Una cuestión de prioridades

Desde mediados de este año, Ferro puede disfrutar de una ejemplar cancha de hockey profesional que produjo un importante aumento en la masa societaria verdolaga y en los ingresos mensuales. El detalle: la cancha se construyó sobre tierras que eran del Estado, a orillas del Ferrocarril Sarmiento, detrás del estadio de fútbol, donde había un asentamiento de 52 familias que nadie sabe dónde fueron a parar. Acá, la historia.

Ferro es un club que sobrevivió a mil batallas y que hoy lucha por volver a ser una institución social modelo, como lo fue en los años 80 cuando contaba con 60 mil abonados. Recientemente inauguró una de las más grandes canchas de hockey del país, en un terreno en donde antes había un asentamiento. Sí, donde ahora hay dos arcos y unos 500 metros cuadrados de césped sintético antes vivían 52 familias. Es la historia de un emprendimiento que incluyó un desalojo avalado por la decisión de los dirigentes y de los socios del club que festejan una inauguración, sin importarles el paradero de la gente que vivía antes en eso que ahora es una cancha.

Para Ferro las cosas en un momento iban bien. Muy bien. La década del 80 fue gloriosa para el club, como para todo el barrio. Campeón de fútbol en 1982, 1984, claro referente social y deportivo, el Verde se distinguía en todas las disciplinas deportivas. Lo mostraban como un modelo institucional a copiar a nivel mundial. Tanto era así, que para 1988 la UNESCO, en un premio que otorgaba a los clubes más excelentes del mundo, lo destacaba por su permanente apoyo social, cultural y desempeño deportivo.

Pero la década siguiente fue nefasta para el club y para el barrio, como para casi todos los barrios de la ciudad, como para casi todas las ciudades del país. Empezó a tener serios problemas en sus manejos: perdió socios a la par que Caballito perdía su atractivo, se robaron plata justo cuando la clase media profesional del barrio veía cada vez sus bolsillos más vacíos, se destruyeron instalaciones que supieron ser modelo. Todo se fue derrumbando poco a poco, hasta el punto cúlmine del pedido de quiebra en 2000. Gustavo Mascardi, empresario del fútbol, representante de casi media Selección a fines del 90 (Verón, Ayala, Crespo, Aimar, Sorín, Piojo López, Sensini), intentó un salvataje con el gerenciamiento, pero fue un salvavidas de plomo. Ferro, en sólo 20 años, se hundió.

De a poco se fue levantando. Con movilizaciones de los socios, constantes cortes de calle para pedir que se cancele la quiebra, la inauguración de una cancha de atletismo en 2005 construida íntegramente por socios vitalicios, después una de béisbol y de fútbol 5, todo eso fue alimentando, poco a poco, la ilusión de un club que quería tener esperanza de volver a transformarse en esa institución ejemplar.

Y para conseguir eso, Ferro tenía un problema: no tenía espacio físico. Ninguna rareza: en Caballito, el centro geográfico de la Ciudad, espacio es lo que falta y edificios lo que sobran. Pero algunos socios impúdicos tenían un plan. El único lugar donde podía ampliar su terreno estaba ocupado, pero por un asentamiento de 52 familias. Era más fácil de desocupar esa villa que todas las torres que rodean el Estadio Arquitecto Echeverri. Entonces, ese grupito de socios arrasó con el hogar de esas 52 familias sin importar a dónde iban a parar.

En 2007 se inauguró detrás de la cancha de Ferro, un puente elevado que une por encima de las vías del Ferrocarril Sarmiento las calles Avellaneda y Fragata Sarmiento con Yerbal y Nicasio Oroño, para lograr hacer más fluido el tránsito en Caballito. Pegado a ese lugar, sobre los costados de las vías, se fueron instalando las familias, que según cuentan los vecinos eran en su mayoría cartoneros.

“Nosotros queríamos sacar el asentamiento porque nos estaba generando problemas terribles para el club. Nos robaban y amenazaban a la gente. Nosotros les dábamos el agua del club y nos robaban los cables, nos sacaron los faroles de noche. Entraban y saqueaban el quincho, la utilería. Nos molestaba que estuvieran”, afirmó Carlos Lagos, referente a cargo del Hockey en Ferro.

A pesar de lo dicho por los referentes, no todo el barrio pensaba lo mismo y quería el desalojo. “Estéticamente es obvio que no gusta ver un asentamiento, pero era gente que no tenía dónde ir, en algún punto los entendíamos”, afirmó Julia Novica, que tiene un negocio de ropa sobre la calle Avelleneda. Y puso en duda que existieran realmente los robos y las destrucciones: “Estoy al tanto de lo que pasa en el barrio y nunca escuché que hayan existido estos delitos, suenan a excusa para justificar el desalojo y ampliar el terreno del club”. En la comisaría del barrio tampoco confirmaron los dichos del responsable de Hockey.

