Platitos voladores

No son invasores, es otra entrega de las crónicas sobre deportes extraños. Esta vez le tocó al frisbee: no es sólo una actividad playera, es un deporte con una liga, equipos y trofeos que se juega todos los domingos en Ciudad Universitaria.

Fotos: Nos Digital
Fotos: Nos Digital

Los autos que pasan por Puente Udaondo los domingos al mediodía, pasaditas las 12, contemplan accidentalmente uno de los espectáculos más singulares que se da en todo el país: el frisbee.  Sí, el del plato volador que todos lanzaron en alguna aburrida tarde en quién sabe que localidad balnearia de la costa bonaerense. Se logra escuchar cómo los motores regulan la velocidad para poder apreciar, aunque sea un segundo más, a esos patillos volando por todas partes. Más de uno, mientras pisa el freno, se sorprende al ver que es un deporte con reglas, equipos, límites, donde se deben hacer goles y hay derrotados y vencidos. El frisbee no es solo una actividad playera, es un deporte con una liga, equipos y trofeos. Por eso las ruedas van más lento al pasar por arriba Ciudad Universitaria, para llenarse los ojos de platos voladores.

El día está pesado, el sol se torna inaguantable y los partidos de fútbol llenan la totalidad de los ojos en el campo de deportes de Ciudad. Luego de atravesar todas esas canchas donde las pelotas redondas son las protagonistas, se empieza a divisar, a lo lejos, al pie de la autopista, a los muchachos de ADDVRA (Asociación de Deportes del Disco Volador de la República Argentina), que se juntan todos los sábados a entrenar y los domingos a jugar un torneo entre los ocho equipos que afilia la organización. Entre el sol, algunos mosquitos y muchas sudaderas de película norteamericana se juega una de las semifinales del torneo: Sapucay, de violeta furioso, vs. Aqua, de celeste y amarillo. Los equipos están reunidos y el disco empieza a volar en el calentamiento.

Plato va, plato viene, Juana, una colombiana de tez morena, pecosa, con el pelo tensado hacia atrás, comienza a explicar de que se trata este deporte: “Es de origen canadiense pero se desarrolló en Estados unidos, en Colombia también es muy popular, aquí en la liga argentina se está luchando para que se arme un equipo que compita en el mundial”. Mientras mira cómo entrena su equipo, Sapucay, cuenta lo que significa para ella ese espacio: “Es mi lugar de integración, aquí es un lugar donde se desarrolla el respeto por uno mismo y por el otro, para mi este deporte significa tener un buen espíritu de juego”. El concepto se repite a cada rato. El espíritu de juego se basa en que no hay árbitros, confían en sus rivales, la trampa para ellos no existe, por lo menos en el plano teórico, y las diferencias en una jugada se resuelven intercambiando opiniones, de manera leal, sin ventajas ni ventajeros.

El partido está a punto de empezar, Sapucay se junta en el centro de la cancha y hace una ronda con todos sus jugadores. Del silencio empiezan a surgir un montón de ruidos desaforados, caóticos, delirantes. Sin entender nada que carajo gritan y con la única misión de exteriorizar la adrenalina, los chicos de violeta hacen honor al nombre de su equipo y entonan, a coro y en voz ensordecedora, un grito de mariachi loco que no termina hasta que se quedan sin una gota de aire. Desarman la ronda aplaudiendo y con algún que otro grito que les haya sobrado y se dirigen al centro de la cancha, a saludarse con el otro equipo. Al trote y formados en dos files van chocando las palmas, en un espectáculo digno de cualquier cadena televisiva. Al costado de la cancha se empiezan a juntar los suplentes, los que esperaran un ratito para estar entre los 7 jugadores que juegan. Otro colombiano, muy joven, salta al costado de la raya y grita: “Vamos manejo, vamos Sapucay”. Entre arenga y aliento destaca la adrenalina que le genera “competir”, que la pasión de este deporte “es única” y que lo único que le genera “más placer que jugar es ganar”.

El partido empieza y el disco vuela de mano en mano. Es una mezcla de fútbol, rugby, básquet y fútbol americano. Es frisbee. Donde los pases se hacen al vacío y el compañero corre a buscar el plato. Es así como se ensayan numerosas palomitas, arrojadas, estiradas aparatosas y vuelos espectaculares de unos y de otros. Gana quien llega a 18 goles, sin límite de tiempo. Quien tiene el plato no se puede mover de su lugar, deben hacerlo los demás, avanzando metros y metros hasta llegar a lo que sería el in goal del rival. Sapucay arranca flojo contra Aqua y el partido se pone 0-2. Del lado de los ganadores se observa al número 9, un pelado robusto de gestos exagerados que alienta a cada pase que concreta su equipo: “Calma, tranquilos, piensen, piensen”, “Qué buen trabajo, sigan así, qué buena labor”. Sus modismos lo evidencian: es colombiano. También hay cualquier cantidad de chicos norteamericanos. Uno de ellos juega para el equipo de amarillo. El pibe la rompe, descose el platillo. Rubio como el sol, blanco cual albino, debe cubrir su cabeza con una remera, sus ojos con unos lentes, para que no lo derrita el sol. Sin embargo, entre tanta ropa y protector solar, el tipo se las ingenia para meter cualquier cantidad de pases a las espaldas de los defensores. “Vamos gringo, vamos”, se escucha desde afuera. En eso, el 9 del equipo, el de “la buena labor”, sale de la cancha, con las rodillas completamente ensangrentadas. Se tiró para evitar un gol. No pudo y, encima, tiene las rodillas destruidas. Apenas sale grita desaforado: “Fue mi culpa”. Le cuenta a un espectador que estaba cerca, víctima de su incontinencia verbal, porque lo vive tan a fondo: “este deporte es como volar, es impresionante, es adrenalina pura, no puedo evitar estar así, vivirlo a fondo”. Se sienta, está con las pulsaciones a mil, con  la cara roja y de pocos amigos y, entonces sí termina de desahogarse: “Me han hecho el putísimo gol”.

Mientras en el campo se festeja una intercepción impresionante de un jugador petiso pero volador de Sapucay, afuera habla Máximo, uno de los referentes de la liga en Argentina. Concluye, de alguna manera, el sentir del deporte: “Aquí la alegría pasa por jugar bien, pasar un buen rato, la derrota no nos quita la felicidad de este momento de integración”. Con la gorra celeste cubriéndole y la mano protegiendo sus ojos del furibundo sol hace hincapié en la diversidad cultural de la liga: “en momentos en los que todos estamos tan celosos de lo que hacen o dejan de hacer los inmigrantes, esto es un lindo ejemplo de que se puede compartir un espacio en paz y formar un grupo de amigos, respetando las diferencias, porque ese es el espíritu de este juego, el respeto, la camaradería y la confianza”.

El partido está caliente, despierta emoción. Las reglas empiezan a entenderse, el frisbee sólo se puede interceptar y cuando a un equipo se le cae, debe dejarlo en ese lugar, para que tome el disco el rival. El marcador se acerca al gol 18. La tarde se acerca a su fin. El resultado del partido es anecdótico. De hecho, se pierde la cuenta, y al finalizar no se puede identificar bien quien ganó. Ambos siguen abrazándose, alentándose y riéndose. La derrota, evidentemente, no borró ni una sonrisa. Entonces ahí sí se genera lo raro, lo extravagante. No es el deporte, es la actitud.

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