El ajedrez gigante donde triunfó el pequeño ajedrecista

Siguen las crónicas sobre deportes extraños pero urbanos. Las plazas con ajedrez gigantes, parece, no sólo existen en las películas. Acá, la historia de pequeño casi tan grande como un alfil que venció en una partida histórica a un turista holandés.

El paisaje era medieval. En el fondo asomaba un castillo incrustado en una montaña verde de hojas, más cerca había un arroyo, cruzado de puentes y miradas, más acá, al lado del pibe que observaba con ojos desorbitados, había un ajedrez gigante. Sí, claro, de esos que solía haber en ciertas plazas, donde los niños se acercaban y los peones los intimidaban con la altura, ni que hablar de la estatura casi patotera de la reina o el rey. La idea, al parecer ya extinta, consiste en dibujar el tablero en el piso y poner las piezas enormes sobre los casilleros, entonces, en vez de mover la ficha con los dedos, se mueve con la humanidad entera. Así se desarrollaba la nublada jornada.

El pibe, el de los ojos desorbitados, con el castillo pintado de fondo y el arroyo desparramado atrás, sólo tenía vista para esa cantidad abrumadora de ajedrez. Pero no sólo las fichas eran grandes, los jugadores también. Esa parecía ser la premisa: adultos vs. adultos. Se puso triste por todas las veces que lo ignoraron cada vez que asomó a decir que quería jugar. Con el viejo método de ganador queda en chancha, fueron cinco los juegos que aguardó sentando a un costado del mega tablero con sus jeans casi blancos, algo rotos, y su camisa a cuadros que se camuflaba con el panorama ajedrecístico.

Luego de los cinco desprecios vio que no quedaba nadie. El tablero estaba vacío, con fichas pero sin gente. Se disponía a jugar solo, tristemente, cuando arrimó a pispear un turista holandés, colorado como el sol mismo. No dudó: “¡¿Quiere jugar?!”. No se entendieron ni un poquito. El europeo, alto, flaquito, blanco, pinta de debilucho y zapatos aparatosos, sólo le dirigió la mirada. El pibe, desesperado, hizo otro intento: “¿Do you want a play?”. Las textuales palabras, con pasmosa entonación, llegaron al blanco. El tipo le echó una mirada cómplice, buscando aprobación, a la chica que lo acompañaba y se dispuso, algo tímido, a acomodar las fichas.

La misión primera estaba salvada. El pibe, después largas horas, iba a jugar. Ganar, perder, qué importaba, si la sonrisa empezó a brotar desde el mismísimo instante en que intentaba agarrar las enormes fichas con sus manos, brazos, hombros, pecho, espalda, cabeza y piernas también.

Los detalles estaban listos, hasta la gente que pasaba por alrededor se empezó a interesar y se detuvo al costado. Las risas incrédulas de unos, la vergüenza del holandés y el descrédito de quienes menosprecian la infancia estaban a un costado del tablero y, también, muy adentro de cada infeliz.

El partido duró tres movimientos: “Jaque mate pastor”, se oyó.

El holandés nunca entendió nada, la gente tampoco, ahora sus ojos estaban redondos y desorbitados. El pibe, feliz, se sacó la mano de los bolsillos, buscó su campera al lado del tablero y se fue pateando piedras a su casa. La madre lo esperaba para cenar y el pequeño no tenía más rivales que estén a su altura en ese enorme tablero.

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