Pelotita de asfalto

Existe un micromundo donde el tenis y las autopistas se cruzan, conviven, se aman, se complementan, se construyen el uno a la otra en una fórmula de sonidos antagónicos. Intentando llegar hasta las cuestiones más profundas de lo barrial y lo cotidiano del deporte, buscamos los recovecos donde la pelota encuentra refugio para divertirse.

Hay un universo maravilloso en el que se cruzan las variables menos pensadas. En donde el mazo parece haberse mezclado y entregar a la mesa dos cartas de diferentes barajas. Son autopistas, es el tenis ¿Qué? ¿Cómo? ¿Esto es serio? Desde ya, sí que lo es. Existe un micromundo donde el tenis y las autopistas se cruzan, conviven, se aman, se complementan, se construyen el uno a la otra en una fórmula de sonidos antagónicos. Es por eso que, intentando llegar hasta las cuestiones más profundas de lo barrial y lo cotidiano del deporte, buscamos los recovecos donde la pelota, sea cual fuere, busca refugio y encuentra su lugar para divertirse. Autos, boleas, camiones, derechas, motos, reveses, camionetas, saques, motores y smashes. Todo eso y mucho más se remixa y se vuelve un único e irrepetible concierto urbano.

El barrio de Constitución se encuentra atravesado por la autopista 25 de Mayo. Quién iba a pensar que allí abajo, contra todos los pronósticos, sería un golazo poner canchas de tenis. No se sabe de quién fue, pero la idea es formidable. Se puede jugar a toda hora, cualquier día y, lo mejor, aunque caigan soretes de punta.

Es jueves, pasadas las 9 de la noche y la tormenta primaveral azota la ciudad. Todos vuelven a sus casas, algo fastidiosos, con el cielo ensimismado a cuestas. Ellos, no. Eluden las lógicas del transito y se van debajo de la autopista, a cuidar al tenis de la lluvia. “Jugamos siempre, aunque que haya sudestada y la tormenta venga de costado” dice Francisco “El Leche” Ramirez mientras se ata sus inmaculadas zapatillas blancas que, dentro de poco, quedaran color ladrillo pasión. Pero detrás del Leche entran Fito, Oscar “El Master” Báez y Cacho. Se juega dobles, señores. Es el ritual del jueves, aquel que la sudestada no interrumpe y que la autopista refugia. Cachito-Fito Vs. El Master-El Leche es el partido de dobles que se juega todos los jueves en Constitución, debajo de una turba de autos que vienen y van y que ignoran que debajo de sus veloces e insensibles ruedas se juega un mundo. Mundo loco, de raquetas baratas, de polvo de ladrillo, de flejes blancos, redes negras, pelotas verdes, pero también de autos pequeños, de motos veloces y camiones monstruosos que suben y bajan a diestra y a siniestra de los courts, de la magna cancha. Es un techo, claro. Usar la autopista de techo es hacer jueguitos con el mundo, tomarle la leche al gato, algo de pícaro. Techo sucio, color cemento concreto, con telarañas insólitamente enormes y exentensísimas que se oscurecen por el contacto con una mugre milenaria. Pero es techo un al fin. Las gotas no pueden entrar, una defensa cerrada e impenetrable. El aspecto lúgubre se rompe cuando uno baja la mirada y, alumbrado por cuantiosos reflectores, observa el ladrillo pulverizado y la pelotita verde loro correteando por allí, robándose las miradas bobas y atentas de afuera y adentro.

