El legado de Bonino

Cuatro días había estado desaparecido el periodista Mario Bonino cuando su cuerpo apareció flotando por el Riachuelo, delatando que la mezcla de un tipo con un corazón gigante y la impunidad de la violencia podían ser, a la vez, parte de un desenlace de lo más cercano a lo tremendo.

La última vez que se lo había visto, el 11 de noviembre de 1993, Mario caminaba desde su casa, en Independencia y avenida La Plata, hacia la sede de la Asociación de trabajadores del Estado (ATE), en donde participaría del seminario “El rol de las radios a las puertas del Tercer Milenio” y en donde tenía pensado dejar en claro, una vez más, una vez más como siempre, que tanto él como la UTPBA (Unión de Trabajadores de Prensa de Buenos Aires) seguirían diciendo y diciendo lo mismo frente a los hijos de puta que quisieran callarlo: “La peor opinión es el silencio”.

Esa fue la última vez porque la impunidad se lo devoró en aquel trayecto y lo devolvió el 15 de noviembre, flotando sobre el agua enchastrada del Riachuelo.

Quienes asesinaron a Bonino habrán creído que matando a la gente que se oponía a las crueldades del neoliberalismo y de su censura, la opinión llegaría al silencio y la mierda lograría tapar todo rastro de la conciencia y de las ideas de los tipos como Mario que, 18 años después de haber sido cobardemente asesinados, entendían y entienden que el periodismo y la comunicación social no servían ni sirven para acumularse en un escritorio sino para involucrarse y para darle peleas a la vida.

Mario –cuentan quienes lo conocieron- era eso: un conjunto de sonrisas y de convicciones que día tras día agarraba gacetillas para repartirlas y para regalar en ese impulso militante una forma distinta de mirar la vida: uno en el que la posibilidad de abandonar la pelea y las convicciones no formaba parte de ningún catálogo.

Dieciocho años pasaron del asesinato de Mario Bonino y la impunidad, en su totalidad más cobarde, camina por la calle con las putas suertes del anonimato. De sus asesinos, poco se sabe. Pero de las razones por las que lo mataron no quedaron dudas desde el mismísimo momento en que una voz sin voz irrumpió en el teléfono del edificio de la Obra Social de los Trabajadores de Prensa anunciando: “Lo que les pasó les puede volver a pasar”.

Desde NosDigital, entendemos que pensar en Mario como una historia no es pensar en Mario. A Bonino lo mataron por entender que antes de ser periodista uno es persona y es, en eso, una acumulación de ideas que pelean fuertemente en una sociedad repleta de ideologías.

Por una cuestión de edades, el relato de su asesinato y de la solidez de su sonrisa nos llega tarde. Pero nada de eso limita que, día tras día, esta revista se haga sabiendo –como decía Bonino- que la peor opinión es el silencio.

Nada hace que no nos tiemble el alma sabiendo que somos, o deberíamos ser, el legado de Bonino.

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