Ventanas abiertas

La Muestra de Cine Buenos Aires Indígena pasó por la ciudad para abrir los ojos. Desde la comunicación, distinas películas buscaron combatir esa idea que busca eliminar de la memoria los orígenes de Argentina. “La intención final de comunicar es poner nuestra imagen en la pantalla”, asegura Franklin Gutiérrez, uno de los organizadores.

“¿Vídeos y pueblos indígenas? Si los indígenas necesitan comida”. Franklin Gutiérrez, sub-director del Centro de Formación Audiovisual de Bolivia (CEFREC), recuerda reacciones como ésta cuando a finales de los 80’ empezó a pensar en la comunicación y, en especial, en el lenguaje audiovisual como una herramienta de lucha para las comunidades. “Nosotros estamos convencidos de que en un mundo en que la imagen y el sonido están tan presentes, quien no está en ese espectro no existe”, asegura Franklin, que estuvo de paso por Argentina para asistir a la primera Muestra de Cine Buenos Aires Indígena (BAIn). El evento, que se presentó como una “ventana abierta a múltiples culturas y realidades”, se desarrolló entre el 21 y 23 de noviembre en el Centro Cultural de la Cooperación (CCC) y abarcó la proyección de quince películas y tres foro-debates. Territorio Querandí, el colectivo de comunicadores organizador del BAIn, debe su nombre a los habitantes originarios de Buenos Aires, y busca contribuir a crear un circuito para el arte audiovisual de los pueblos indígenas, descolonizar la pantalla grande: “¿Por qué Buenos Aires? Porque en el discurso oficial se construyó la idea de nuestra ciudad como ‘la capital europea de Latinoamérica’. Sin embargo, en esta metrópoli habita una diversidad de pueblos originarios, que actualmente viven un proceso de auto reconocimiento de las identidades indígenas.”

Octubre Pilagá, uno de los films proyectados, trata sobre la masacre que ocurrió en el paraje Rincón Bomba (Formosa) en 1947. Su directora, Valeria Mapelman, recuerda cuál fue la motivación para el documental: “Queríamos contar un poco más de la historia de este país, que está guardada en la memoria, y que se debate en las comunidades, pero que muchas veces no puede salir por una cuestión de idioma, o por falta de técnicas adecuadas”. La Masacre de la Bomba ha sido condenada al olvido por la historia oficial, a pesar de contar con una causa, en marcha (lenta), por delitos de lesa humanidad contra el Estado Nacional. Las comunidades pilagá hicieron llegar la película al fiscal de la causa y fue incluida en las pruebas para el juicio, siendo de especial consideración los testimonios de personas que han fallecido desde la realización del film. Porque el tiempo pasa y sigue cobrándose víctimas. Mapelman dice que los efectos de la película la superaron, al tiempo que, orgullosa, afirma “hoy se recupera territorio con ‘Octubre Pilagá’ en la mano”.

El BAIn no es una experiencia inédita en el país. Se hermana con el Festival de Cine Indígena de la Patagonia y con el Festival de Cine de los Pueblos Originarios en Chaco, que ya va por su cuarta edición. Uno de sus organizadores, el comunicador qom Julio Leiva (Viyen en su idioma originario) también hizo su paso por el CCC. Para él, el lenguaje audiovisual es una “herramienta fortalecedora para mostrar y cambiar la situación de las comunidades, y una forma de recuperar la autoestima por las masacres materiales y psicológicas que hemos sufrido. Podemos y tenemos la obligación de recuperar cosas que no están escritas oficialmente, para contarlas nosotros”. En Chaco, el festival es reflejo del encuentro de las tres comunidades que conviven en la provincia: mocoví, qom y wichi.

Franklin Gutiérrez (CEFREC), tras quince años del Sistema Plurinacional de Comunicación en Bolivia, insiste en que “la primera lucha que tenemos los indígenas es mental, debemos reencontrarnos, descolonizarnos, para proyectar nuestra imagen y nuestra presencia y tener un diálogo con la sociedad, de igual a igual”. En esa batalla, destaca que es fundamental la capacidad de generar sus propios mensajes para reemplazar las imágenes estereotipadas por la verdadera y actual imagen, “relacionada a nuestro pensamiento y nuestra mirada, no sólo sobre temas políticos o conflictivos, sino también sobre cómo amamos, cómo bailamos, cómo lloramos”. Franklin afirma que están convencidos de que “narrar con imágenes es algo natural en las personas, y en especial para los pueblos originarios, que tenemos una tradición en narración oral”. La apuesta constante es por la diversidad en una dimensión completa, no sólo folklórica y pintoresca. En la búsqueda por una propia narrativa indígena, el lema que atravesó todo el BAIn es que todo acto comunicacional es un acto político y que, más allá de las técnicas, “la intención final de comunicar es poner nuestra imagen en la pantalla”.