Añoradas despedidas

El juicio y las condenas del reciente miércoles 26 de octubre relatadas bien desde adentro. Entre familiares de genocidas, vivimos las históricas sentencias. En palabras crudas, una crónica para que puedas sentir que estuviste ahí.

La cosa iba lenta… Aunque pactado para las 18, la lectura de la sentencia inauguró pasadas las veinte. La única explicación del retraso, pasada la hora y media: “Se reabrió la deliberación, el fallo se leerá en 15 minutos”. Fueron treinta más.

¿Qué importaba, acaso, esperar unos minutos más, después de tantos años?

Entraban en fila los dieciocho militares juzgados por el masivo secuestro alrededor de la Iglesia de Santa Cruz, entre ellas dos fundadoras de madres y dos monjas francesas, o casos como la desaparición de Rodolfo Walsh, y en general por integrar los grupos de tareas que operaban en la Escuela Mecánica de la Armada (ESMA).

Ya sabemos los resultados: 12 fueron condenados a prisión perpetua, entre ellos Alfredo Astiz y Jorge “El Tigre” Acosta, dos tuvieron penas de 25 años, otro de 20, otro de 18, y dos resultaron absueltos: Juan Pablo Rolón y Pablo García Velazco, presos e imputados por otras causas.

Entraban en fila Los Dieciocho, entonces, saludando hacia la bandeja de arriba unos (donde estaban sus familiares), siendo saludados desde arriba todos, incluyendo un escalofriante por sentido ¡Ahí viene Alfredo!

La sala, entonces, divide las verdades físicamente: abajo, los abogados de las partes, y detrás del vidrio protector, familiares de víctimas, organizaciones de derechos humanos, pocos periodistas y quienes espantaron de arriba.

Arriba, los familiares de los imputados, periodistas extranjeros, y yo.

En el caso de estos extranjeros, no refiero a mí, ahí estaban por cuestiones pragmáticas: abajo estaba repleto y arriba, butacas vacías y despliegue para croniquear.

Mi caso no cuadra ni en mis explicaciones. Por qué estaba ahí o qué hubiera hecho cada cual o dónde me hubiésese ubicado depende del momento: cuando llegué, pensé que arriba era mitad y mitad, y luego, fui sintiéndome contaminado por comentarios, expresiones y más tarde provocaciones que confirmaron la sospecha que deslice a mi compañero: acá estamos de visitantes.

Sí, ¿no te diste cuenta? Me encanta, me dijo. Un cínico.

Me sentí en oportunidad de descubrir eso otro. De ver qué pensaban. De ver que hacían estos hijos de puta.

Empieza el show en la bandeja de arriba: Cecilia Pando y compañía rompen el silencio stampa al grito de “¡Cómo permiten esto!” o “¿Y a los terroristas no los fotografían?”.

Se viene la segunda tanda. La pequeñez de la sala hace que los fotógrafos flasheen a menos de dos metros de Los Dieciocho; el tiempo estipulado, que sea rápido y certero: si en medio minuto no sacaste, no hay foto.

La tercera tanda de fotógrafos alimenta el show provocador de Pando y cía.: ahora despliegan, a metros mío, una pancarta que reza: Ayer terroristas – Hoy en el gobierno – ¿Se acabó la impunidad?

Sostiene, de un lado, la propia Pando, y del otro, un pibe de mi edad.

¿Me lo habré cruzado en algún boliche, pedido fuego, habré jugado al fútbol y no me di cuenta, no me di cuenta que era familia de represores?

¿No nos damos cuenta?

Mientras acompañan gritan y provocan más que antes; el Juez: “Voy a tener que desalojar la bandeja de arriba, de seguir así”. Silencio.

La última palabra: “¿Y a los pañuelos?”.

Serán una treintena que ranquean para jugar en el sub 80. También esta este pibe (¿Pudo haber sido mi amigo?) y otros más jóvenes
que deben ser los hijos directos. Las viejas, maquilladas hasta el hartazgo, brillosos aros que les cuelgan, cara de víbora y edades bien llevadas: deben haber sido lindas alguna vez, se nota, acaso aprovechando las mieles del poder.

No lloran. No parecen afligidas. Sólo vi llorar a los más jóvenes y los viejos hombres. Éstas son pura provocación: además de gritos como esos, algunas llevan un cartel colgante con una foto y un lema: Soldado asesinado por terroristas montoneros.

Pero no son sus muertos. En todo caso, otras víctimas de lo mismo que aquí se está juzgando.

Usan la misma simbología, las mismas imágenes que los familiares de desaparecidos: la foto, el nombre, la denuncia.

Mi compañero me dice: Eso, a mí, me hace tenerles respeto.

