Ojos que no ven, corazones que sienten

Marcelo Lanzzavechia es ciego desde su nacimiento. Desde hace ya varios años va a alentar a River, una pasión heredada, cada vez que el Millonario juega en el Monumental junto a sus dos hijos, Carolina y Diego. ¿Cómo hace para ver a su equipo alguien privado de la visión? Acá, la historia.

Fotos: Nos Digital.

Seguramente uno de los pilares fundamentales en los que descansa el fanatismo por el fútbol sea lo que se genera alrededor de este deporte, por fuera de la pelota en sí. Las hinchadas, las banderas, los papelitos, el color. Parte de esa sensación inexplicable que inunda al hincha de cualquier club surge en torno al escenario que se despliega en cada partido. ¿Puede una persona acostumbrada a ver las jugadas, los toques y la pelota pensar qué pasaría si todo eso lo tuviera que imaginar?
Marcelo Lanzzavechia es ciego desde su nacimiento. Hace ya muchos años asiste domingo tras domingo (ahora “sábado tras sábado”, bromea) a la cancha para sentir a River Plate. Su asiento no se negocia en plena Belgrano baja del Monumental, como así tampoco los de sus dos hijos, Carolina y Diego. El único lugar que a veces queda vacío es el de su esposa Adriana, también ciega, porque dicen que es mufa. “Los chicos vienen porque les gusta, no están obligados porque saben que puedo venir solo perfectamente. Pero son fanáticos del fútbol en general, entonces compartir con mis hijos todos estos momentos es algo muy especial. Es un poco repetir la historia que empecé con mi viejo”. Su pasión por River llegó por herencia familiar, con un padre muy fanático se fue afianzando el sentimiento con el paso de los años y las anécdotas. Se considera un tipo que las pasó todas con su club, desde alegrías con los goles de Funes en aquel equipo del 86, que todavía recuerda, hasta la depresión más profunda una vez consumado el descenso.
La rutina previa a los encuentros es siempre la misma. Ahora que el equipo juega tarde, después de una merienda, se ponen la camiseta de la banda y se toman un taxi hasta la avenida Udaondo, de ahí solo restan algunas cuadras hasta el acceso a la tribuna. “Me encanta caminar al lado de los hinchas, me siento protegido. Me ven con el bastón blanco y enseguida me ayudan, lo mismo a mis hijos, porque son muy chicos”, reconoce. Al Monumental lo define como el living de su casa. Se siente cómodo, le gusta hablar con la gente y se saluda con cuanto vendedor de gaseosas o golosinas pase por la platea. Se obsesiona por aprenderse todos los cánticos de la hinchada, se divierte.
“Viví pegado a la radio desde que tengo uso de memoria”, cuenta Marcelo, que sigue los partidos a través de los relatos. De chico escuchaba a Víctor Hugo, ahora ese lugar lo ocupa uno de sus máximos ídolos: Atilio “Lito” Costa Febre. Es que además de Enzo Francescoli, el Beto Alonso y el Burrito Ortega, Costa Febre e Ignacio Coppani integran el pedestal de sus figuras del mundo millonario. Para poder entender el porqué de este cariño hacia estos nombres, que no son los de jugadores, hay que escuchar sus palabras: “No me gustaría morirme sin conocerlos. No por cholulismo, sino por agradecimiento, por ayudarme a imaginarme las jugadas. Es muy difícil hacer que un ciego pueda emocionarse, que pueda tener imágenes tan concretas de lo que está pasando en una cancha o en una hinchada, el sentimiento, los colores. Si tuviera que decirle algo a Costa Febre sería ´Gracias por hacerme ver un partido de fútbol´”.
Como a cualquier otro hincha de River, el tema de la segunda categoría se le dispara solo. También su descontento porque se avecina un campeonato de Boca. Recuerda perfectamente lo que fue aquel partido contra Belgrano que determinó que su equipo jugaría la próxima temporada en el Nacional B. “Sabiendo lo que podía pasar, ese día no fui a la cancha. Estaba en casa con mi compañera, la radio, y escuchaba cómo después de ese gol tempranero que nos ilusionó a todos, la pelota no entraba ni a partir de un penal. Dentro de mi cabeza pasaban un montón de imágenes, de recuerdos. Yo creo que uno sale siempre fortalecido de las experiencias adversas, espero que este sea otro caso de esos”.
Marcelo es un tipo que reflexiona constantemente. Sabe que todo aquello que no puede percibir con sus ojos lo puede suplir con imaginación y con sus ganas de estar cerca de su equipo. La pasión que despierta el fútbol, nos demuestra, trasciende esta aparente barrera de no poder ver.

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