“Aprópiense ustedes, los pibes, de este pasado que les pertenece y recíclenlo como se les dé la gana, lo mejor que puedan”

Compartimos el momento de memoria del Colegio Nacional Buenos Aires por aquellas 107 desapariciones sufridas durante la última dictadura. El homenaje se materializó en la colocación de baldosas en la puerta del emblemático edificio con cada uno de sus nombres. La cita del titulo -el principio y el final circulares del libro La otra juvenilia. Militancia y represión en el Colegio Nacional de Buenos Aires- bien refleja el espíritu del acontecimiento.

Fotos: Nos Digital.

El pasado jueves 24 de noviembre se colocaron seis baldosas durante un acto en la puerta del Colegio Nacional Buenos Aires. Llevan los nombres de los estudiantes, ex estudiantes y de un docente, todos ellos detenidos, desaparecidos y asesinados por el terrorismo de Estado antes y durante la última dictadura militar. La propuesta nació por parte de la agrupación estudiantil La Jauretche, quienes presidieron el Centro de Estudiantes del Colegio (CENBA) durante todo el 2011. La producción y colocación de las baldosas, por su parte, estuvo emprendido por “Barrios x Memoria y Justicia”. Organización, que compuesta íntegramente por vecinos de la Ciudad de Buenos Aires, lleva adelante la tarea de marcar los pasos de todos los militantes populares caídos. Colocan sus nombres en las veredas donde vivieron, trabajaron, militaron, estudiaron. Donde fueron secuestrados o asesinados.

La historia de militancia, acompañada por represión, en el Colegio Nacional mancha de sangre los claustros y las aulas en las páginas escritas durante la década del setenta. Entre 1973 y 1976, 107 estudiantes y un profesor fueron desaparecidos. Se trataba de un extenso grupo de jóvenes de entre 15 y 25 años que entendían a la política, acompañada por la acción social, como la herramienta fundamental para cambiar la realidad en que vivían. Eran chicos que luchaban por un presente mejor, que daban clases de ayuda en las villas, que militaban en el centro de estudiantes, que discutían sus diferencias entre ser peronistas de izquierda o puramente marxistas, o que simplemente transitaban su cursada en la secundaria con una marcada conciencia.

El discurso de los militares en relación a los estudiantes era completamente persecutorio, sobre todo en las escuelas secundarias. El Ministerio de Educación de la dictadura había emitido una suerte de guía para detectar subversivos en las escuelas medias. Se la llamó “Conozcamos a nuestros enemigos”, y explicaba: “El accionar subversivo se desarrolla tratando de lograr en el estudiantado una personalidad hostil a la sociedad, a las autoridades y a todos los principios e instituciones fundamentales que las apoyan: valores espirituales, religiosos, morales, políticos, Fuerzas Armadas, organización de la vida económica, familia, etc.”. Este documento se distribuía de manera obligatoria en todas las instituciones educativas del país, y delineaba esa concepción de “sociedad enferma” que quería instaurar y desterrar el Proceso.

El acto juntó tanto a los alumnos actuales del secundario, como así también a las autoridades del establecimiento y a propios familiares y ex compañeros de las víctimas. Ellos, presentes en retratos hechos pancartas, en las voces, en las almas, en la memoria.  Entre los oradores estuvo el actual rector, Gustavo Zorzoli, quien expresó que se trata de “una lista que a su vez es parte de una mucho más extensa, y que en muchos casos nos remite a la triple AAA, al golpe de Estado, a la represión política, a la doctrina de la Seguridad Nacional, a los centros clandestinos de detención, a la apropiación de niños, a la desaparición forzada, al genocidio, a los vuelos de la muerte: al dolor”. Luego de referirse a la lucha incansable de las organizaciones de derechos humanos, y específicamente de las Madres y las Abuelas, Zorzoli extendió a todos los presentes que los ex alumnos y el profesor “son y están”, que todos tienen nombre y apellido, y que “quedarán estampados en baldosas, no sólo para el recuerdo, sino para la construcción cotidiana de un futuro común distinto, para recordarnos la vida”.

La presidenta del CENBA hizo hincapié en el aprendizaje que les ha dejado a los estudiantes esta parte de la historia que acarrea el Colegio. Desde el Centro de Estudiantes, y desde el estudiantado en general, la colocación de estas baldosas representa una demostración de que el Nacional Buenos Aires no debe ligarse solamente a las figuras históricas burguesas como Miguel Cané, o mismo las “figuras de la Patria”, esa idea de elitismo en torno a las “Ciencias Morales” y a los grupos reducidos,  sino que deben reivindicarse aquellos chicos que demostraron hacerse responsables en momentos difíciles. “Nosotros, los estudiantes, los recordamos militando, cursando, marchando, preocupándonos por la realidad social. Esta es una muestra más de que este colegio tiene memoria, y busca verdad y justicia”.

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