Una mano en el fusil, la otra en la cruz

Recorrido por la historia que fusiona revolución, Evangelio, lucha por la igualdad social y cristianismo. La publicación Cristianismo y Revolución fue la expresión nacional de cambios en la mentalidad de parte del mundo eclesiástico. Con sorpresas variadas, da para pegarle una buena leída.

El mundo podía ser cambiado, y América lo creería. 1959 se abría temprano con la Revolución Cubana para mostrar la gran paradoja de esos tiempos: no solo una isla miserable podía ser escenario de una victoriosa experiencia revolucionaria, sino también que proclamar el socialismo a unos pocos kilómetros de Estados Unidos no era suicida. Otras experiencias fueron motivando a diferentes sectores de la población a intentar quebrar el status quo: la derrota yankee en Vietnam, la retirada francesa de Argelia, la descolonización generalizada sobre África, el Mayo Francés…y la lista aumentaba día a día.

Pero también hubo otro ámbito que decidió salirse del eje y buscar nuevas sendas al interior de la Iglesia Católica, del cristianismo en general. El II Concilio Vaticano había marcado la necesidad de modernizar los actos y costumbres de la Iglesia, había subrayado que ya no servían sacerdotes de escritorio que nada conociesen las realidades de sus feligreses. Estos solos postulados causarían un caos dentro de los monasterios y conventos, de la discusión aparecería una idea: la Revolución sería proclamada, por un sector, como única vía para la Salvación y la llegada del Reino del Amor. Y para 1966 nació en plena Buenos Aires la revista Cristianismo y Revolución.

Cristianismo y Revolución, los tiempos de cambio

Anteriormente ya marcamos que su aparición estuvo determinada por un momento histórico de gran agitación, del que ningún país ni institución se podía entender al margen, y los miembros de la revista se veían a sí mismos como resultados de estos embates: “Mientras se siguen ensayando nuevas bombas y se refuerzan permanentemente los fondos destinados al ´progreso´ de los presupuestos militares, mientras se sigue ´luchando´ contra el hambre y la miseria empleando cada vez mayores esfuerzos, energías y vidas que ensanchan las fronteras de la explotación humana, del materialismo capitalista y la dominación violenta de los pueblos y continentes del Tercer Mundo; se está consolidando en la conciencia de todos los hombres la afirmación del nuevo signo de nuestro tiempo: la Revolución” (N° 1, Septiembre 1966)

La Argentina y Latinoamérica toda estaba regada de gobiernos militares, o en su defecto, conservadores, aliados a Estados Unidos en su lucha contra los movimientos socialistas. En el país, la dictadura de Onganía acababa de hacerse presente como un gobierno de facto que al poco rato iba a demostrar su cara reaccionaria y profundamente represiva, tanto a nivel político como cultural. Movilización y lucha a nivel planetario y dictadura local, frente a esto C y R ponía las cartas sobre la mesa: “Hagamos entonces un esfuerzo de sinceridad, de realismo, de autenticidad, de verdad y declaremos la hora cero de la Revolución (en Argentina) para empezar a producir esos nuevos hechos revolucionarios que serán la respuesta al desafío de la reacción y la esperanza de una vanguardia revolucionaria capaz de producir un proceso a la victoria (…) Frente a este desafío continental al que se han rendido sumisamente todos los gobierno militares, como el nuestro, designados por el Pentágono, o todas las democracias reformistas, como la de Frei, permitidas por el Departamento de Estado y expresado repugnantemente por la OEA, se ha levantado la voz y la acción de los revolucionarios de América Latina, a través de la OLAS (Organización Latinoamericana de Solidaridad, creada en Cuba en 1967 para apoyar los movimientos revolucionarios del continente), señalando claramente la necesidad de oponer a la violencia reaccionaria, la violencia revolucionaria y de responder solidaria y continentalmente a una lucha que no se da pueblo por pueblo, sino contra todos los pueblos” (N° 5, Noviembre 1967).

Por último, frente a esta situación, no cabían dudas ni contradicciones. La vieja fórmula de “o aliados o enemigos” era repetida como consigna, o capitalistas o revolucionarios: “Todos estamos en la misma guerra: la cuestión es saber de qué lado. No hay terceras consignas, ni mediaciones clericales ni treguas empresarias. No debe haberlas. Este es el desafío que nos ha lanzado para probarnos. (…) Estamos en medio de la violencia y no podemos hacernos a un lado.” (N° 4, Marzo 1967).