A mí no. Estoy más cerca de este otro comentario que otro compañero publicó en Facebook:

  • Lección del día de hoy: cómo soportar más de dos horas junto a los familiares de los imputados- Cecilia Pando y cía- con remeras y pancartas que pedían “Juicio y castigo a los terroristas”, cantando la Aurora o el himno nacional y al grito de “Hijos de puta, esto es un circo, ellos son los héroes de la patria” sin recurrir a la violencia física, ni al insulto perverso, ni al garzo en la nuca.

Cada vez que una se levantaba, una vieja, y atravesaba la sala en busca del baño, todas mis fuerzas se concentraban en
Quesetropieceymuera. El garzo en la nuca sea quizá más placentero pero, no, justicia por mano propia, no. Para eso acá estamos.

8,15 horas comienza la lectura de la sentencia. Una pantalla gigante permite ver: Los genocidas, mirada baja; arriba, silencios; abajo, expectativa.

Comienzan los meneos de cabeza, los nos, y las miradas cruzadas entre los familiares de arriba: el juez está leyendo que el Tribunal no dio lugar a los pedidos de inconstitucionalidad de la defensa.

Las cámaras enfocan a Estela de Carlotto.

Sigue la lectura y sigue el show de arriba. Ahora, risotadas sarcásticas y gestos sugerentes: más provocaciones. Las viejas se entretienen entre ellas en su cobarde complicidad: hace como si no les importara, como si no tuviese validez o ya supiesen qué se va a decir.

Están calmas. De nuevo, no parecen afligidas. Al contrario, simulan un clima de distensión y pretenden contagiarlo. Al lado mío, un amigo de los genocidas confiesa a un periodista francés el tono verdadero: Perdón pero prefiero no hablar, es un día muy triste para mí.

Ya se leyeron todas las revocaciones del juez. Viene ahora la sentencia misma: Manuel García Tallada, 25 años de prisión, entendido autor mediato de crímenes de lesa humanidad, privación ilegítima de la libertad “agravada por ser funcionario y haberlos cometido con violencia en 12 oportunidades”.

Las cámaras enfocan a un Astiz sereno, que pestañea como perdido y sigue mirando a la nada.

El primer fallo no es categórico, no es feliz. El siguiente de Jorge Acosta regala las primeras celebraciones, abajo, y caras largas arriba: a las 8,31 horas sentencian a El Tigre Acosta a cumplir prisión perpetua en el penal de Marcos Paz.

Más tarde se hará lo propio con Astiz que, sabiéndose enfocado, mientras su sentencia, extrae una escarapela de la bandera argentina, pónesela, y simula el gesto de estar limpiándola, en verdad, como “de haberla limpiado”.

La provocación hace eco en la bandeja de arriba, que celebra cada ademán del genocida: “Es un genio”, murmura alguien acá, y otra vieja grita a toda la sala: “Obediencia debida”.

El juez amenaza por segunda vez con desalojar la bandeja.

El juicio pasado, no está de más decir, ya Astiz había hecho de las suyas: llevó y mostró a la propia sala el libro de título Volver a matar.

La sentencia sigue al ritmo de perpetuas. Acá arriba, las antes caras largas ahora lloran y las antes provocadoras ahora con caras largas.

Abajo casi todo es celebración.

Casi porque las absoluciones reparten interpretaciones: Están bien absueltos en estas causas, pero en siguen presos y juzgados por otras; Hay pruebas contundentes que participaban de los grupos de tareas de la ESMA, dice otra familiar al pasar.

El clima general es de alegría, abajo, y afuera también, donde se transmite en pantalla gigante la lectura de la sentencia.

Arriba, con la sentencia, el show va llegando a su fin: el juez concluye el dictamen y, mientras se escucha ¿¡30 mil desparecidos!? ¡Presentes! desde abajo, arriba se entona lo propio: primero el himno a la bandera, aurora, y después el nacional. Todo estaba preparado. Antes, mientras y después, acompañan los gritos “¡Jueces corruptos!” o “¡Juzguen a los terroristas!”.

La escena completa los muestra tirando papelitos celestes y blancos, alzando sus pancartas, mientras cantan, y, otra vieja, se coloca sobre la cabeza un sombrero de lluvia: Una burla al pañuelo de las madres.

Está sonando Al gran pueblo argentino, ¡salud!

Éstos agregan: ¡Y a sus héroes!

Se van retirando Los Dieciocho y se da vuelta Astiz, de nuevo, mirando hacia arriba, cómplice con sus familiares, sonrisa socarrona, cantando el himno nacional a la par.

Las viejas se excitan y refrescan el grito, provocan.

Pero mejor no darles bola.

Que sea ésta la última crónica que las justifique.

Comments are closed.