La resistencia por los desalojos duró poco para estas familias. El primer intento de desalojo, en octubre de 2008, sí pudo ser amparado por el juez Roberto Gallardo, pero el segundo, ocho meses después, el 15 de mayo de 2009, no pudo ser evitado. Las 150 personas que ocupaban el predio atrás de las vías del ferrocarril fueron desalojadas por el Gobierno de la Ciudad a cambio de un promedio de $ 20 mil pesos por familia.

Hoy, dos años después, las líneas telefónicas del Gobierno de la Ciudad no responden cuando se les pregunta sobre el paradero de estas familias y optan por el silencio. Dicen que no lo saben ni lo deben saber.

Sin el asentamiento a su alrededor, Ferro pudo empezar a actuar para conseguir los terrenos y continuar con el boom de construcciones y establecimientos del barrio. Daniel Visconti, socio con pasado en la barra del club y de gran vínculo político, pudo contactarse con Juan Pablo Schiavi, por ese entonces presidente de la Administración de Infraestructura Ferroviaria y logró que le cedieran al club – mediante un contrato de 18 meses y renovable por 20 años – 37 mil metros cuadrados, que incluían las tierras ocupadas y el predio atrás del ferrocarril.

“Era un sueño de todos los socios, de todos los hinchas. Creo que esto demostró que podemos tener un club mejor, que queremos un club diferente”, afirmó Daniel Visconti en el acto donde se escrituró el terreno a nombre de Ferro. Obvio: no hubo ninguna referencia a las condiciones en que fueron adquiridas los terrenos nuevos.

En el acto inaugural en el que firmaron la cesión de las tierras que pertenecían al Estado para Ferro estuvieron presentes –aparte de Visconti y Schiavi– la diputada kirchnerista y hermana de Daniel Visconti, Dulce Granados, y los integrantes del Órgano Fiduciario de Ferro, Liliana Cichero y Vanesa Reguccini.

Después de dos años de la cesión – que fue renovada y ampliada indefinidamente para el club de Caballito –, el club triplicó la cantidad de socios exclusivos de hockey –pasó de 1000 a 3000– a partir del anuncio de la cancha profesional. Asimismo, la cantidad de socios plenos de la institución también aumentó notablemente, generando un ingreso de dinero muy alto para el club.

Para construir la cancha, las cosas no fueron fáciles, pero lo más complicado ya había pasado para ellos: ya no tenían el patio trasero del Estadio ocupado por esas 52 familias que sólo molestaban por su presencia. Ahora tenían un terreno que baldío que debían transformar en cancha de hockey para que la gente del barrio la pueda disfrutar. ¿Y las 52 familias? Lo único que importaba era que aumentaran los socios, parece. ¿Y las 52 familias? No, el club tiene que resurgir, a cualquier costo. ¿A cualquier costo? Sí.

“Nos sentamos a hablar con las autoridades del club y los convencimos de que éste era el negocio más importante por delante”, dijo Lagos. Entonces comenzaron a armar una ingeniería económica para costear el armado de la cancha de hockey, que es una inversión millonaria. Así, llamaron a la empresa Forbex y les instaló la alfombra. Con el aumento de socios y con un arancel extra llamado “cuota cancha”, que consiste en 24 cuotas extra para pagar la cancha –con el mismo importe que la anterior –, el club fue obteniendo ingresos cada vez más contundentes. Además, contaron con enormes aportes de dinero de dos socios principales, de una iniciativa llamada “parcela por Ferro”, donde 300 socios compraron imaginariamente su lugar en el terreno, publicidades alrededor de la cancha, peñas y fiestas.

Eso sí: algo de generosidad tuvieron que entregar ese grupo de vecinos como parte del contrato firmado por la obtención de los terrenos. Ferro debe prestar servicio a la comunidad, un servicio designado a dedo por el Gobierno de la Ciudad. ¿Ocuparse de encontrarle otro hogar a esas 52 familias? No: debe cederle a colegios secundarios y a la selección argentina de hipoacúsicos el terreno para que entrenen en los horarios que lo disponga el club.

Desde el 16 de julio de este año, Ferro puede disfrutar de una ejemplar cancha de hockey profesional y que las obras del club se siguen ampliando día a día.

Puede disfrutar de beneficios un club que parecía estar muerto, pero que empieza a revivir a costa de un desalojo y de 52 familias que no saben dónde están, y que ni parece importarles.

Comments are closed.