De la Iglesia a las armas

Si sacásemos de contexto sobre quién hablamos, parecerían éstas posturas propias de cualquier grupo revolucionario. Pero C y R había nacido de las entrañas de la Iglesia, había crecido bajo las enseñanzas del Evangelio y creían ver en estos la justificación para el levantamiento popular frente a un sistema que se les aparecía como injusto. La violencia de “abajo” estaba defendida no solo por la desigualdad del sistema capitalista, cuyo rostro latinoamericano era de hambre y pobreza, sino también por las propias palabras de Jesús, quien, según argumentaban, instó a rebelarse contra la tiranía: “El desarrollo, por tanto, según nuestro modo de entenderlo, viene a ser la misma acción salvífica y humanizadora de Dios, pero inmanente en la historia de los hombres. Es la misma providencia de Dios que describe la Biblia como obra de Aquél que hace justicia a los pobres, humilla a los soberbios, derroca a los poderosos y ensalza a los pobres.” (N° 1, Septiembre 1966)

Si ya las Santas Escrituras lo avalaban, llegada de un nuevo Papa, Juan XXIII en 1959 fue determinante debido a su llamado a la conformación del Concilio Vaticano II, que vino a sustentar este pensamiento en los tiempos modernos. La renovación, la opción por los pobres, la legitimidad de una revolución frente a un gobierno antidemocrático fueron algunos de los fundamentos de los cambios que proponía la Santa Sede. Frente a las encíclicas papales, mantenían: “La Iglesia presenta una doctrina de los bienes de la Tierra. Todo lo que la Tierra es y contiene, todo es para el hombre, todos los hombres (…) El uso y el dominio de las cosas será siempre fuente de tensión para el hombre. Esto es una Doctrina. La lucha diaria para que los bienes de la Tierra sean efectivamente de todos los hombres, para que todos sean libres y no esclavos de sus bienes, será el compromiso práctico de todos los hombres que profesen esta doctrina (el cristianismo)” (N° 5, Noviembre 1967).

La Teología lo justificaba, el presente lo requería, el cristiano debía ser revolucionario, no había opción para la neutralidad. Hacerlo sería desoír la opción de Jesús por los necesitados: “(…) Declaramos: LA REVOLUCIÓN ES UN IMPERATIVO DEL CRISTIANO. Primero. Porque Dios en Cristo coloca ante nosotros como demanda ineludible, sin oportunidad alguna de subterfugios escapistas, la necesidad de una solidaridad militante con las víctimas de toda estructura socioeconómica injusta y una participación activa en cualquier intento de liberación y humanización del hombre actual. La opción revolucionaria se nos aparece como ineludible desde todo punto de vista, incluyendo el Evangelio.” (N° 28, Septiembre 1971).

Por último, el ejemplo de Camilo Torres sería la figura que nucleó el pensamiento de C y R: sacerdote colombiano, devenido en guerrillero socialista, caído en combate. La Fe, la Revolución, el Martirio, Camilo era la suma del ideal que intentaban propagar: “Como mártir y signo de esta exigencia de “LIBERACIÓN O MUERTE” hace un año caía Camilo Torres en la guerrilla colombiana. Camilo realizó vertiginosamente su camino hacia la Revolución. Sacerdote y sociólogo, luchador y agitador político, líder estudiantil y popular resolvió su sed de justicia en la lucha armada (…) Camilo, silenciado y retaceado por sus propios hermanos cristianos, nos señala el carisma evangélico en la lucha de liberación de nuestros pueblos y su nombre es bandera del movimiento revolucionario latinoamericano (…) Porque, como Camilo, creemos que la Revolución es la única manera, eficaz y amplia de realizar el Amor para todos.” (N°4, Marzo 1967).

La Revolución en Argentina

La revista también operó como difusora de los más variados comunicados de los movimientos guerrilleros y socialistas del país. Mensajes del PRT, ERP, FAP, FAR, Montoneros, Movimiento Camilo Torres, Sacerdotes para el Tercer Mundo y más solían alimentar las páginas. Columnistas como John W. Cook o Eduardo Galeano entre otros también daban el presente. Entonces C y R era más que una declaración de ideas de un grupo cristiano, sino que se construyó como un gran difusor de las acciones y principios de la izquierda nacional.

Así, Cristianismo y Revolución se erige como otra de las experiencias surgidas a nivel local, en la reacción ante las injusticias en este territorio y a la par de las luchas americanas y de todo el Tercer Mundo en general. Cristianos y Revolucionarios, Católicos y Socialistas, una muestra de cómo se intentó hacer coincidir los ideales rebeldes en todas las esferas del quehacer humano.

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