uno tiene que laburar temprano y me vienen con estas boludeces” se dijeron más de uno a sí mismo cuando salieron de sus colchones para ver quién había sido el gracioso que había molestado al barrio. Sus ojos, al penetrar la oscuridad, se grabarían de una imagen que se marcaría a fuego.
Sangre, órganos, brazos, piernas; cuerpos desmembrados por doquier, adornando el descampado, colgando de los postes de luz, empotrados en las paredes. Un espectáculo indigno incluso de cualquier infierno imaginado o retratado a lo largo de los siglos.
Unos no pudieron con esto y se descompusieron, otros salieron para ver si sus mentes no jugaban con ellos. “Yo escuché unos gritos”, dijo uno por lo bajo, el otro replicó: “sí sí, también otro dando órdenes, gritando, con pinta de milico”. Sin embargo, esos fragmentos desunidos no podían acaparar lo que realmente había pasado ahí.
Los bajaron uno a uno de los autos, a empujones, sin importar el ruinoso estado de los secuestrados. Los apilaron y… tiraron. Los fusilaron. Ese acto cobarde e inescrupuloso no había llegado a su fin, ahora tenía que darle su lugar a la barbarie que solo aquellos sub-hombres podían concebir en su lucha (miedo) contra la “subversión”, al comunismo o cualquier cosa que ellos veían como peligrosa. Una vez sin vida, los cuerpos fueron tirados en el descampado y cubiertos de dinamita. El final ya lo sabemos. El 22 de marzo se empezaría a hablar de la Masacre de Pasco.

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