La mentira organizada

El Che juntó su pulgar con su índice y apenas dejó una rendija mínima de luz para terminar el gesto con una cantidad de palabras que servían para liquidar la idea: “Al imperialismo no hay que dejarlo ni un tantito así”. Su frase no era una casualidad: el imperio, el imperio más fuerte de la historia, el imperio estadounidense, el imperio del capital, el imperio por y para el capital, planeaba segundo tras segundo cómo penetrar una isla que viajaba rumbo al socialismo y destruir todo lo que la Revolución Cubana había construido. Sus dedos mostraban algo que perduraría a lo largo de la historia: contra el imperialismo hay que protegerse y no creerle absolutamente nada. Nada de nada.

Con otro pulgar, con otro índice, con otros dedos, con otras manos, Barack Obama se cruzaba hace unos años con Muamar Kadafi. Le tiraba unos chistes al líder de Libia, le regalaba su respeto al escritor del Libro Verde, y lo saludaba mostrando un gesto de agrado. Todavía lo consideraba un presidente y no un dictador. Todavía lo creía un aliado comercial y no el mandatario de una cantidad de terrenos con un petróleo fundamental (Libia es el cuarto país con más petróleo del mundo) para seguir construyendo negocios.

En definitiva: todavía la relación entre ellos no estaba quebrada, por lo que Kadafi también se dejaba saludar y se regalaba al engaño mejor construido de la última década: el tipo que tenía adelante parecía ser un buen tipo, el tipo que tenía adelante parecía romper con la enorme tradición estadounidense de depredarlo todo, el tipo era negro y por ser negro parecía abandonar la práctica constante del aniquilamiento de una raza hacia otra, el tipo decía terminar con el estilo bélico de George Bush, el tipo prometía igualdad, el tipo hablaba de dignidad, el tipo ilusionaba tanto que hasta generó una ilusión en muchos que lo volvieron Premio Nobel de la Paz en 2010.

Pero no. Obama, el mismo que años antes había saludado con cariño, con los mismos dedos, con las mismas manos, estiraba su pulgar para abajo y decía: a éste, muerto. Y éste, definitivamente, después de medio año de combate durante 2011 llegaba al destino preciso: éste, muerto.

Desde el 30 de diciembre de 2006, en menos de cinco años, Estados Unidos rompió un récord imbatible y llenó sus manos de sangre, aniquilando a tres líderes de tres países distintos: Saddam Husein, Osama Bin Laden y Muamar Kadafi.

No es la idea de este texto andar defendiendo a los asesinados. Pero sí tiene sentido pensar cómo y por qué Estados Unidos logró generar un clima en la comunicación que le permitió salirse inmune del insoportable peso de derramar sangre.

Porque, claro, Estados Unidos no lo hizo de cualquier forma, sino que logró algo que pocos habían logrado: mató y torturó a los ojos de un mundo que se manifiesta constantemente contra la muerte, exhibiendo comunicacionalmente los cuerpos de los abatidos, y exigiéndole al planeta que se los aplaudiera por la aventura realizada.

Mató y construyó con miles de voces de este mundo un estilo para justificar eso: la muerte. La muerte que con el paso del tiempo parece justificarse. Pero que en el mirando para atrás encuentra los vestigios de un imperio que, justamente, poco tiene de democrático y mucho de dictatorial.

¿Cuánto hay de libertad y de democracia en un imperio que sigue teniendo el mayor presupuesto dedicado a la muerte en el mundo? ¿Cuánto hay de libertad y de democracia en un imperio que aniquila nenes por las calles de Medio Oriente? ¿Cuánto hay de libertad y de democracia en un imperio asesino que detiene y tortura gente en una cárcel como la de Guantánamo, donde ocupa un terreno cubano? ¿Cuánto de libertad y de democracia hay en un imperio que mata y tortura y mata y tortura a tres líderes en tiempo récord poniendo las fotos en la tapa de todos los diarios del mundo? ¿Cuánto hay de libertad y de democracia en la sangre? ¿Cuánto hay? Nada, hay un imperio.

Un imperio al que, como bien dijo el Che, no hay que tenerle ni un tantito así…

Y eso nunca se debe perder de vista.

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