El partido, cómo decirlo, es tierno. Sí, despierta ternura. La técnica utilizada es tan poco ortodoxa como simpática y alegre. De los 4 uno es marcadamente más joven, los otros tres pasan la barrera, y con holgura, de los 50. Son viejos cabrones. De todas maneras la diferencia física no se nota en el dobles, entonces, necesariamente, resalta la técnica. Ninguno es Nadal, ni Federer, sus movimientos no son perfectos pero, dentro de todo, son verosímiles. Hay una excepción. Hay uno de los cuatro que posee un movimiento fabuloso, increíble. Es Fito y su denominado “golpe del viejo”. Hasta su propio compañero vaticina el golpe al grito de “Se viene el golpe del viejo ¡Atenti!”. Entonces, Fito, con una cara de concentración total, junta los pies hasta ponerlos pegados el uno con el otro, lleva su mano derecha hasta sus talones, impulsa la raqueta hacia abajo y hacia atrás y, ahí sí, ¡pum!, sale disparado con un saltito corto y ruidoso elevando la raqueta hacia arriba y hacia delante. Casi como un golpe de voley. Y no, la pelota no vuelve. Punto, red o la saca del complejo. Así es el golpe del viejo, así es Fito. No pidan más.

El que mejor juega, sin temor a pifiar, es El Master. Claro, de ahí su apodo. Con una barriga prominente el tipo no se mueve de la red y bolea lo que le pase por su alrededor. Luce un conjunto gris precioso, la clásica joginetta del abuelo. El Master no para de escupir, es un guanaco enojado que putea en cada punto que falla y festeja, desmesuradamente, en cada bolea que acierta. Es más, es de los que arenga entre punto y punto, algo vendehumo, con frases a su compañero como “Dale, dale, vale igual, vale el esfuerzo” cuando su compañero erra o, sino, como “Vamos Leche, esta es la nuestra” cuando se viene un punto decisivo. Pobre Leche, es visiblemente el más viejo de todos y no hace nada para disimularlo: marcadamente panzón se pone remera blanca, evidentemente pelado se pone binchita en la calvicie. Es un calco del malo de Austin Powers pero con 15 años más. Se entiende, en parte, porque su compañero le reprocha más de una vez: “No seamos tan verdes, Leche”. El Master es de esos viejos ventajeros que te hacen el gestito de “fue mala”, te marcan el pique (cualquier pique) y ponen carita de “Te digo en serio, fue mala”, cuando el fleje todavía retumba del puntazo que metió Cachito, quien es el más joven y lo paga, juega callado, no le dice nada a nadie, las corre todas, el derecho de piso le cuesta la subordinación a las decisiones del Master. Su expresión exterior se limita a poner caritas cuando erra pelotas no forzadas: entrecierra los ojos, levanta las cejas, estira los labios y pone gesto de “Qué cerquita que pasó”, “Fue mala mía” o “Qué querés que haga”. Como podrán notar la situación es bastante interpretable.

De repente se da el instante que resume la vida de los cuatro. El Leche, muestra una técnica ejemplar y tira un drop a lo Guille Coria. ¿La víctima? Fito, por supuesto, que encima de arrancar a correr dos siglos después, la pelota le pica mal la primera vez y ya no hay nada que pueda hacer para que pique una segunda. Va a ser punto, pero antes se oye el grito burlesco del Master “Leeeeeeeeeeeeentaaaa la tortuga”. El momento es más humillante. Fue punto. Fito tiene mucha cara de orto por como pico la pelota en un terreno un tanto irregular. Cachito siempre respetuoso aplaude el gran punto del Leche y el Master, se sabe, se ríe a carcajadas.

La hora que dura el turno se termina, los amigos vuelven. Salen sin chistar. No se sabe cuanto terminó el partido. No hubo ganadores. Ni siquiera llevaron el tanteador. Se divirtieron. Las burlas, los personajes, las poses, los gestos, quedaron en esa cancha, en el subsuelo de una autopista que alberga más de que lleva. Afuera la vida es otra, no hay ningún master, ninguna tortuga.

Pero, ojo, la cancha no se enfría. Entra el canchero con un atuendo azul clásico y pasa el rastrillo con desgano atroz. Antes de que termine ya están elongando en las puntas de las cancha los próximos jugadores, estiran sus músculos en las salientes de la autopista, haciendo gráfica la unión de esos dos mundillos. Empiezan a jugar, son diferentes, pero son los mismos. Siguen ahí, a cada momento, porque donde existe una pelotita de asfalto, hay un lugar donde las lógicas se destruyen, donde la flor del deporte se hace fértil hasta debajo de las autopistas.